Con la melodía en la cabeza

Otro fin de semana más, he vuelto al aeropuerto. En el último mes, mis visitas han sido numerosas, pues el número de amigos que se marchan de Erasmus o simplemente en busca de trabajo aumenta y parece no tener fin.
Al volver, con aún unas discretas lagrimillas resbalando por mi cara y con las pancartas de despedida en la mano, mi cabeza buscó consolación en la próxima Navidad, todos estos amigos regresarán en estas fechas y, sin ser consciente de ello mi voz empezó a tatarear esa melodía del anuncio del turrón el Almendro que reza así: Vuelve a casa, vuelve por Navidad.

La canción se repetía una y otra vez en mi cabeza que parecía endemoniada por imágenes navideñas, en las que no faltaba el calvo de la lotería, las burbujas de Freixenet e incluso las míticas muñecas de famosa. Fue, entonces, cuando me puse a cavilar sobre el poder de los anuncios televisivos en nuestra cotidianidad. Y es que no podemos negar la capacidad que tienen, por ejemplo, sus canciones para inyectarse en nuestra banda sonora personal. O, de que forma los lugares que muestran se convierten en nuestros próximos destinos turísticos.

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Posiblemente, si contáramos todas las horas que nos hemos pasado frente a la caja tonta, los anuncios serían el espacio más visto por todos. Sin embargo, el debate entorno a la cabida y la cantidad de la misma en la televisión, todavía permanece abierto, e incluso el canal estatal decidió hacerla desaparecer de su cartel el pasado 2010.
Si es o no correcta su invasión en las pantallas es algo sobre lo que el consenso se presenta lejano, pero que algunas campañas publicitarias han logrado enmarcarse en nuestro imaginario colectivo no suscita controversia alguna.

¿Quién no ha cantado alguna vez la famosa cancioncilla de la Nocilla? Leche, cacao, avellana y azúcar…Nocilla. O ha bailado la canción del cola-cao. Incluso, ha soñado con visitar la fabrica de la felicidad de Coca Cola. Estoy segura de que casi todos ustedes lo han hecho alguna vez, y de que no les es posible leer las frases anteriores sin entonar la melodía. Pero no solo su música forma parte de nuestras vidas, también los eslóganes se han ganado el privilegio de integrarse en nuestro diccionario de cabecera. Si buceamos por las redes sociales observamos la proliferación de fotografías estivales acompañadas del titulo Mediterráneamente (eslogan de la campaña publicitaría de la cerveza Estrella Damm) que se ha convertido en la palabra aglutinadora de esa manera de entender el verano tan nuestra.
No hay que obviar que si hay algo que España produce en cantidades industriales es creatividad y que el ingenio de los publicistas españoles es indiscutible.

Ahora bien, los anuncios contagiados por el contexto en el que habitan, han plasmado algunos de los males endémicos de nuestra sociedad. El ejemplo más visible son los anuncios de limpieza, representados, casi en su totalidad, por mujeres y que no ayudan a destruir los resquicios de machismo que todavía deambulan por las calles de nuestro país. Por eso, junto a los lápices de los dibujantes y las cámaras de video debería existir la responsabilidad en cada anuncio, ya que ellos ejercen un fuerte influjo en la sociedad.

Seguirán con nosotros, contarán nuestras victorias y se vestirán de crisis. Nos enfadaremos con ellos cuando nos alarguen la espera para ver el final de una película, y nos sacarán una sonrisa cuando nos anuncien la llegada de las vacaciones. Si hasta nos dan las buenas noches: vamos a la cama que hay que descansar para que mañana podamos madrugar.

Alba Vilar

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