Un mundo propio

El apabullante cacareo que desprendía la sala de conferencias le hizo replantearse su discurso. Quizá estén esperando la declaración ferviente de un escritor novel, el relato uniforme de los primeros días en la redacción de un periódico, las excentricidades de mi padre. Y yo no tengo nada de eso, alcanzó a pensar justo antes de precipitarse al escenario y dejarse desnudar por fotógrafos y curiosos. Nuestro escritor novel, maravillado ante el público de la Feria Internacional del Libro (FLI), empezaba así la a veces insidiosa carrera del éxito literario.

A M. P., siglas con las que firmaba sus relatos, todo aquel tejemaneje de buenas y no tan buenas, e incluso de nefastas historias, le agriaban un tanto el carácter. No tenía remedio, venía de una familia de letrados. Pero había alcanzado el punto de partida del éxito y, aunque con cierto desasosiego, se convencía de su buena suerte. Las triquiñuelas acometidas durante su adolescencia le habían raído de una forma imperceptible las ilusiones, y ahora, no podía más que mostrarse desconfiado ante aquel avispero de necedades. No debía dejarse mangonear por los editores, aves de rapiña dispuestos a sacrificarte por cualquiera que le reporte más beneficios, ni tampoco adular indiscriminadamente a escritores e intelectuales. Se sabía la teoría, pero todavía quedaba la puesta en práctica.

Varios ejemplares de su libro, forrado de una tela roja y áspera, se peleaban por hacerse un hueco en las abarrotadas estanterías, y pese a que estaban en igualdad de condiciones, siempre salían victoriosos los que, tras un título evocador, tenían grabado el nombre de un autor reconocido. Así son a veces las cosas, se decía mientras paseaba incrédulo por aquellos pasadizos de mentiras, sexo y entramados financieros. Se había perdido en la sección de libros de actualidad periodística.

Era ya el cuarto día de desfile y las energías empezaban a menguar, sobre todo entre los octogenarios eruditos que acudían a recibir premios por una trayectoria de abundante producción literaria. Sin demasiada prontitud, los viejos se desprendían de sus batas polvorientas y lucían con tremenda severidad sus nuevos galardones. Para qué preocuparse de la imagen que proyectasen si a su edad lo importante ya estaba dicho, y lo esencial, vivido. El aliento a ficción que allí se respiraba actuaba como una droga entre los asistentes y todos se movían con ese halo de liviandad impostada tan actual. ¿Cómo podía odiar este mundo si desde que tenía uso de razón había querido formar parte de él?, se preguntaba. La incompatibilidad de géneros transcendían el papel en el caso del joven escritor.

Y llegó la hora y sintió que todavía no estaba preparado. M. P. carraspeó, dudó un instante y, finalmente, pronunció sus primeras palabras: Les odio.

Feria del Libro de Guadalajara 2013

Feria del Libro de Guadalajara 2013

Elisa Pont

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