Días

Hay días que directamente no deberían existir. Otros que quizá mejor sería no recordar, por pena o por dolor o por simple bajeza emocional. La pereza se expande tan repentinamente que tu voluntad es incapaz de reaccionar a tiempo, y luego se anquilosa como un parásito abominable del que reniegas, pero al que alimentas cotidianamente.

Y hay otros días que son interminables, horas asfixiantes, que por propia naturaleza deberían postergarse, acontecer justo en ese instante idóneo de acoplamiento del cuerpo con el alma. Pero de momento la ambición sigue siendo un propósito.

Y los días detestables se acumulan, irremediable y agotadoramente, en parte porque tú mismo permites que proliferen. Y como días, hay también reflexiones que escritas pierden contundencia pero no razón de ser.

Elisa Pont

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Carta de amor

A quien interese:

El amor no existe. Existe solamente la percepción del amor, la vaga sensación de dicha que produce, el éxtasis del sexo con cariño, que no con amor, sino quizá y con suerte, con algo parecido. Existe, también, el dolor causado por el amor, esto es, el manido y temido y hasta deseado desamor. Las más bellas historias son siempre trágicas porque de una forma u otra, aunque nos cueste admitirlo, estamos abonados a la fatalidad.

Por otro lado, como producto cultural y casi cívico, está la preocupación por no encontrar el amor. Ahí se concentran nuestros sueños y nuestras esperanzas, en esa imposibilidad de realizarse como persona sin esa otra a la que llamar mi amor. ¡Cuánta mentira y cuánta razón al mismo tiempo! La vida que se nos gasta en una constante búsqueda, a veces infructuosa y otras no, pero siempre golpeada por la soledad y la frustración. La amargura es propia del ser humano, pese a la inconsciencia que nos regala el romanticismo.

Podemos entender el amor como deseo, como falta, al igual que hacía Proust. O bien, decantarnos por el pensamiento nietzscheano y entender el amor como carencia, como deseo de posesión. El primero, nos mueve en pro de la satisfacción del deseo de poseer aquello de lo que carecemos; el segundo, entiende el amor como el anhelo por conseguir aquello que ansiamos y dominarlo, ostentar así el poder sobre el ser amado. Y ambos, confluyen en la absurdez y la imposibilidad de satisfacer nuestros deseos, pues nunca será suficiente ya que siempre se anhelará aquello que no poseemos, y una vez se posea, alcanzando así nuestra meta, perderemos el interés. Y otra vez vuelta a empezar. Porque como bien nos avisaron ya, la satisfacción no se siente en lo que se posee, sino en el acto de poseer.

Repito alzando la voz que el amor no existe, que es todo una burda patraña, un engaño. Que si yo te quiero y tú no, que si ahora sí me quieres pero yo ya no, y así un día tras otro, un tiempo malgastado y sufrido, una vida que se acaba. Y aún así, no sabríamos vivir sin amar, lo cual no implica morir por amor.

Y como consejo final, si me dejan, les diré que dejen de buscarlo, o hagan que aparezca, e incluso invéntenlo si es preciso. Alguien me contó una vez que sí sintió un amor profundo y pleno, y que a esa unión le debo mi existencia.

Una mujer enamorada hasta las trancas.

Atardecer

Cielo Godella

Te descubro una tarde. Aquí sentada en mi escritorio, como cualquier otra, en este refugio contra el tiempo que he ideado. Sin tu permiso.

Te descubro esa tarde y no puedo evitar mirarte, escondido en el tejado, en ese no lugar inaccesible e impenetrable del que tanto me hablas, pero al que me prohíbes acercarme.

Qué incoherencia, qué falta de exactitud.

Tienes miedo de mi reacción, por eso sigues ahí agazapado observándome, entre asustado y curioso y preocupado. Aunque llevabas tiempo esperándome te he sorprendido, lo sé.

Lo sé todo de ti y aún así no te conozco. A ti te pasa lo mismo conmigo, ¿verdad? Queremos y no queremos, y con esa eterna duda moriremos algún día.

Elisa Pont

Una vez (más)

La sensiblería no es más que aburrimiento propio. Es, como suele ocurrir a veces, odio advenecido por la ternura, combinación de miserias e impresiones. Es esa sensación vaga que te ronda, sin permiso, por el cuerpo y que te persigue hasta en sueños. Ese sentimentalismo fingido, tan agónico, con el que camuflamos nuestros pensamientos, los que de verdad duelen. Dentro y fuera del alma. Es, precisamente hoy, la sensiblería la que me trae aquí, la que me provoca esta distorsión de la realidad, nunca inservible aunque sí perturbadora. Anda, déjame ya, que es tarde.

