Cualquier noche

Ya sólo me servís para desahogarme. Sois el vehículo a través del cual mi frustración, que cada día aumenta más, que temo que sea imparable, deje de taladrarme el cerebro, de atormentarme por las noches, cuando ya nunca sueño lo mismo.

Sois un alivio, es cierto.

Sobre todo para mis manos, afligidas por un movimiento oscilante que ya no cuenta nada, no dice nada, ahora contraídas por el frío clima lionés. Para dejarme de cuentos, de historias, tendría que desaparecer, volatilizarme en el ambiente, mimetizarme con la tierra, morir. Por eso se resisten, mis manos y mi mente, a dejar de hablarte, de contarte, de quererte. Porque saben –no, sospechan; o mejor aún, más adecuado, esperan− que todavía el camino sea largo, infructuoso, incierto.

¿Y no es ese el encanto que reside en las acciones, el que nos apetece alcanzar para luego eliminar, casi siempre sin oportunidad? Y la noche es la que calma los anhelos; ya sea por su oscuridad, ya sea por su merecida mitificación.

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Elisa Pont

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