Carta de amor

A quien interese:

El amor no existe. Existe solamente la percepción del amor, la vaga sensación de dicha que produce, el éxtasis del sexo con cariño, que no con amor, sino quizá y con suerte, con algo parecido. Existe, también, el dolor causado por el amor, esto es, el manido y temido y hasta deseado desamor. Las más bellas historias son siempre trágicas porque de una forma u otra, aunque nos cueste admitirlo, estamos abonados a la fatalidad.

Por otro lado, como producto cultural y casi cívico, está la preocupación por no encontrar el amor. Ahí se concentran nuestros sueños y nuestras esperanzas, en esa imposibilidad de realizarse como persona sin esa otra a la que llamar mi amor. ¡Cuánta mentira y cuánta razón al mismo tiempo! La vida que se nos gasta en una constante búsqueda, a veces infructuosa y otras no, pero siempre golpeada por la soledad y la frustración. La amargura es propia del ser humano, pese a la inconsciencia que nos regala el romanticismo.

Podemos entender el amor como deseo, como falta, al igual que hacía Proust. O bien, decantarnos por el pensamiento nietzscheano y entender el amor como carencia, como deseo de posesión. El primero, nos mueve en pro de la satisfacción del deseo de poseer aquello de lo que carecemos; el segundo, entiende el amor como el anhelo por conseguir aquello que ansiamos y dominarlo, ostentar así el poder sobre el ser amado. Y ambos, confluyen en la absurdez y la imposibilidad de satisfacer nuestros deseos, pues nunca será suficiente ya que siempre se anhelará aquello que no poseemos, y una vez se posea, alcanzando así nuestra meta, perderemos el interés. Y otra vez vuelta a empezar. Porque como bien nos avisaron ya, la satisfacción no se siente en lo que se posee, sino en el acto de poseer.

Repito alzando la voz que el amor no existe, que es todo una burda patraña, un engaño. Que si yo te quiero y tú no, que si ahora sí me quieres pero yo ya no, y así un día tras otro, un tiempo malgastado y sufrido, una vida que se acaba. Y aún así, no sabríamos vivir sin amar, lo cual no implica morir por amor.

Y como consejo final, si me dejan, les diré que dejen de buscarlo, o hagan que aparezca, e incluso invéntenlo si es preciso. Alguien me contó una vez que sí sintió un amor profundo y pleno, y que a esa unión le debo mi existencia.

Una mujer enamorada hasta las trancas.

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