Sur le paradise

Un templo de sabiduría, una guarida contra la inseguridad y la futilidad del tiempo, también de nuestras almas. Así es la librería Shakespeare&Co en París, un refugio que sirve tanto para evadirse como para encontrarse a uno mismo. Quienes suelen leerme saben que no soy partidaria de los blogs-diario, en parte porque odio la autopropaganda y en parte también porque amo demasiado tomar prestadas otras voces, sucumbir al encanto de la narración. Pero hoy haré una excepción.

El domingo hacía sol y pasear por la ciudad era una autentica maravilla. No podía faltar en nuestra ruta turística esta librería, tan amantes del arte como somos. Es al entrar cuando sientes que la historia y las historias se caen de las paredes y respiras tranquilidad e interés y, de pronto, sabes que estás en el lugar adecuado. Deambulamos sin prisa por aquella tienda, sorprendidas aunque no fuese nuestra primera vez. Y al subir a la parte superior, donde se encuentra la biblioteca personal de su fundadora, Sylvia Beach, la distancia entre mi mente y mi cuerpo se redujo, me senté en uno de aquellos catres que hicieron de cama en su época y me dejé llevar. Allí estaba él, del que desconozco su nombre y su edad, tocando el piano. Qué digo tocando… Él acariciaba el piano, lo mimaba, con los ojos cerrados y otras veces abiertos, con el semblante entre preocupado y concentrado, pero sin perder vivacidad. Su capacidad de improvisación no sólo nos impresionó a nosotras, que nos quedamos un buen rato allí sentadas, sino a cualquiera que accedía a aquella sala, repleta de libros antiguos, de polvo en las teclas de la máquina de escribir.

¿Hay espacio para el pensamiento cuando se experimenta tan alto grado de sensibilidad?, me pregunté aquella tarde escuchando su música. ¿Puede uno llegar a evadirse completamente?, me pregunto esta tarde. Aquel día supe que no puedo vivir sino es así, en un continuo aprendizaje.

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Elisa Pont

Un epitafio por adelantado

Va muriendo conmigo conforme lee este texto. Pero no pare, que aún es pronto, le digo, que a lo mejor aún tiene remedio. Si actuamos más diligentemente de como venimos haciéndolo es posible que el periodismo riguroso reviva y con él, el interés por la lectura y por las palabras. En definitiva, por la literatura. Y la sociedad sienta de pronto la necesidad imperiosa de salvaguardar el oficio de escritor, tan denostado en los últimos tiempos, tan abocado a la soledad menos dolorosa.

«Para poder escribir necesitas un conflicto, porque si todo va bien en la vida, ¿para qué escribir?», acertó a decir una vez Mario Levi, el autor turco de Estambul es un cuento, mientras reflexionaba sobre la utilidad de la literatura. Fue más una pregunta retórica, puesto que no se conoce respuesta alguna; una pregunta que continúa vigente y que cada día parece agrandarse más y más. Y más.

Y si no me creen, enciendan el televisor, o presten atención por un segundo a los contertulios radiofónicos, u hojeen sin pudor las primeras planas de los periódicos. Verán que no miento, que el mundo se derrumba, que la amenaza del fin es cada vez más plausible. Y ante el caos desmedido, un «aire inédito de renovación», en palabras de Antonio Muñoz Molina, personificado en la intelectualidad y la educación, ambos indispensables para recordarnos que el cambio es posible aunque la muerte sea inevitable.

Quizá por ello, los ciudadanos, atónitos, no entiendan el menosprecio que, ya sea de un bando o de otro, recibe la cultura, que en nuestra sociedad ha quedado arrinconada al final de todas las prioridades. Y me mantengo firme, y le pido, casi le exijo, que no me deje, aunque le cueste, porque esta palabrería tiene un fin: el de meditar sobre nuestro presente y, también, el de recordar nuestro pasado, para así dilucidar un futuro del que nadie querría escapar.

