Las mentalidades anheladas

Fue el mejor regalo que le podían hacer por su veintisiete cumpleaños. Aunque los nervios habían tomado el mando y deambulaban por todo su cuerpo, sus manos supuraban una envidiable tranquilidad, pues eran conscientes de que no les estaba permitido ni el más discreto tembleque.

Guantes de látex, mascarilla y bisturí en mano se dispuso a explorar su primer cerebro. Mientras, su superior -como si de un loro se tratara- no paraba de repetirle que entrara por la silla turca, ya que era que la vía que mejor se adecuaba para el tipo de operación.

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Pero ella iba a ir más allá. Siempre había estado anestesiada por el inconformismo y ahora no concebía curar solo las imperfecciones de los laberintos de carne y huesos que componen a las personas. Irrevocablemente, no. Ella, imprimiría mentalidades. Ansiaba dotar a las mentes de tolerancia y disgregarles cada pizca de intransigencia que en ellas residiera y pudiera contaminar sus pensamientos.

Bajo sus manos, desfilaron multitud de cabezas de razas, lenguas y culturas diferentes a las que ella exorcizó las concepciones irrespetuosas. Siempre con su bisturí como varita mágica para intentar edificar una sociedad donde todas esas cabezas pudieran opinar a sus anchas.

Alba Vilar

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