Un epitafio por adelantado

Va muriendo conmigo conforme lee este texto. Pero no pare, que aún es pronto, le digo, que a lo mejor aún tiene remedio. Si actuamos más diligentemente de como venimos haciéndolo es posible que el periodismo riguroso reviva y con él, el interés por la lectura y por las palabras. En definitiva, por la literatura. Y la sociedad sienta de pronto la necesidad imperiosa de salvaguardar el oficio de escritor, tan denostado en los últimos tiempos, tan abocado a la soledad menos dolorosa.

«Para poder escribir necesitas un conflicto, porque si todo va bien en la vida, ¿para qué escribir?», acertó a decir una vez Mario Levi, el autor turco de Estambul es un cuento, mientras reflexionaba sobre la utilidad de la literatura. Fue más una pregunta retórica, puesto que no se conoce respuesta alguna; una pregunta que continúa vigente y que cada día parece agrandarse más y más. Y más.

Y si no me creen, enciendan el televisor, o presten atención por un segundo a los contertulios radiofónicos, u hojeen sin pudor las primeras planas de los periódicos. Verán que no miento, que el mundo se derrumba, que la amenaza del fin es cada vez más plausible. Y ante el caos desmedido, un «aire inédito de renovación», en palabras de Antonio Muñoz Molina, personificado en la intelectualidad y la educación, ambos indispensables para recordarnos que el cambio es posible aunque la muerte sea inevitable.

Quizá por ello, los ciudadanos, atónitos, no entiendan el menosprecio que, ya sea de un bando o de otro, recibe la cultura, que en nuestra sociedad ha quedado arrinconada al final de todas las prioridades. Y me mantengo firme, y le pido, casi le exijo, que no me deje, aunque le cueste, porque esta palabrería tiene un fin: el de meditar sobre nuestro presente y, también, el de recordar nuestro pasado, para así dilucidar un futuro del que nadie querría escapar.

La forma en la que nos abordan los libros, las historias, es tan diversa, tan extraña en algunos casos, que casi da miedo preguntarse cómo es que existen más allá de la imaginación y de la fantasía. Pero no nos engañemos, la ficción simplemente nos muestra una faceta más de la realidad perturbadora en la que sobrevivimos.

Pero todo esto son supuestos infundados porque la realidad es, sin matices ni remilgos, muy distinta de los delirios de esta extraña.

Elisa Pont

Sin otros, pero no sin ti

Había aprendido a vivir de prestado. Oculto en su habitación, agazapado, veía transcurrir los días y sólo el leve movimiento de la tierra le causaba temblor y al mismo tiempo una especie de jaqueca que le taladraba la mente. A veces sentía cómo el cráneo se le partía en dos. Aquella angosta estancia, su refugio contra el tiempo, nunca había estado tan vacía, y Jaime, con el semblante apático, aguardaba expectante. Quizá esperando a que él volviese, o deseando que nunca se hubiese ido. Sabía por otros que, a veces, el devenir es sorprendente.

Y pese a la amargura y a las dificultades, a los años sin cariño, Jaime conservaba sus ojillos vivarachos, su mirada alegre y transmitía, aunque casi imperceptiblemente, la tranquilidad de un alma sosegada. No había odio, tampoco rencor o melancolía, sólo un cúmulo de nostalgia y contradicción. Su cuerpo delgado, pero atlético, dejaba entrever su afición al movimiento, y sus piernas, aunque de complexión débil, desprendían una cierta fortaleza.

La ventana no era para él signo de libertad, sino más bien todo lo contrario. Jaime se sentía oprimido al contemplar, desde la cama ya gastada, la vida transcurrir tras el cristal. A su lado, reposando sobre la mesita de noche, un ejemplar de Demasiada felicidad, de Alice Munro, que hacía de las noches intervalos menos deprimentes y conseguía que Jaime se evadiera, aunque fuese en el regocijo de su propia mediocridad. La televisión, olvidada entre tantos otros artilugios inservibles, aguardaba sobre el escritorio y seguía apagada, justo enfrente de sus ojos, y cubierta de una fina capa de polvo grisáceo. Se respiraba en la habitación una mezcla de antigüedad y desgaste, como si cada objeto allí almacenado hubiese traído consigo un aroma, una historia, y todas hubiesen creado una amalgama indescifrable de olores. Las paredes amarillentas necesitaban urgentemente una capa de pintura aunque era la falta de luz lo que más se echaba de menos. La oscuridad era penetrante y así es difícil progresar.

Por la mañana, demasiado pronto quizá, Jaime se inclinaba sobre la ventana, su nexo de unión con el mundo, y observaba con sus ojos diminutos el salvajismo de la ciudad. Ruido de motores, conversaciones descafeinadas, luces insolentes. Y entre el barullo del tráfico, de la misma existencia, las gentes que se aglutinaban, apesadumbradas, y que corrían de un lugar para otro, a veces sin sentido. El mismo edificio ruinoso, la misma tienda de comestibles ya cerrada y casi el mismo anciano paseando. Todo ello, envuelto en un ambiente rancio, cubierto por más años y por más experiencias, pero con el mismo regusto amargo de la infelicidad.