La forma en la que nos abordan los libros, las historias, es tan diversa, tan extraña en algunos casos, que casi da miedo preguntarse cómo es que existen más allá de la imaginación y de la fantasía. Pero no nos engañemos, la ficción simplemente nos muestra una faceta más de la realidad perturbadora en la que sobrevivimos.

Pero todo esto son supuestos infundados porque la realidad es, sin matices ni remilgos, muy distinta de los delirios de esta extraña.

Elisa Pont

Nuestros políticos, no lo son

Me provocan desasosiego y una especie de dolencia ininterrumpida que, ni apagando el televisor, ya en la oscuridad y el silencio de una tarde nublada, consigo contrarrestar. Sus palabras son acoso e injuria, desvergüenza cuando no sobrepasan la ingenuidad y la incompetencia. Viven a base de discursos encartonados que, presumiblemente, ni ellos mismos comprendan, y nos intentan adoctrinar a golpe de declaración irrespetuosa. ¡Qué fastidio su mera presencia! Y ahí continúan, pecho erguido y rostro reluciente, sin avergonzarse de sus triquiñuelas ni de sus engaños, cada vez más evidentes.

Ya no son políticos, si es que alguna vez lo fueron, si es que alguna vez llegaron a comprender lo que significa serlo. La casta política, en su mayoría, se despreocupa de lo esencial y aboga por defender aquello que más le conviene: a sus dirigentes o a su partido, o a esa masa ingente de ciudadanos de la que obtuvieron su voto, pero de la que nunca más se supo.

Asusta imaginar el futuro, casi tanto como rememorar el pasado, y duele desconfiar de quienes te gobiernan, sobre todo cuando no te ha abandonado, ni de lejos, la esperanza.

Elisa Pont

Un mundo propio

El apabullante cacareo que desprendía la sala de conferencias le hizo replantearse su discurso. Quizá estén esperando la declaración ferviente de un escritor novel, el relato uniforme de los primeros días en la redacción de un periódico, las excentricidades de mi padre. Y yo no tengo nada de eso, alcanzó a pensar justo antes de precipitarse al escenario y dejarse desnudar por fotógrafos y curiosos. Nuestro escritor novel, maravillado ante el público de la Feria Internacional del Libro (FLI), empezaba así la a veces insidiosa carrera del éxito literario.

A M. P., siglas con las que firmaba sus relatos, todo aquel tejemaneje de buenas y no tan buenas, e incluso de nefastas historias, le agriaban un tanto el carácter. No tenía remedio, venía de una familia de letrados. Pero había alcanzado el punto de partida del éxito y, aunque con cierto desasosiego, se convencía de su buena suerte. Las triquiñuelas acometidas durante su adolescencia le habían raído de una forma imperceptible las ilusiones, y ahora, no podía más que mostrarse desconfiado ante aquel avispero de necedades. No debía dejarse mangonear por los editores, aves de rapiña dispuestos a sacrificarte por cualquiera que le reporte más beneficios, ni tampoco adular indiscriminadamente a escritores e intelectuales. Se sabía la teoría, pero todavía quedaba la puesta en práctica.

Varios ejemplares de su libro, forrado de una tela roja y áspera, se peleaban por hacerse un hueco en las abarrotadas estanterías, y pese a que estaban en igualdad de condiciones, siempre salían victoriosos los que, tras un título evocador, tenían grabado el nombre de un autor reconocido. Así son a veces las cosas, se decía mientras paseaba incrédulo por aquellos pasadizos de mentiras, sexo y entramados financieros. Se había perdido en la sección de libros de actualidad periodística.

