Noche

No hay noches como ésta, la luna mi espejo y tú mi gran anhelo.
Me besas en esta distancia efímera, que queremos romper, sin conseguirlo.
Quiéreme de cerca, te pido. Y tú asientes, demasiado vino mojando tus labios para contradecir mis obsesiones.

No estás en esta noche en que la luna se refleja en el espejo y salgo al balcón con la intención de…Y ahí está, plena y brillante como yo la recordaba, de aquella otra noche infinita. El círculo se agranda, las horas que no dejan de pasar, el reloj abandonado en otra habitación. ¿Me sigues? Tu respuesta, un beso.

Nos asalta alguna que otra duda, confesiones encubiertas que no dañan pero sí asfixian, estupideces que acometer por falta de credibilidad. Deseo que suceda, tú lo sabes, pero el olvido y la avaricia e incluso el desaliento pueden conmigo.

Quiero verte y nada es como acostumbro a creer. Me duelen los pasos olvidados de este camino incierto, de esta vida insana e indiferente en la que hemos coincidido, por suerte.

Elisa Pont

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Fue esa mañana

Era una mañana sin aire, mis pulmones ardientes, un sofoco, verte y dejar de respirar.

Ahí estás tú, como ayer, como mañana, hasta después de mi muerte. Hasta mucho después, supongo.

Era una mañana de silencio eterno, de calor en este cementerio tan concurrido, de vivos y de tantos muertos. Un sol insufrible que me desgastaba el ánimo.

Pareciera que te tengo aquí, ante mis ojos, pero no estás. No estabas aquella mañana, en aquella tumba ajena; otras lágrimas que no eran las mías mojaron la roca, te lloraron aún sin conocerte.

Todo el mundo sufre en este mundo caprichoso e injusto. Todo el mundo muere, sin más. Tú te moriste sin querer, y aquí nos dejaste, condenados a encontrarte en cualquier parte.

Era una mañana de infierno, de despedida de la ciudad, de un nuevo rencuentro siempre insólito.

Sigo pensándote, angelet.

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Elisa Pont

Sin fotografía

Desde qué habitación se habrá hecho esta fotografía,

después de qué noche.

De cruzar aquel puente

bajo la lluvia insidiosa,

borrachos de vino,

besando unos labios ahora ausentes.

Desde dónde se podrá apreciar esta imagen;

quién dormirá en esa cama,

frente al espejo su cuerpo desnudo,

mis manos que te piensan.

Cómo encontrar ese lugar

desde donde contemplar el paraíso.

Elisa Pont

Otro anochecer

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El cielo es de un oscuro claro,

tu reflejo que impregna mis ojos,

hoy tan cansados.

Camino en soledad por estas calles en calma,

abandonada a mi continua desazón,

pensando en el sol que se acuesta,

en mis labios que no besan.

El cielo permanece claro ante la oscuridad inminente

y, mientras, yo paseo,

como la niña ausente que siempre he sido.

No te fíes de sus palabras ni de tus propios reflejos,

el miedo acaba apareciendo.

Elisa Pont

Quererse así

Noisy-le-Roi (1)

Deberíamos querernos más de lo establecido.
Dejar la impaciencia y el litigio para luego,
saber que tenernos no es del todo fortuito.

Deberíamos querernos más de lo establecido.
Quiero abandonar mi obcecación por el destino,
respiro tu aliento en la noche y me digo que aún te necesito.

Deberíamos querernos más de lo establecido,
acostumbrabas a decirme cuando el tiempo no era tu enemigo.
Y sin embargo, no lo hacemos.
Perdimos el hábito,
olvidado ya en el mar infinito de las dudas.

Quiéreme, que yo te quise. Incluso más de lo establecido.

Elisa Pont

Sur le paradise

Un templo de sabiduría, una guarida contra la inseguridad y la futilidad del tiempo, también de nuestras almas. Así es la librería Shakespeare&Co en París, un refugio que sirve tanto para evadirse como para encontrarse a uno mismo. Quienes suelen leerme saben que no soy partidaria de los blogs-diario, en parte porque odio la autopropaganda y en parte también porque amo demasiado tomar prestadas otras voces, sucumbir al encanto de la narración. Pero hoy haré una excepción.

El domingo hacía sol y pasear por la ciudad era una autentica maravilla. No podía faltar en nuestra ruta turística esta librería, tan amantes del arte como somos. Es al entrar cuando sientes que la historia y las historias se caen de las paredes y respiras tranquilidad e interés y, de pronto, sabes que estás en el lugar adecuado. Deambulamos sin prisa por aquella tienda, sorprendidas aunque no fuese nuestra primera vez. Y al subir a la parte superior, donde se encuentra la biblioteca personal de su fundadora, Sylvia Beach, la distancia entre mi mente y mi cuerpo se redujo, me senté en uno de aquellos catres que hicieron de cama en su época y me dejé llevar. Allí estaba él, del que desconozco su nombre y su edad, tocando el piano. Qué digo tocando… Él acariciaba el piano, lo mimaba, con los ojos cerrados y otras veces abiertos, con el semblante entre preocupado y concentrado, pero sin perder vivacidad. Su capacidad de improvisación no sólo nos impresionó a nosotras, que nos quedamos un buen rato allí sentadas, sino a cualquiera que accedía a aquella sala, repleta de libros antiguos, de polvo en las teclas de la máquina de escribir.

