El tiempo pasa pero no tanto

Pavlos Fissas nunca imaginó que su nombre aparecería en las portadas de los periódicos de medio mundo. Quizá, sí su pseudónimo Killah P, con el que este militante del antifascismo rapeaba dentro y fuera de las fronteras griegas. Pero ahora ya de poco sirve que nos lo preguntemos. Fissas fue apuñalado el pasado 18 de septiembre en Kerastsini (Atenas), por un hombre que, horas más tarde, confesaría pertenecer al partido neonazi Aurora Dorada (AD), legalizado y con representación parlamentaria (18 diputados) desde las últimas elecciones de junio de 2012. Esa noche empezó el caos que todavía hoy se respira en Grecia.

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“Tal vez lo que ocurrió no deba ser comprendido, en la medida en que comprender es casi justificar”, escribió Primo Levi en Si esto es un hombre,  refiriéndose a aquella barbarie que supuso el Holocausto nazi, tan reciente en nuestra historia que daña la memoria de los vivos. Bien podría acoplarse el carácter categórico de sus reflexiones a la desestructuración social de Grecia, a la incompatibilidad de democracia y ultra derechismo de inspiración nazista o al deterioro político que sufren sus instituciones. Aquí comprender se convierte en sinónimo de justificar. ¿Y por qué no de reconocer? ¿O de impedir?

El periodista griego Nikos Xydakis publicó, en el diario Kathimerini, un editorial titulado La línea roja: un verdadero llamamiento al “despertar” de la ciudadanía griega ante la “desestabilización de la legalidad” que está acechando al país, en un contexto de crisis económica y desigualdad que, al igual que en otras zonas del planeta, parece no tener fin. O no uno lo suficientemente real e interesado. El asesinato de Fissas −repetiré su nombre una vez más− se tacha de inusual, de atípico, y acabará por pasar inadvertido, seguro, pese a la detención del líder máximo de AD, el ex militar Nikos Mijaloliakos. Y será un error, otro de tantos, pues las evidencias son claras y la Historia, si alguna cosa tiene de predecible, es que tiende a la repetición.

Centrémonos, por ejemplo, en la xenofobia, esa tendencia a priori tan humana que se puede llegar a enmascarar pero que nunca, o casi nunca, desaparece. Y si no, miren la metedura de pata del diputado francés Giles Bourdouleix quien, ante una situación si ustedes quieren de estrés y nerviosismo, dijo “quizá Hitler no mató suficiente”, ante un grupo de gitanos instalados ilegalmente en un terreno municipal de Cholet, al este del país. Hechos como éste dejan entrever los resquicios que aún permanecen en las sociedades, en nuestra naturaleza. Y nos asustan y golpean del mismo modo que hace décadas, porque nos muestran que el comienzo del fin es posible. Interpretar y analizar la complejidad de lo real, de lo ambiguo. Ese es el reto.

Elisa Pont

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