Anhelo de vivir

A veces, te pienso.

Otras, ni siquiera recuerdo tu nombre.

Es extraño. Cómo la mente me zarandea y juega conmigo,

e incluso contigo,

que ya no estás aquí para enderezarme.

A veces, te pienso mucho.

Todo el tiempo. Sin parar.

Te cuelas aquí adentro

y me revuelves el cuerpo,

y sólo puedo estremecerme y pedirte que pares.

Duele acostumbrarse a lo efímero.

Ya no te pienso. O no quiero hacerlo.

Pero, ¿es acaso la voluntad nuestra enemiga?

Si ella nos arrincona y nos ensalza,

hace de nosotros seres extraordinarios y caóticos…

Consigue que el mundo lata a cada paso.

Elisa Pont

Anuncios

Por primera vez

La soledad y el tiempo. Sin duda, mis peores enemigos. A quién odié y a quien tanto amo me condujeron al hastío indeseado de la soledad y a detestar el transcurso del tiempo, casi tanto como el sonido funesto del reloj que hoy me acompaña. Bajo tu sombra, amiga, recuerdo el día en que te conocí, el asombro de tu imponente figura y la expectación que causas, allí erguida e implacable. Sin amargura ni rencores. Tan eternamente bella…

Contra todos nosotros, el tiempo pasa. Y cuando se ralentiza, duele. Y cuando se olvida, también. Es ocaso y luz y podredumbre. Es también melancolía de lo perdido, o quizá de tan sólo lo intuido. Es anhelo de conocimiento y de ensueño. Es, en definitiva, falta de amor.

Tour Eiffel, Paris. Fuente: Beatriz Oliver

Tour Eiffel, Paris. Fuente: Beatriz Oliver

Elisa Pont

Estío

Hago como que te olvido.

Y duermo.

Dejo, entonces, que tus manos me guíen,

me rodeen,

me toquen

y sucumba a aquella pasión que no fue arrebatada,

sino perdida.

Permanezco con los ojos cerrados,

caigo en el abismo de tus besos

y ya es nada lo que tengo.

Fue en el verano en que conocí París,

y amé sus calles, y también te amé a ti,

aunque no lo supiésemos ninguno.

Perdimos, y aún hoy seguimos igual.

Por todo ello duermo,

sin más aspiración que despertar y encontrarte.

Aquí.

Elisa Pont

(Co)incidencia

Me pregunto de quién es la culpa. Si es que existe algún culpable cuando se trata de la desazón humana. Se nos intenta convencer de que las cosas son así, pero no han de ser así. No siempre.

Una estación de metro cualquiera, un día de septiembre cualquiera. Estoy al otro lado de las vías, separada por una oxidada valla de metal, y desde aquí les veo sentados en un banco de madera caliente y áspera. ¿Qué hacen?, me pregunto. Nada. Sólo están. Sentados. Algunos fuman, otros miran en rededor, buscando a alguien o entreteniendo la mirada. Ahora hablan, pero tampoco mucho. Supongo que tendrán pocas cosas qué decir, y demasiado tiempo para pensar. 

Sigo mirándoles, casi abusando de su intimidad. Ellos se dan cuenta, todo hombres, jóvenes todavía, y con sus ojos cansados y algo truculentos me devuelven la mirada. Hay hostilidad y desconfianza. Y no les juzgo. 

Como ellos, más de cuatro millones de personas vagan por las calles sin empleo. La crisis económica en nuestro país ha destruido más que puestos de trabajo, y está minando la autoestima y el carácter de las gentes. La educación, la sanidad y los servicios sociales son otras de sus víctimas. Cuesta remontar y salir adelante, y la situación es complicada y las soluciones que nos proponen ya no alcanzan. El periodista y escritor Ryszard Kapuscinski contaba en uno de sus libros más célebre, Ébano, lo siguiente: le aterrorizaba y sorprendía cómo las personas en África caminaban sin rumbo fijo, yacían en la tierra y descansaban en las calles sin más propósito que ése, el de estar; mientras que en la cuna del capitalismo, los transeúntes se movían de un lado para otro, siempre perseguidos por el tiempo, con un punto que alcanzar y un objetivo que cumplir. El mundo es extraño. 

Sigo en la parada, ya a apunto de subir al metro. Y tras las puertas, me giro y les miro por última vez. Ellos se quedan, y yo me voy. Y puede que otro día, a otra hora, vuelva a encontrármelos. 

Elisa Pont.

 

 

 

 

No importan los años, hijos

A quiénes todavía siguen en la búsqueda

 

Habían atravesado la capa de nubes y un sol radiante bañaba todo el interior del avión. O no. Y eran las diminutas bombillas las que alumbraban el interior, de forma que el día se confundía con la noche y la certeza se desvanecía conforme la trayectoria del avión oscilaba, aún más arriba y de pronto en caída libre. Los pasajeros danzarían libremente por el pasillo y beberían y fumarían hasta caer rendidos, mientras otros intentarían dormir. Un beso en la eternidad les conduciría al paraíso deseado, y sus cuerpos se relajarían entre tantos aromas indescifrables. Aquello sería una fiesta.

Así imagino que fue la despedida de mi hermano, al que jamás encontramos. Pero así es la vida a veces.