LA EXTRAÑEZA DEL RECUENTRO

De tanto en tanto, la tierra produce un sabio, rezaba la lápida mugrienta de este desconocido, a la que el tiempo y la vida misma habían desgastado hasta borrar su nombre y sus apellidos; apenas quedaba escrita esta frase, también roída por las inclemencias de la intemperie y del abuso. El silencio sumía al lugar en una soledad aterradora, desprovista de cualquier signo humano, a excepción de nuestro protagonista que, pese a la lluvia incesante, continuaba impertérrito ante la tumba, puede que vacía después de tantos años, sumido en esa añoranza cruel del que se ve abocado al exilio, deseando que también a él lo recordasen así. No obstante, y pese a sus esfuerzos incansables, sabía que jamás nadie le tendría en tan alta estima, en tan alta consideración. Apoyado sobre su bastón, ya cansado, miraba aquellas palabras mientras se convencía de que sus escritos, cuando muriese, desaparecerían con él.

De tanto en tanto, la tierra produce más de un sabio, escribieron en su lápida años más tarde. Se escuchó, llegado desde ninguna parte, un suspiro de satisfacción.

Elisa Pont

Tercer premio en el II Concurso de Microrelatos “Sergio Besser”

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Adieu

El padre duerme. Sus ronquidos, como gemidos extraídos de un pozo sombrío, se atenúan cuando Ana María le roza el antebrazo, pero nunca desaparecen. El estómago hinchado por el vino y la edad sobresale de entre las sábanas, enredadas en un cuerpo sudoroso y fuerte, de espalada ancha y peluda, que ahora dormita apaciblemente a causa del cansancio. Demasiado esfuerzo vomitivo.

La hija, apretada en esa misma cama, sigue sin poder dormir, a pesar del deterioro físico, de la tensión acumulada en sus delgadas piernas. Tiene los ojos hinchados, enrojecidos por el llanto silencioso, pero su cuerpo menudo se mantiene firme, sin vacilar. El ambiente es cálido y a través de la ventana se adentran las primeras luces rojizas del amanecer. El silbido del mar en calma se entremezcla con la respiración desacompasada del padre, ensuciando así la pureza del agua salada.
Ana María, tan cansada, se levanta de la cama, con sigilosos pasos de niña. Se echa una bata por encima de los hombros desnudos, y descalza, baja hasta la cocina. Allí prepara café, como todas las mañanas de su vida. Huele parecido a la lejía, a comida rancia, y ahora también a café adulterado. Ana María oye su despertar, quejumbroso, y la pesadez de sus pasos encaminarse hacia las escaleras. Cierra los ojos, respira entrecortadamente. Sus labios todavía conservan el regusto a alcohol. «Niña, el café», le grita a sus espaldas. Ella, con sumo cuidado, le acerca la taza y sus manos agrietadas le rozan de nuevo el cuerpo. Siente náuseas. El padre coge el café y se sienta en la única silla de la estancia, con los pantalones aún desabrochados. La brutalidad de la escena es repugnante.

El silencio se apodera de Ana María, que es incapaz de apartar la mirada de aquella taza, ya vacía. El frío le atraviesa la carne pero aún así está sudando. Con disimulo se acerca a su padre y le quita la taza de las manos. Él la mira entre indignado y lascivo, pero la deja hacer. Ana María, la pequeña y sensible Ana María, se despoja de la bata, se arrodilla ante su padre y le concede un último instante de placer. El hombre entrecierra los ojos y abre la boca con cada movimiento, con cada nuevo impulso. El éxtasis le produce una sensación de mareo, se siente desfallecer. Y de pronto, todo termina. Ana María se levanta, con las rodillas algo entumecidas, y con la bata se seca la boca. Mira a su padre a los ojos, con tristeza, y una cínica mueca se le dibuja en la cara. Su corazón ha explotado y, por fin, la bestia ha muerto.

Elisa Pont

El «Gran viernes»

Vi tu rostro al morir, tu cabeza aplastada contra la acera, la sangre brollando y cayendo, derramada junto a tu cuerpo ya inerte, sin vida, tan pálida tu piel y tus labios. Vi tu rostro segundos antes de morir, el miedo anegando tus ojos, el rictus impenetrable de tu mirada. Te oí también gritar, amarga y desesperadamente, quizá porqu intuías que iban a por ti, que en cierta manera ya estabas muerto, y poco importaba lo que pudieses hacer. Fui testigo de las torturas y de las vejaciones, de cada una de las patadas que te asestaron, de los golpes y de los insultos; aquí, desde mi guarida secreta, vi como te dispararon sin compasión ni remordimientos, casi con la misma serenidad con la que cada día me enfrento a mi trabajo.

Aquel día, en aquella plaza abarrotada de jóvenes y de espíritus combativos, yo también tuve miedo, también estuve a punto de morir, pero no sé por qué motivo, ni sé a quién debería agradecérselo, me salvé, conseguí salir vivo de aquella batalla campal. A través del visor de mi teleobjetivo, yo también vi las armas de cerca, casi llegué a sentir su olor a plástico quemado, su rugosidad palpable al tacto. El miedo no consiguió paralizarme, al contrario, hizo que mi instinto se agudizara y, sin descanso, empecé a fotografiar la barbarie que me rodeaba. Hice tantas fotografías que luego, a la mañana siguiente, o puede que ya por la tarde, no lo recuerdo con claridad, apenas tuve tiempo para seleccionarlas antes de enviarlas a la agencia, de cederlas para siempre bajo un anonimato involuntario. Y al terminar, exhausto y hambriento y dolorido, me tumbé sobre la cama de aquel hostal hoy desaparecido, y mientras recordaba, veía de nuevo tu rostro, mi mente bombardeada por la sangre y el dolor, por imágenes que serían ya imborrables. Te veía y te oía llorar aunque ya estabas muerto. Y como a ti, vi a otros tantos muchachos asesinados aquel mes de abril, olvidados ya por un país que hoy continúa luchando.

Elisa Pont