Adieu

El padre duerme. Sus ronquidos, como gemidos extraídos de un pozo sombrío, se atenúan cuando Ana María le roza el antebrazo, pero nunca desaparecen. El estómago hinchado por el vino y la edad sobresale de entre las sábanas, enredadas en un cuerpo sudoroso y fuerte, de espalada ancha y peluda, que ahora dormita apaciblemente a causa del cansancio. Demasiado esfuerzo vomitivo.

La hija, apretada en esa misma cama, sigue sin poder dormir, a pesar del deterioro físico, de la tensión acumulada en sus delgadas piernas. Tiene los ojos hinchados, enrojecidos por el llanto silencioso, pero su cuerpo menudo se mantiene firme, sin vacilar. El ambiente es cálido y a través de la ventana se adentran las primeras luces rojizas del amanecer. El silbido del mar en calma se entremezcla con la respiración desacompasada del padre, ensuciando así la pureza del agua salada.
Ana María, tan cansada, se levanta de la cama, con sigilosos pasos de niña. Se echa una bata por encima de los hombros desnudos, y descalza, baja hasta la cocina. Allí prepara café, como todas las mañanas de su vida. Huele parecido a la lejía, a comida rancia, y ahora también a café adulterado. Ana María oye su despertar, quejumbroso, y la pesadez de sus pasos encaminarse hacia las escaleras. Cierra los ojos, respira entrecortadamente. Sus labios todavía conservan el regusto a alcohol. «Niña, el café», le grita a sus espaldas. Ella, con sumo cuidado, le acerca la taza y sus manos agrietadas le rozan de nuevo el cuerpo. Siente náuseas. El padre coge el café y se sienta en la única silla de la estancia, con los pantalones aún desabrochados. La brutalidad de la escena es repugnante.

El silencio se apodera de Ana María, que es incapaz de apartar la mirada de aquella taza, ya vacía. El frío le atraviesa la carne pero aún así está sudando. Con disimulo se acerca a su padre y le quita la taza de las manos. Él la mira entre indignado y lascivo, pero la deja hacer. Ana María, la pequeña y sensible Ana María, se despoja de la bata, se arrodilla ante su padre y le concede un último instante de placer. El hombre entrecierra los ojos y abre la boca con cada movimiento, con cada nuevo impulso. El éxtasis le produce una sensación de mareo, se siente desfallecer. Y de pronto, todo termina. Ana María se levanta, con las rodillas algo entumecidas, y con la bata se seca la boca. Mira a su padre a los ojos, con tristeza, y una cínica mueca se le dibuja en la cara. Su corazón ha explotado y, por fin, la bestia ha muerto.

Elisa Pont

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