Era ya el cuarto día de desfile y las energías empezaban a menguar, sobre todo entre los octogenarios eruditos que acudían a recibir premios por una trayectoria de abundante producción literaria. Sin demasiada prontitud, los viejos se desprendían de sus batas polvorientas y lucían con tremenda severidad sus nuevos galardones. Para qué preocuparse de la imagen que proyectasen si a su edad lo importante ya estaba dicho, y lo esencial, vivido. El aliento a ficción que allí se respiraba actuaba como una droga entre los asistentes y todos se movían con ese halo de liviandad impostada tan actual. ¿Cómo podía odiar este mundo si desde que tenía uso de razón había querido formar parte de él?, se preguntaba. La incompatibilidad de géneros transcendían el papel en el caso del joven escritor.

Y llegó la hora y sintió que todavía no estaba preparado. M. P. carraspeó, dudó un instante y, finalmente, pronunció sus primeras palabras: Les odio.

Feria del Libro de Guadalajara 2013

Feria del Libro de Guadalajara 2013

Elisa Pont

Un día en las nubes

A Truman Capote, el perturbado y aclamado escritor de A sangre fría, le aterrorizaba la idea de enfrentarse a una hoja en blanco y en una ocasión dijo que, para atreverse a franquear la frontera del miedo, era vital “rebuscar entre las nubes para traer algo aquí abajo”. Esa misma sensación de incertidumbre y temor la sienten los lectores, ansiosos cuando escogen un libro y lo sostienen en sus manos y permiten así que les atrapen y les conmuevan sus historias, que incluso les atormenten los pensamientos ficticios de quiénes firman esas páginas. Pero cuando ceden, y cada vez es menos, ya no hay vuelta atrás, y pasan a convertirse en lectores insaciables y críticos.

Poco importan los atributos que concedamos al acto de leer, si defendemos su valor educativo o su faceta más placentera, si somos quiénes apuestan por lecturas densas y reconfortantes o por retazos de vidas deseadas, pues la lectura implica una concentración extrema. Pero sobre todo, leer implica una actitud, precisamente la del lector de unas cuántas líneas arriba, ese que se deja seducir y acepta que el tiempo, en cuanto a la literatura, es irremisible.

Leer. Ahora estás leyendo. ¿Estás leyendo? Confunde esta reiteración provocada de conceptos que son iguales pero distintos, que incurren así en otro recurso literario, el oxímoron. Porque leer, el Leer en mayúsculas, puede ser tan banal como intenso, y sólo tiene, aunque nos pese, un responsable: el lector. Él decide como emplear el escaso tiempo que nos prestan, a qué dedicar los instantes de esparcimiento e intuición, por lo que esta sátira de reproches, quizá infundados, no pueden dirigirse sino a un .

Leer, como dijo Roberto Bolaño en Mi vida en los tubos de supervivencia, es “aprender a morir, pero también es aprender a ser feliz, a ser valiente”. He aquí una definición contundente que nos acerca más al desasosiego que a la tranquilidad, porque dota a la lectura de demasiadas responsabilidades. Pero es que las tiene. Y entre ellas, y casi sin reflexión, está la de culturalizar, la de hacernos más humanos para mostrarnos que la belleza, a diferencia de las ideas platónicas, es palpable. De hecho, y parafraseando a Gabriel García Márquez, se podría hablar de la lectura como el mejor oficio del mundo. Imagínense, horas de incansable anhelo por conocer mundo, por explorar pasiones que, en la vida vivida, sólo experimentamos en los sueños y la fantasía.

Duele pensar en los libros que jamás serán leídos, o los que por falta de espacio y sentido común tampoco nunca sentirán los ojos cautivos de un primer lector, de forma que la tristeza dé paso a la nostalgia de lo no acaecido, o de lo desconocido, que es casi lo mismo. La literatura, como el resto de artes, está condenada a una invisibilidad parcial.

Grenoble. Fuente: Elisa Pont

Grenoble. Fuente: Elisa Pont

Elisa Pont

Si yo fuera un libro

Cuando Gregor Samsa se despertó una mañana después de un sueño intranquilo, se encontró sobre su mesa de estudio convertido en un libro. Un majestuoso libro cuya tapa era de un color rojo sangre que contrastaba con el amarillento de sus hojas, deterioradas por el paso del tiempo y del ir y venir de mano en mano.

