Si yo fuera un libro

Cuando Gregor Samsa se despertó una mañana después de un sueño intranquilo, se encontró sobre su mesa de estudio convertido en un libro. Un majestuoso libro cuya tapa era de un color rojo sangre que contrastaba con el amarillento de sus hojas, deterioradas por el paso del tiempo y del ir y venir de mano en mano.

El pavor que recorrió su cuerpo durante los primeros instantes, pronto fue detenido por la curiosidad de saber que relato habitaría en sus cuerpo transformado ahora en libro. Sería una novela histórica que contara alguna batalla épica de hombres que luchaban por el triunfo de una ideología, o tal vez un romance apasionado de los que acaban con un beso. ¿Y si a fuerza de tanto releerlo y memorizarlo, su obsesión por Hamlet había provocado esa metamorfosis?

Cerró los ojos lentamente y permaneció unos segundos inerte para abrir de nuevo sus ventanas al mundo y descubrir si la mutación todavía persistía. Se acordó entonces de su padre, que desde bien pequeño le había advertido de lo peligroso que puede llegar a ser un libro, ya que en su caso Madame Bovary era la culpable de sus múltiples y reiteradas infidelidades a su madre.

Gregor, sin embargo, nunca había percibido los libros como una amenaza, más bien veía en ellos un vehículo de transporte gratuito para realizar los viajes que en la vida real −su familia padecía estrecheces económicas− se quedaban fuera de su alcance. Mediante la letra impresa había transitado las calles de tantos y tantos países, se había sumergido en diferentes culturas, empachado con tan diferentes sabores y amado a Sara, en esto ella tenía la exclusividad, en lugares tan extraordinarios como lo era ella.

Se dio cuenta de que debía despejar la incógnita, así que al más puro estilo Sherlock Holmes intentó descubrir cuál era la historia que encorsetaba a su cuerpo. Pero la alarma del reloj anunciando que era la hora de abandonar la cama le mandó de nuevo a la realidad. Puso sus dos pies sobre el suelo, respiró profundo mientras se regalaba unos instantes para asimilar que todo había sido un sueño, y comenzó a vestirse. Pero al quitarse el pijama descubrió una pequeña inscripción (a modo de tatuaje) que antes no estaba ahí y que rezaba así: la admiración del autor por su padre es la misma que siento yo por ti, hijo. Recordó aquellas palabras pues era la dedicatoria que le había escrito su padre en el último libro que le regaló, El olvido que seremos de Héctor Abad.

¿Su conversión por unas horas en libro había ocurrido de verdad y el tatuaje era la prueba de ello? ¿ Por unas horas se había transformado en el libro de Abad al igual que lo paso al Gregor de Kafka? Consciente de que nunca podría dar respuesta a sus dudas decidió dedicare ese día a leer en su biblioteca, ya que al igual que Borges pensaba que este lugar era el más parecido al paraíso.

Librería de Oporto

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Alba Vilar

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