Un epitafio por adelantado

Va muriendo conmigo conforme lee este texto. Pero no pare, que aún es pronto, le digo, que a lo mejor aún tiene remedio. Si actuamos más diligentemente de como venimos haciéndolo es posible que el periodismo riguroso reviva y con él, el interés por la lectura y por las palabras. En definitiva, por la literatura. Y la sociedad sienta de pronto la necesidad imperiosa de salvaguardar el oficio de escritor, tan denostado en los últimos tiempos, tan abocado a la soledad menos dolorosa.

«Para poder escribir necesitas un conflicto, porque si todo va bien en la vida, ¿para qué escribir?», acertó a decir una vez Mario Levi, el autor turco de Estambul es un cuento, mientras reflexionaba sobre la utilidad de la literatura. Fue más una pregunta retórica, puesto que no se conoce respuesta alguna; una pregunta que continúa vigente y que cada día parece agrandarse más y más. Y más.

Y si no me creen, enciendan el televisor, o presten atención por un segundo a los contertulios radiofónicos, u hojeen sin pudor las primeras planas de los periódicos. Verán que no miento, que el mundo se derrumba, que la amenaza del fin es cada vez más plausible. Y ante el caos desmedido, un «aire inédito de renovación», en palabras de Antonio Muñoz Molina, personificado en la intelectualidad y la educación, ambos indispensables para recordarnos que el cambio es posible aunque la muerte sea inevitable.

Quizá por ello, los ciudadanos, atónitos, no entiendan el menosprecio que, ya sea de un bando o de otro, recibe la cultura, que en nuestra sociedad ha quedado arrinconada al final de todas las prioridades. Y me mantengo firme, y le pido, casi le exijo, que no me deje, aunque le cueste, porque esta palabrería tiene un fin: el de meditar sobre nuestro presente y, también, el de recordar nuestro pasado, para así dilucidar un futuro del que nadie querría escapar.

La forma en la que nos abordan los libros, las historias, es tan diversa, tan extraña en algunos casos, que casi da miedo preguntarse cómo es que existen más allá de la imaginación y de la fantasía. Pero no nos engañemos, la ficción simplemente nos muestra una faceta más de la realidad perturbadora en la que sobrevivimos.

Pero todo esto son supuestos infundados porque la realidad es, sin matices ni remilgos, muy distinta de los delirios de esta extraña.

Elisa Pont

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