Anna Karénina

«El mundo entero es un teatro», dijo William Shakespeare en una de sus interminables comedias, As you like it, escrita hacia 1599. Pero de cómica tiene más bien poco esta afirmación, de palabras elocuentes y sencillez abrumadora.

Una sensación parecida te queda después de ver Anna Karénina, la última película del director inglés Joe Wright, basada en la novela homónima del escritor ruso León Tolstói. Una verdadera historia de amor, pero de un amor frustrado, maniatado por las circunstancias de una época insólita y fustigante para muchos, que nace con la misma intensidad con la que muere.

Una adaptación cinematográfica arriesgada y reveladora, que al principio deja al espectador un tanto confuso; quizá por sus rápidos cambios de escenario, por su tremenda similitud con las artes escénicas, poco recurrentes en el séptimo arte.

El film en su conjunto es una verdadera metáfora de la vida de Anna, expuesta a la crítica e implacable mirada de una sociedad clasista y rancia, desde que contrajera matrimonio con uno de los oficiales del gobierno ruso, Alekséi Aleksándrovich Karenin. Es por ello que la escenografía nos traslada a un gran teatro de la Rusia zarista, esplendoroso y frecuentado por las clases dirigentes que condenan la infidelidad sin aparentes remordimientos. Incluso desde la butaca, somos capaces de sentir −en cada secuencia, en cada escena−, los ojos rebosantes de reproches y prejuicios de quiénes rodean a Anna, en ese escenario cruel en el que a veces se convierte el espectáculo de la vida misma.

Otro de los puntos fuertes de la producción es, sin duda, la elección de la música, repleta de una carga emocional que consigue describir aún mejor las acciones de los personajes, dotándoles así de ritmo y personalidad.

La novela realista que mejor retrató la sociedad rusa de finales del siglo XIX, se nos presenta ahora en otro formato, con otra visión, pero tratando los temas clásicos de la literatura, del arte: el amor, la traición y la muerte.

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Elisa Pont

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Cuando se invierten los términos

La dependencia tiene tipologías y a veces incluso grados. No sé de donde he sacado esta idea. Quizá me surgió anoche mientras veía Arrugas, la adaptación cinematográfica del cómic de Paco Roca, tan dulce, desgarradora, cómica y triste a la vez. A lo mejor, el culpable de estas palabras reflexivas ha sido el joven ciego que hoy he visto caminando por el campus de la universidad. Quién sabe, a estas alturas ya no sé qué creer.

Pero, vayamos al grano. Me reafirmo en lo que he dicho anteriormente: la dependencia tiene tipologías. Por un lado, nos topamos con la dependencia física, que nunca es deseada y casi siempre tiene un final dramático. Por otro, aparece la dependencia emocional que hasta cierto punto puede ser atractiva pero, en grandes dosis, puede provocar situaciones peores que la anterior.

Depender de alguien físicamente, en el sentido literal de la palabra, comporta sacrificios para ambos, tanto para el dependiente como para la persona que le acompaña, le cuida, suele protegerle y siempre necesita. La necesidad, otro término siempre asociado al de la dependencia, es para todos vital aunque en diferentes disciplinas y ámbitos.

Pero, ¿qué ocurre cuándo todas estas características emergen en el campo de la dependencia emocional? Las necesidades –porque también las hay– se desvirtúan, puede que pierdan sentido e incluso importancia. De pronto, estamos inmersos en una vorágine de constantes altibajos, de una inestabilidad tan acentuada que nos pierde y nos deteriora. Y ya no sabemos a dónde ir, qué hacer o, peor incluso, cómo. Porque todo, absolutamente todo, pasa a depender de esa otra persona. La autonomía, en un segundo plano.

Podría concluir diciendo que el término medio reposa en el equilibrio entre la dependencia y la individualidad de uno mismo. Pero eso sería dar por bueno otro término todavía desconocido.

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Fuente: El Roto, publicado en el diario El País

Elisa Pont

La Bomba

Sus ojos se me clavan como un puñal, de una mirada fija y a la vez eternamente perdida. Su rostro está ennegrecido y sus brazos, más bien toda su piel, está carbonizada, rojiza y desgranada en pequeños pedazos por el suelo. El plano de la cámara se expande y la imagen de un niño se multiplica por diez, por cien, por mil. Son tantas personas, muertas en vida, que pierdo la cuenta. Sus llantos y sus quejidos inundan la sala de proyecciones provocando un grito silencioso entre los asistentes.

Y ahora, busco desesperadamente palabras que me ayuden a describir la destrucción que provocaron las bombas atómicas sobre Hiroshima o Nagasaki, pero no las encuentro. Retratar la nada, la devastación absoluta me parece imposible. Ni si quiera las reconstrucciones, aunque ficticias, del momento de la explosión se asemejan a lo que allí debió ocurrir, a lo que permitimos que ocurriera.

Con motivo del comienzo del festival cinematográfico Cine O’clock, el viernes se proyectó el polémico documental “La Bombe” (1965), de Peter Watkins en la Maison du libre, de l’image et du son de Lyon. El film reconstruye, a partir de testimonios escritos y visuales, las catástrofes ocurridas en las ciudades japonesas a principios de agosto de 1945. Además, el director propone al espectador una visión hipotética de qué hubiese pasado si el ataque hubiese caído sobre Londres. Un realismo escalofriante que se muestra a través de historias ficticias, pero tan dramáticas como las de las 300.000 personas que se calcula perecieron al instante o en los meses posteriores, como consecuencia de la exposición continuada a la radiación.

Así se dio inicio a la 18ème Semaine du Cinéma Britannique et Irlandais en la ciudad francesa de la gastronomía, que durará hasta el próximo domingo 10 de febrero, y durante la cual se proyectarán grandes clásicos como “Tell me lies”(1968) de Peter Brook, y también nuevas creaciones, como la esperada adaptación de la obra de Tolstói, “Anna Karenine” (2012), realizada por Joe Wright.

Pero, continúo con la mente un tanto paralizada, repleta de imágenes que ya alguna vez había ideado pero a las que no había dotado de sentido. Como reflexión, las palabras del filosofo francés Albert Camus:

“Cualquier ciudad de mediana importancia puede ser arrasada por una bomba del tamaño de una pelota de fútbol. La civilización mecánica acaba de alcanzar su último grado de salvajismo. Ya se respiraba con dificultad en un mundo torturado. Y he aquí que se nos ofrece una nueva angustia…Nos rehusamos a sacar de tan grave noticia otra conclusión que no sea la decisión de abogar más enérgicamente aun en favor de una verdadera sociedad internacional, en la que las grandes potencias no tengan derechos superiores a los de las pequeñas y medianas naciones, en que la guerra no dependa más de los apetitos o de las doctrinas de tal o cual estado.”

Combat, 8 de agosto de 1945, en Moral y Política, Biblioteca clásica y contemporánea, Buenos Aires, 4 Editorial Losada, 1978, págs. 57-59.

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Elisa Pont