¿Hay espacio para el pensamiento cuando se experimenta tan alto grado de sensibilidad?, me pregunté aquella tarde escuchando su música. ¿Puede uno llegar a evadirse completamente?, me pregunto esta tarde. Aquel día supe que no puedo vivir sino es así, en un continuo aprendizaje.

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Elisa Pont

LA EXTRAÑEZA DEL RECUENTRO

De tanto en tanto, la tierra produce un sabio, rezaba la lápida mugrienta de este desconocido, a la que el tiempo y la vida misma habían desgastado hasta borrar su nombre y sus apellidos; apenas quedaba escrita esta frase, también roída por las inclemencias de la intemperie y del abuso. El silencio sumía al lugar en una soledad aterradora, desprovista de cualquier signo humano, a excepción de nuestro protagonista que, pese a la lluvia incesante, continuaba impertérrito ante la tumba, puede que vacía después de tantos años, sumido en esa añoranza cruel del que se ve abocado al exilio, deseando que también a él lo recordasen así. No obstante, y pese a sus esfuerzos incansables, sabía que jamás nadie le tendría en tan alta estima, en tan alta consideración. Apoyado sobre su bastón, ya cansado, miraba aquellas palabras mientras se convencía de que sus escritos, cuando muriese, desaparecerían con él.

De tanto en tanto, la tierra produce más de un sabio, escribieron en su lápida años más tarde. Se escuchó, llegado desde ninguna parte, un suspiro de satisfacción.

Elisa Pont

Tercer premio en el II Concurso de Microrelatos “Sergio Besser”

Adieu

El padre duerme. Sus ronquidos, como gemidos extraídos de un pozo sombrío, se atenúan cuando Ana María le roza el antebrazo, pero nunca desaparecen. El estómago hinchado por el vino y la edad sobresale de entre las sábanas, enredadas en un cuerpo sudoroso y fuerte, de espalada ancha y peluda, que ahora dormita apaciblemente a causa del cansancio. Demasiado esfuerzo vomitivo.

La hija, apretada en esa misma cama, sigue sin poder dormir, a pesar del deterioro físico, de la tensión acumulada en sus delgadas piernas. Tiene los ojos hinchados, enrojecidos por el llanto silencioso, pero su cuerpo menudo se mantiene firme, sin vacilar. El ambiente es cálido y a través de la ventana se adentran las primeras luces rojizas del amanecer. El silbido del mar en calma se entremezcla con la respiración desacompasada del padre, ensuciando así la pureza del agua salada.
Ana María, tan cansada, se levanta de la cama, con sigilosos pasos de niña. Se echa una bata por encima de los hombros desnudos, y descalza, baja hasta la cocina. Allí prepara café, como todas las mañanas de su vida. Huele parecido a la lejía, a comida rancia, y ahora también a café adulterado. Ana María oye su despertar, quejumbroso, y la pesadez de sus pasos encaminarse hacia las escaleras. Cierra los ojos, respira entrecortadamente. Sus labios todavía conservan el regusto a alcohol. «Niña, el café», le grita a sus espaldas. Ella, con sumo cuidado, le acerca la taza y sus manos agrietadas le rozan de nuevo el cuerpo. Siente náuseas. El padre coge el café y se sienta en la única silla de la estancia, con los pantalones aún desabrochados. La brutalidad de la escena es repugnante.

El silencio se apodera de Ana María, que es incapaz de apartar la mirada de aquella taza, ya vacía. El frío le atraviesa la carne pero aún así está sudando. Con disimulo se acerca a su padre y le quita la taza de las manos. Él la mira entre indignado y lascivo, pero la deja hacer. Ana María, la pequeña y sensible Ana María, se despoja de la bata, se arrodilla ante su padre y le concede un último instante de placer. El hombre entrecierra los ojos y abre la boca con cada movimiento, con cada nuevo impulso. El éxtasis le produce una sensación de mareo, se siente desfallecer. Y de pronto, todo termina. Ana María se levanta, con las rodillas algo entumecidas, y con la bata se seca la boca. Mira a su padre a los ojos, con tristeza, y una cínica mueca se le dibuja en la cara. Su corazón ha explotado y, por fin, la bestia ha muerto.

Elisa Pont

El «Gran viernes»

Vi tu rostro al morir, tu cabeza aplastada contra la acera, la sangre brollando y cayendo, derramada junto a tu cuerpo ya inerte, sin vida, tan pálida tu piel y tus labios. Vi tu rostro segundos antes de morir, el miedo anegando tus ojos, el rictus impenetrable de tu mirada. Te oí también gritar, amarga y desesperadamente, quizá porqu intuías que iban a por ti, que en cierta manera ya estabas muerto, y poco importaba lo que pudieses hacer. Fui testigo de las torturas y de las vejaciones, de cada una de las patadas que te asestaron, de los golpes y de los insultos; aquí, desde mi guarida secreta, vi como te dispararon sin compasión ni remordimientos, casi con la misma serenidad con la que cada día me enfrento a mi trabajo.

