Algunas notas disonantes

La avalancha de gente que se agolpaba en la puerta principal, pese a que faltaba más de media hora para que comenzara el espectáculo, era una muestra evidente de que aquel “Concert étudiants”, dirigido por el gran Leonard Stakin, iba a ser todo un éxito.

El calor sofocante que se respiraba ya desde el hall inducia a los asistentes a desvestirse, miméticamente, formando grandes filas de abrigos. Ella entendió aquel gesto como un juego, y siguió las reglas, desprendiéndose de la bufanda, del sombrero y hasta de los guantes, que dejaron al descubierto unas manos diminutas y pulcramente perfumadas. Tomó asiento, y esperó.

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Sus ojos se desplazaban rápidamente de un extremo a otro del auditorio, alertados por el sonido de alguna risa, por la entrada de todavía más público, por el simple roce de unos vecinos efímeros. No era intranquilidad lo que le provocaba aquel nerviosismo, un tanto exasperante para el resto, sino la curiosidad inevitable de volver a escuchar la música, la que tiempo atrás tanto había amado, por la que tanto había sacrificado. Ahora, concentrado en pequeñas dosis, el sonido de los instrumentos le suavizaba el carácter, y era esa mezcla de deseo y nostalgia, la que le hacía impacientarse cada vez más.

Los intérpretes de la Orchestre National de Lyon ocuparon sus respectivos lugares entre aplausos desmesurados, provenientes de un público joven, expectante. Pero rápidamente, la armonía descontrolada de los primeros afinamientos adormeció los ánimos y la estancia se abocó al silencio: el concierto iba a comenzar.

Fue Alborada del Gracioso, de Maurice Ravel, la obra que le devolvió a sus orígenes, gracias a aquella contundente introducción homenajeando a la España de Chabrier. Ya su cuerpo reposando sobre el asiento, y ella abandonada al ritmo, a veces lento y otras tremendamente acelerado, incluso agresivo, de los músicos. En sus ojos, de párpados caídos, un cansancio mitigado por el frenesí de La Valse, poème chorégraphique, preludio del entreacto.

Superado el ocaso de la actuación, ella continuaba ávida de recuerdos, porque el simple hecho de estar aquí le conducía inevitablemente a pensar en él. Aunque eso fuera, precisamente, lo que más detestara.

Aquella noche, en sueños, sus dedos no dejaron de teclear.

Elisa Pont

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