El pavor que recorrió su cuerpo durante los primeros instantes, pronto fue detenido por la curiosidad de saber que relato habitaría en sus cuerpo transformado ahora en libro. Sería una novela histórica que contara alguna batalla épica de hombres que luchaban por el triunfo de una ideología, o tal vez un romance apasionado de los que acaban con un beso. ¿Y si a fuerza de tanto releerlo y memorizarlo, su obsesión por Hamlet había provocado esa metamorfosis?

Cerró los ojos lentamente y permaneció unos segundos inerte para abrir de nuevo sus ventanas al mundo y descubrir si la mutación todavía persistía. Se acordó entonces de su padre, que desde bien pequeño le había advertido de lo peligroso que puede llegar a ser un libro, ya que en su caso Madame Bovary era la culpable de sus múltiples y reiteradas infidelidades a su madre.

Gregor, sin embargo, nunca había percibido los libros como una amenaza, más bien veía en ellos un vehículo de transporte gratuito para realizar los viajes que en la vida real −su familia padecía estrecheces económicas− se quedaban fuera de su alcance. Mediante la letra impresa había transitado las calles de tantos y tantos países, se había sumergido en diferentes culturas, empachado con tan diferentes sabores y amado a Sara, en esto ella tenía la exclusividad, en lugares tan extraordinarios como lo era ella.

Se dio cuenta de que debía despejar la incógnita, así que al más puro estilo Sherlock Holmes intentó descubrir cuál era la historia que encorsetaba a su cuerpo. Pero la alarma del reloj anunciando que era la hora de abandonar la cama le mandó de nuevo a la realidad. Puso sus dos pies sobre el suelo, respiró profundo mientras se regalaba unos instantes para asimilar que todo había sido un sueño, y comenzó a vestirse. Pero al quitarse el pijama descubrió una pequeña inscripción (a modo de tatuaje) que antes no estaba ahí y que rezaba así: la admiración del autor por su padre es la misma que siento yo por ti, hijo. Recordó aquellas palabras pues era la dedicatoria que le había escrito su padre en el último libro que le regaló, El olvido que seremos de Héctor Abad.

¿Su conversión por unas horas en libro había ocurrido de verdad y el tatuaje era la prueba de ello? ¿ Por unas horas se había transformado en el libro de Abad al igual que lo paso al Gregor de Kafka? Consciente de que nunca podría dar respuesta a sus dudas decidió dedicare ese día a leer en su biblioteca, ya que al igual que Borges pensaba que este lugar era el más parecido al paraíso.

Librería de Oporto

Librería de Oporto

Alba Vilar

Amors combatius

Fuente: Raúl Pont

Fuente: Raúl Pont

És el color de la terra, fosca per la vesprada i sempre clara quan despunta el dia, el que recorde quan alce la vista. Però, ja no la puc veure, a l’Horta: ara tan lluny de ma casa, tan prop de la teua. Aquelles extensions de terra plana i arenosa per les que caminava quan era una xiqueta estan desapareixent, i només ens queda el record, que no és més que una barreja de meravella i pena.

La meua infantesa, i pot ser també la teua, tinga l’aroma àcid i floral de les taronges; o el soroll silenciós d’un passeig al capvespre d’hivern; o les rialles de la despreocupació més absoluta i inconscient. És, en última instància, una experiència rememorada i, com a tal, allunyada de la realitat, doncs eixe és precisament el joc macabre dels records.

Però hui, el medi ambient −com context vital− perd importància conforme les grans metròpolis s’expandeixen i la urbanització desmesurada desfigura el paisatge d’una ciutat que comence a no reconèixer. Una amenaça obscura i sigil•losa que repta a dintre de la nostra societat, que no es veu però sí es sent, que dóna por i per això s’evita: parlar-ne seria demostrar un interés que, espere, no siga fictici.