Aquel día, en aquella plaza abarrotada de jóvenes y de espíritus combativos, yo también tuve miedo, también estuve a punto de morir, pero no sé por qué motivo, ni sé a quién debería agradecérselo, me salvé, conseguí salir vivo de aquella batalla campal. A través del visor de mi teleobjetivo, yo también vi las armas de cerca, casi llegué a sentir su olor a plástico quemado, su rugosidad palpable al tacto. El miedo no consiguió paralizarme, al contrario, hizo que mi instinto se agudizara y, sin descanso, empecé a fotografiar la barbarie que me rodeaba. Hice tantas fotografías que luego, a la mañana siguiente, o puede que ya por la tarde, no lo recuerdo con claridad, apenas tuve tiempo para seleccionarlas antes de enviarlas a la agencia, de cederlas para siempre bajo un anonimato involuntario. Y al terminar, exhausto y hambriento y dolorido, me tumbé sobre la cama de aquel hostal hoy desaparecido, y mientras recordaba, veía de nuevo tu rostro, mi mente bombardeada por la sangre y el dolor, por imágenes que serían ya imborrables. Te veía y te oía llorar aunque ya estabas muerto. Y como a ti, vi a otros tantos muchachos asesinados aquel mes de abril, olvidados ya por un país que hoy continúa luchando.

Elisa Pont

Haití hoy

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“Take it easy”, de Federico Salsi (Haití)

Miren a los niños. Aunque se les vaya la vista al azul potente del cielo, despejado pero provisto de unas cuantas nubes amenazantes, como de tormenta tardía y leve. Parece de día y aún así el sol está escondido, puede que a este lado, donde el fotógrafo con los pies embarrados. Olvídense de ese verdor a rachas de la naturaleza, de los árboles y de los matorrales, de toda esa ingente cantidad de plantas verdosas, oscuras como de bosque pero también claras como de selva, que crecen sin contemplaciones por esa anegada e inservible carretera en el que alguno podría perderse y no volver. O al menos tardar en hacerlo.

No caigan en la simpleza de concentrarse en el hombre situado en primer plano, con esa camisa blanca tan impoluta, tan impropia del campo, y que al mismo tiempo parece no desentonar con el conjunto de la fotografía, quizá por la furgoneta del fondo, también blanca. Insisto. No se dejen llevar por esos brazos musculosos que empuñan una azada, ni tampoco por la figura esbelta del compañero de atrás que también con brío pero quizá con menos fuerza, incluso puede que con menos destreza, se afana en aplanar la tierra. Pienso que la obligación, las prisas y hasta el calor les impiden levantar el rostro, percatarse de lo que pasa a su alrededor, como por ejemplo de esta fotografía. ¿Sabrán de su existencia? Les pido, si me dejan, que eludan mirar el agua estancada, el casi reflejo de la furgoneta en el charco central, las rocas que se acumulan en los extremos de este riachuelo improvisado, que mancha los pies descalzos de los niños.

Y ahora sí, ahora sí fíjense por fin en los niños, los verdaderos protagonistas de esta imagen tan vulgar, tan mundana como que podría no haberse tomado en Haití, sino en cualquier otro país latinoamericano, incluso en algún arrozal asiático o en alguna aldea africana donde el barro, como en mi casa, es amarronado y denso y a veces apesta. Qué les voy a contar del barro si seguro que alguna vez lo han pisado, ensuciándose sus zapatos o sus tacones, incluso los calcetines, y seguro que no de tan pequeños como estos niños. El de la derecha, con camisa roja y los brazos apoyados sobre la cabeza, con la mirada fija en sus amigos –o no tanto–, parece absorto en sus pensamientos, alejado del suelo, completamente ajeno a esta estampa de trabajo a destiempo. Casi diría que tiene el ceño fruncido, entre enfadado e indignado por la camaradería de los otros niños que, con pose idéntica, desafían al espectador. Uno porque observa atento el trabajo de desescombro del hombre y su azada, un pie hundido en el charco, el otro con barro reseco ya adherido a la piel; y el otro porque nos interpela directamente, con un semblante de extrañeza y de curiosidad repentina, pero también con cierta desconfianza, como si ninguno de nosotros estuviese invitado hoy, que es ya mañana. Y por último, el pequeño del fondo, de espaldas, que lleva una camisa por vestido y que también anda descalzo, investigando el mundo insolente y peligroso que le rodea. Su rostro seguirá siendo un misterio.

Esto es Haití hoy, señores, donde los niños siguen siendo niños y siguen pasando hambre y frío y miedo. Donde la vida sigue asustando tanto como ayer.

Elisa Pont