El laberinto de la soledad

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Son situaciones desesperantes y tristes, en las que el dolor y la fatiga parecen trivializarse, en las que un día superado es un logro incuantificable. Porque cuando el final se vislumbra pero nunca llega, cuando se eterniza, la delgada línea que separa la vida de la muerte te asfixia. Cuando el tiempo pasa, pero no tanto, la ayuda es vital y la amargura de sentirte dependiente puede incluso mermar tus aspiraciones.

La inaplicabilidad de la conocida Ley de la Dependencia está ahogando, literalmente, a las familias españolas, la mayoría de ellas sumidas en una crisis económica inacabable de la que sobrevivir es todo un desafío. Desde su aprobación el pasado 14 de diciembre de 2006, bajo el mandato de José Luis Rodríguez Zapatero, la ley brilla por su ausencia. Según alerta el último informe realizado por el Tribunal de Cuentas, el impago por falta de liquidez es el mayor obstáculo –material, por supuesto– al que han de enfrentarse las personas dependientes en distintas comunidades autónomas, entre ellas, la valenciana. Un total de 189.427 personas, y otras tantas familias, tienen reconocido el derecho a acogerse a alguna de las ayudas para la atención a personas dependientes, pero la inoperancia y el saqueo del erario público impiden su ejecución.

Este es el caso de Amparo, de 88 años de edad. Viuda desde hace demasiado y castigada por el irrespetuoso paso del tiempo, de una vida dedicada a los demás en cuerpo y alma. Una mujer que fue arrebato y carácter, sabiduría sin apenas escolarización, amor para todo aquel que se acercase. Hoy, casi postrada en una cama, aquejada de innumerables dolencias diminutas pero persistentes, continúa luchando por otro amanecer más. Dependiente las 24 horas del día, e incluso en los sueños, donde nadie es dueño de nada, Amparo se agarra a la vida con sus últimos alientos pese a que, cada vez más, el esfuerzo se agranda.

Sentir que se consume, que se me escapa, es otra manera de sufrir.

 

 

 Elisa Pont

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