Vivim al revés, a voltes massa apresa i altres ralentitzats, en un món que es disgrega a cada pas, on els canvis són continus però no immutables. La societat, i en particular la joventut, obliden −millor, per ser estrictes, oblidem− els nostres orígens: al remat, naixem de la terra i morim en ella. Com apartar allò que forma part de la teua existència, que és intrínsec de les vivències humanes?

La terra humida ha sigut, durant dècades, el suport d’una societat que malvivia i enyorava altres èpoques, altres llocs. Ha sigut, també, imatge exterior de una ciutat, València, que hui, sota un govern incompetent, està més perduda que mai. D’aquest tema parle, fins que s’esgota, amb la meua iaia, postrada a una cadira de rodes però amb les vivències encara despertes. I em conta les hores, els dies i les nits, en definitiva, la vida, que va crear al voltant de la terra, de la seua terra, i em pregunta com puc sentir-me realitzada sense defendre-la, o al menys, sense apreciar-la; una pràctica que, malauradament, s’està extingint.

Però malgrat la destrucció, a València encara es podem trobar llocs de contemplació visual, espais de redempció on evocar aquells matins de diumenge de ja fa massa primaveres. I tot i que fa molt de temps que abandoní els passejos, a voltes, quan la necessitat em supera i l’ànima sucumbeix al plaer, em deixe veure per aquells passadissos de coses inadvertides, casuals. Pense en mon pare al camp, atrafegat i exhaust, feliç malgrat el maltractament mercantil, i intente endevinar què és el que ells coneixen per sentir-se satisfets al camp.

Tradicionalisme emmascarat de nostàlgia? Evocacions que per falta d’arguments acaben sent irreals? Hauria de preguntar-li una altra volta a la meua iaia, i també al meu pare, per contestar aquestes qüestions. O simplement hauria d’observar el seu rostre,els seus ulls brillants quan em parlen de la importància de conservar allò que es nostre, que ens pertany, per obtenir una resposta personal sí, però humana.

Juan Cruz comentava aquest diumenge a El País Semanal que si es desperdicia allò bo que es té, es pot perdre, i després queda eixa cosa tan trista que és la nostàlgia d’allò perdut que no es pot defendre. Jo no podria haver-ho dit millor.

Elisa Pont

Con la melodía en la cabeza

Otro fin de semana más, he vuelto al aeropuerto. En el último mes, mis visitas han sido numerosas, pues el número de amigos que se marchan de Erasmus o simplemente en busca de trabajo aumenta y parece no tener fin.
Al volver, con aún unas discretas lagrimillas resbalando por mi cara y con las pancartas de despedida en la mano, mi cabeza buscó consolación en la próxima Navidad, todos estos amigos regresarán en estas fechas y, sin ser consciente de ello mi voz empezó a tatarear esa melodía del anuncio del turrón el Almendro que reza así: Vuelve a casa, vuelve por Navidad.

La canción se repetía una y otra vez en mi cabeza que parecía endemoniada por imágenes navideñas, en las que no faltaba el calvo de la lotería, las burbujas de Freixenet e incluso las míticas muñecas de famosa. Fue, entonces, cuando me puse a cavilar sobre el poder de los anuncios televisivos en nuestra cotidianidad. Y es que no podemos negar la capacidad que tienen, por ejemplo, sus canciones para inyectarse en nuestra banda sonora personal. O, de que forma los lugares que muestran se convierten en nuestros próximos destinos turísticos.

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Posiblemente, si contáramos todas las horas que nos hemos pasado frente a la caja tonta, los anuncios serían el espacio más visto por todos. Sin embargo, el debate entorno a la cabida y la cantidad de la misma en la televisión, todavía permanece abierto, e incluso el canal estatal decidió hacerla desaparecer de su cartel el pasado 2010.
Si es o no correcta su invasión en las pantallas es algo sobre lo que el consenso se presenta lejano, pero que algunas campañas publicitarias han logrado enmarcarse en nuestro imaginario colectivo no suscita controversia alguna.