Elisa Pont

Anhelo de vivir

A veces, te pienso.

Otras, ni siquiera recuerdo tu nombre.

Es extraño. Cómo la mente me zarandea y juega conmigo,

e incluso contigo,

que ya no estás aquí para enderezarme.

A veces, te pienso mucho.

Todo el tiempo. Sin parar.

Te cuelas aquí adentro

y me revuelves el cuerpo,

y sólo puedo estremecerme y pedirte que pares.

Duele acostumbrarse a lo efímero.

Ya no te pienso. O no quiero hacerlo.

Pero, ¿es acaso la voluntad nuestra enemiga?

Si ella nos arrincona y nos ensalza,

hace de nosotros seres extraordinarios y caóticos…

Consigue que el mundo lata a cada paso.

Elisa Pont

Por primera vez

La soledad y el tiempo. Sin duda, mis peores enemigos. A quién odié y a quien tanto amo me condujeron al hastío indeseado de la soledad y a detestar el transcurso del tiempo, casi tanto como el sonido funesto del reloj que hoy me acompaña. Bajo tu sombra, amiga, recuerdo el día en que te conocí, el asombro de tu imponente figura y la expectación que causas, allí erguida e implacable. Sin amargura ni rencores. Tan eternamente bella…

Contra todos nosotros, el tiempo pasa. Y cuando se ralentiza, duele. Y cuando se olvida, también. Es ocaso y luz y podredumbre. Es también melancolía de lo perdido, o quizá de tan sólo lo intuido. Es anhelo de conocimiento y de ensueño. Es, en definitiva, falta de amor.

Tour Eiffel, Paris. Fuente: Beatriz Oliver

Tour Eiffel, Paris. Fuente: Beatriz Oliver

Elisa Pont

Estío

Hago como que te olvido.

Y duermo.

Dejo, entonces, que tus manos me guíen,

me rodeen,

me toquen

y sucumba a aquella pasión que no fue arrebatada,

sino perdida.

Permanezco con los ojos cerrados,

caigo en el abismo de tus besos

y ya es nada lo que tengo.

Fue en el verano en que conocí París,

y amé sus calles, y también te amé a ti,

aunque no lo supiésemos ninguno.

Perdimos, y aún hoy seguimos igual.

Por todo ello duermo,

sin más aspiración que despertar y encontrarte.

Aquí.

Elisa Pont

(Co)incidencia

Me pregunto de quién es la culpa. Si es que existe algún culpable cuando se trata de la desazón humana. Se nos intenta convencer de que las cosas son así, pero no han de ser así. No siempre.

Una estación de metro cualquiera, un día de septiembre cualquiera. Estoy al otro lado de las vías, separada por una oxidada valla de metal, y desde aquí les veo sentados en un banco de madera caliente y áspera. ¿Qué hacen?, me pregunto. Nada. Sólo están. Sentados. Algunos fuman, otros miran en rededor, buscando a alguien o entreteniendo la mirada. Ahora hablan, pero tampoco mucho. Supongo que tendrán pocas cosas qué decir, y demasiado tiempo para pensar. 

Sigo mirándoles, casi abusando de su intimidad. Ellos se dan cuenta, todo hombres, jóvenes todavía, y con sus ojos cansados y algo truculentos me devuelven la mirada. Hay hostilidad y desconfianza. Y no les juzgo. 

Como ellos, más de cuatro millones de personas vagan por las calles sin empleo. La crisis económica en nuestro país ha destruido más que puestos de trabajo, y está minando la autoestima y el carácter de las gentes. La educación, la sanidad y los servicios sociales son otras de sus víctimas. Cuesta remontar y salir adelante, y la situación es complicada y las soluciones que nos proponen ya no alcanzan. El periodista y escritor Ryszard Kapuscinski contaba en uno de sus libros más célebre, Ébano, lo siguiente: le aterrorizaba y sorprendía cómo las personas en África caminaban sin rumbo fijo, yacían en la tierra y descansaban en las calles sin más propósito que ése, el de estar; mientras que en la cuna del capitalismo, los transeúntes se movían de un lado para otro, siempre perseguidos por el tiempo, con un punto que alcanzar y un objetivo que cumplir. El mundo es extraño. 

Sigo en la parada, ya a apunto de subir al metro. Y tras las puertas, me giro y les miro por última vez. Ellos se quedan, y yo me voy. Y puede que otro día, a otra hora, vuelva a encontrármelos. 

Elisa Pont.