Fue esa mañana

Era una mañana sin aire, mis pulmones ardientes, un sofoco, verte y dejar de respirar.

Ahí estás tú, como ayer, como mañana, hasta después de mi muerte. Hasta mucho después, supongo.

Era una mañana de silencio eterno, de calor en este cementerio tan concurrido, de vivos y de tantos muertos. Un sol insufrible que me desgastaba el ánimo.

Pareciera que te tengo aquí, ante mis ojos, pero no estás. No estabas aquella mañana, en aquella tumba ajena; otras lágrimas que no eran las mías mojaron la roca, te lloraron aún sin conocerte.

Todo el mundo sufre en este mundo caprichoso e injusto. Todo el mundo muere, sin más. Tú te moriste sin querer, y aquí nos dejaste, condenados a encontrarte en cualquier parte.

Era una mañana de infierno, de despedida de la ciudad, de un nuevo rencuentro siempre insólito.

Sigo pensándote, angelet.

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Elisa Pont

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