¿Quién no ha cantado alguna vez la famosa cancioncilla de la Nocilla? Leche, cacao, avellana y azúcar…Nocilla. O ha bailado la canción del cola-cao. Incluso, ha soñado con visitar la fabrica de la felicidad de Coca Cola. Estoy segura de que casi todos ustedes lo han hecho alguna vez, y de que no les es posible leer las frases anteriores sin entonar la melodía. Pero no solo su música forma parte de nuestras vidas, también los eslóganes se han ganado el privilegio de integrarse en nuestro diccionario de cabecera. Si buceamos por las redes sociales observamos la proliferación de fotografías estivales acompañadas del titulo Mediterráneamente (eslogan de la campaña publicitaría de la cerveza Estrella Damm) que se ha convertido en la palabra aglutinadora de esa manera de entender el verano tan nuestra.
No hay que obviar que si hay algo que España produce en cantidades industriales es creatividad y que el ingenio de los publicistas españoles es indiscutible.

Ahora bien, los anuncios contagiados por el contexto en el que habitan, han plasmado algunos de los males endémicos de nuestra sociedad. El ejemplo más visible son los anuncios de limpieza, representados, casi en su totalidad, por mujeres y que no ayudan a destruir los resquicios de machismo que todavía deambulan por las calles de nuestro país. Por eso, junto a los lápices de los dibujantes y las cámaras de video debería existir la responsabilidad en cada anuncio, ya que ellos ejercen un fuerte influjo en la sociedad.

Seguirán con nosotros, contarán nuestras victorias y se vestirán de crisis. Nos enfadaremos con ellos cuando nos alarguen la espera para ver el final de una película, y nos sacarán una sonrisa cuando nos anuncien la llegada de las vacaciones. Si hasta nos dan las buenas noches: vamos a la cama que hay que descansar para que mañana podamos madrugar.

Alba Vilar

El tiempo pasa pero no tanto

Pavlos Fissas nunca imaginó que su nombre aparecería en las portadas de los periódicos de medio mundo. Quizá, sí su pseudónimo Killah P, con el que este militante del antifascismo rapeaba dentro y fuera de las fronteras griegas. Pero ahora ya de poco sirve que nos lo preguntemos. Fissas fue apuñalado el pasado 18 de septiembre en Kerastsini (Atenas), por un hombre que, horas más tarde, confesaría pertenecer al partido neonazi Aurora Dorada (AD), legalizado y con representación parlamentaria (18 diputados) desde las últimas elecciones de junio de 2012. Esa noche empezó el caos que todavía hoy se respira en Grecia.

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“Tal vez lo que ocurrió no deba ser comprendido, en la medida en que comprender es casi justificar”, escribió Primo Levi en Si esto es un hombre,  refiriéndose a aquella barbarie que supuso el Holocausto nazi, tan reciente en nuestra historia que daña la memoria de los vivos. Bien podría acoplarse el carácter categórico de sus reflexiones a la desestructuración social de Grecia, a la incompatibilidad de democracia y ultra derechismo de inspiración nazista o al deterioro político que sufren sus instituciones. Aquí comprender se convierte en sinónimo de justificar. ¿Y por qué no de reconocer? ¿O de impedir?

El periodista griego Nikos Xydakis publicó, en el diario Kathimerini, un editorial titulado La línea roja: un verdadero llamamiento al “despertar” de la ciudadanía griega ante la “desestabilización de la legalidad” que está acechando al país, en un contexto de crisis económica y desigualdad que, al igual que en otras zonas del planeta, parece no tener fin. O no uno lo suficientemente real e interesado. El asesinato de Fissas −repetiré su nombre una vez más− se tacha de inusual, de atípico, y acabará por pasar inadvertido, seguro, pese a la detención del líder máximo de AD, el ex militar Nikos Mijaloliakos. Y será un error, otro de tantos, pues las evidencias son claras y la Historia, si alguna cosa tiene de predecible, es que tiende a la repetición.

