Un día en las nubes

A Truman Capote, el perturbado y aclamado escritor de A sangre fría, le aterrorizaba la idea de enfrentarse a una hoja en blanco y en una ocasión dijo que, para atreverse a franquear la frontera del miedo, era vital “rebuscar entre las nubes para traer algo aquí abajo”. Esa misma sensación de incertidumbre y temor la sienten los lectores, ansiosos cuando escogen un libro y lo sostienen en sus manos y permiten así que les atrapen y les conmuevan sus historias, que incluso les atormenten los pensamientos ficticios de quiénes firman esas páginas. Pero cuando ceden, y cada vez es menos, ya no hay vuelta atrás, y pasan a convertirse en lectores insaciables y críticos.

Poco importan los atributos que concedamos al acto de leer, si defendemos su valor educativo o su faceta más placentera, si somos quiénes apuestan por lecturas densas y reconfortantes o por retazos de vidas deseadas, pues la lectura implica una concentración extrema. Pero sobre todo, leer implica una actitud, precisamente la del lector de unas cuántas líneas arriba, ese que se deja seducir y acepta que el tiempo, en cuanto a la literatura, es irremisible.

Leer. Ahora estás leyendo. ¿Estás leyendo? Confunde esta reiteración provocada de conceptos que son iguales pero distintos, que incurren así en otro recurso literario, el oxímoron. Porque leer, el Leer en mayúsculas, puede ser tan banal como intenso, y sólo tiene, aunque nos pese, un responsable: el lector. Él decide como emplear el escaso tiempo que nos prestan, a qué dedicar los instantes de esparcimiento e intuición, por lo que esta sátira de reproches, quizá infundados, no pueden dirigirse sino a un .

Leer, como dijo Roberto Bolaño en Mi vida en los tubos de supervivencia, es “aprender a morir, pero también es aprender a ser feliz, a ser valiente”. He aquí una definición contundente que nos acerca más al desasosiego que a la tranquilidad, porque dota a la lectura de demasiadas responsabilidades. Pero es que las tiene. Y entre ellas, y casi sin reflexión, está la de culturalizar, la de hacernos más humanos para mostrarnos que la belleza, a diferencia de las ideas platónicas, es palpable. De hecho, y parafraseando a Gabriel García Márquez, se podría hablar de la lectura como el mejor oficio del mundo. Imagínense, horas de incansable anhelo por conocer mundo, por explorar pasiones que, en la vida vivida, sólo experimentamos en los sueños y la fantasía.

Duele pensar en los libros que jamás serán leídos, o los que por falta de espacio y sentido común tampoco nunca sentirán los ojos cautivos de un primer lector, de forma que la tristeza dé paso a la nostalgia de lo no acaecido, o de lo desconocido, que es casi lo mismo. La literatura, como el resto de artes, está condenada a una invisibilidad parcial.

Grenoble. Fuente: Elisa Pont

Grenoble. Fuente: Elisa Pont

Elisa Pont

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