Maniatados

Sus manos denotan ese nerviosismo involuntario que a veces nos delata, pese a que nuestra voz permanezca invariable, incluso un tanto rígida. Pero no nuestras manos.

Son grandes, quizá no demasiado para tratarse de un hombre, y están algo rojas; no sé bien si por el calor etéreo de esta habitación o por el frío húmedo de la calle. Hoy la lluvia nos acompañará a lo largo de la jornada.

Cruzadas, dentro de los bolsillos, apoyadas sobre la mesa. Sus manos en continuo movimiento, acompañando siempre a sus palabras, creando así una gesticularidad que en él parece algo ensayada. Sigo observando sus manos, ahora más relajadas, escondidas tras un dorso desconocido. Miro las mías y vuelvo a él, pues siempre es más sencillo hablar del otro, nunca de ti.

¿Tus manos? No las recuerdo, o no quiero recordarlas. En cambio, sí las siento. Extraño, ¿verdad? Otra vez sus manos frente a mí, desvirtuando mis pensamientos, alejándome de un objetivo reconfortante pero a la larga dañino.

Sus manos. Tus manos. Mis manos.

 

Las manos de la ternura, pintura de Oswaldo Guayasamin

Las manos de la ternura, pintura de Oswaldo Guayasamin

Elisa Pont

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