Centrémonos, por ejemplo, en la xenofobia, esa tendencia a priori tan humana que se puede llegar a enmascarar pero que nunca, o casi nunca, desaparece. Y si no, miren la metedura de pata del diputado francés Giles Bourdouleix quien, ante una situación si ustedes quieren de estrés y nerviosismo, dijo “quizá Hitler no mató suficiente”, ante un grupo de gitanos instalados ilegalmente en un terreno municipal de Cholet, al este del país. Hechos como éste dejan entrever los resquicios que aún permanecen en las sociedades, en nuestra naturaleza. Y nos asustan y golpean del mismo modo que hace décadas, porque nos muestran que el comienzo del fin es posible. Interpretar y analizar la complejidad de lo real, de lo ambiguo. Ese es el reto.

Elisa Pont

Mordazas en la red

La sociedad en la que nos enmarcamos nos modela como individuos y nos marca las pautas con las que manejarnos en nuestro mundo aunque −normalmente− no seamos conscientes de ello. Dicho esto os preguntareis: ¿qué características posee el siglo XXI? Uno de los más importantes sociólogos actuales −nuestro país no solo cosecha malas hierbas− Manuel Castells bautizó a nuestros días con el nombre de “era de la información”. Castells buscaba definir la revolución tecnológica que ha supuesto una metamorfosis en la forma de comunicarnos.

Esta transformación ha permitido el acceso mediante el generoso, ente Internet, y su pandilla, las desinteresadas redes sociales, a toda la población. Es decir, ha creado una especie de ágora virtual en la que todos podemos difundir informaciones o simplemente opiniones. Hasta aquí todo correcto ¿no? Y es que se ha abierto un mundo de posibilidades para quienes hasta hace poco no tenían más voz que la que surgía en las sobremesas familiares junto al tocado de baileys. Pero y aquí disparó la flor: ¿se va a cumplir por fin el artículo 20 de nuestra Constitución? ¿Ahora tendremos total libertad de expresión?

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Cualquier niño al que le explicáramos y de paso le distrajéramos de su pelea contra los niños mayores que ahora no le roban el almuerzo sino la educación, nos diría que un mundo en el que en internet todos podemos opinar, la libertad de expresión está garantizada. Sin embargo, en los últimos años han surgido una serie de terremotos que han desestabilizado esta supuesta libertad de expresión.

Uno de los seísmos que más me ha conmocionado y por el que se arquitectan todas estas cuestiones en mi cabeza es el del grupo de protesta de las Pussy Riot. Tres mujeres que fueron condenadas a prisión por cantar una oración punk pidiendo a la virgen la dimisión del presidente Putin, en una catedral ortodoxa de Moscú. Ahora mismo, mientras tecleo mi ordenador y realizan sus quehaceres cotidianos, una de las integrantes Nadezhda Talokónnikova se encuentra hospitalizada debido a la huelga de hambre que inició en prisión. ¿Pero no vivimos en un mundo “globalizado” y la libertad de expresión esta reconocida dentro de la declaración universal de los derechos humanos de la ONU? Rusia no participa de ello… no me queda claro.

O es que Putin ha querido ponerse de acuerdo −para variar un poco− con el presidente Obama. No olvidemos el candente y con película incluida, caso de Wikileaks que hizo tambalearse por el método de las palabras y no el de las armas (especialidad de la casa estadounidense) al gobierno que ha querido ser el abanderado de la libertad. Pero poner mordazas en la red o en la calle se esta extendiendo como una plaga de película taquillera de ciencia ficción a todo el globo terráqueo.

Alba Vilar