Nuestros políticos, no lo son

Me provocan desasosiego y una especie de dolencia ininterrumpida que, ni apagando el televisor, ya en la oscuridad y el silencio de una tarde nublada, consigo contrarrestar. Sus palabras son acoso e injuria, desvergüenza cuando no sobrepasan la ingenuidad y la incompetencia. Viven a base de discursos encartonados que, presumiblemente, ni ellos mismos comprendan, y nos intentan adoctrinar a golpe de declaración irrespetuosa. ¡Qué fastidio su mera presencia! Y ahí continúan, pecho erguido y rostro reluciente, sin avergonzarse de sus triquiñuelas ni de sus engaños, cada vez más evidentes.

Ya no son políticos, si es que alguna vez lo fueron, si es que alguna vez llegaron a comprender lo que significa serlo. La casta política, en su mayoría, se despreocupa de lo esencial y aboga por defender aquello que más le conviene: a sus dirigentes o a su partido, o a esa masa ingente de ciudadanos de la que obtuvieron su voto, pero de la que nunca más se supo.

Asusta imaginar el futuro, casi tanto como rememorar el pasado, y duele desconfiar de quienes te gobiernan, sobre todo cuando no te ha abandonado, ni de lejos, la esperanza.

Elisa Pont