Una petición

Me hallo en una encrucijada literaria, palabra que por cierto acabo de acuñar solamente para expresar mis dubitativos sentimientos a cerca de mi última lectura: “El olvido que seremos”, de Héctor Abad Faciolince. Y se preguntarán, ¿qué es una encrucijada literaria? También a mí me gustaría saberlo, créanme. Al más puro estilo socrático, me debato entre contarles el tema de esta novela biografiada, o por el contrario, ocultarles a toda costa el eje principal de la historia. Lo único que puedo aportar en mi defensa es el siguiente argumento, muy meditado, eso sí: conocer un país como lo es Colombia, con sus últimos treinta años de violencia desmesurada de la mano de Héctor Abad, sorprende y emociona.

Todo al mismo tiempo.

Quizá conociendo su historia, su inestabilidad política, su declive social y su preponderancia a la militarización, uno ya se espera el destino del protagonista, o incluso su proceso vital, que a mi entender es mucho peor. Pero si Colombia, otro de los Latinoamericanos, era simplemente para usted un país cuna de grandes artistas –y sobre todo de escritores, eso no me lo irán a negar–, háganme caso y consigan este libro, cuyo titulo está extraído de un supuesto poema de Jose Luis Borges. Pero empiecen, de inmediato, cómodos, recostados sobre la cama –¡qué digo!, donde realmente les plazca– porque ya se darán cuenta de que no podrán parar, ni siquiera después de leer la última palabra, escrita en la línea doce de la página 274.

Esta obra maestra es, sin duda, la historia de una vida, la de su papá. Es también un relato histórico, el de la ciudad de Medillín, fustigada por la violencia y el narcotráfico. Y a la vez, es una visión autobiográfica de unos años, de muchos, ya caídos en el olvido, almacenados más allá de la memoria.

Con un estilo directo, sencillo y extremadamente cauto, Héctor Abad nos abre las puertas de su familia, y nos permite adentrarnos en los conflictivos años de activismo social protagonizados por su padre. La impotencia, la fragilidad, el desasosiego y la muerte forman parte de este deleite en forma de libro que nos ha regalado su autor; sin excesivos sentimentalismos, con una prosa envidiable.

Y pese a que temo que todo esto no se entienda, por mi falta de contextualización, por mi escasa explicación argumental, yo continúo en mis trece, y les dejo a continuación un fragmente de la obra: mi última baza.

“La felicidad está hecha de una sustancia tan liviana que fácilmente se disuelve en el recuerdo,y si regresa a la memoria lo hace con un sentimiento empalagoso que la contamina y que siempre he rechazado por inútil, por dulzón y en últimas por dañino para vivir el presente: la nostalgia”.

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Portada del libro de Héctor Abad, “El olvido que seremos”

Elisa Pont

Sucedió sin más

Sus dedos se aventuraban en busca de otra de esas galletas de chocolate,  mientras la señora lluvia representaba su papel de melancolizadora de las estampas navideñas de la citta eterna.

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Fuente: Andrea García Mas

Mordió una y el placer del chocolate se expandió por todo su cuerpo, ahora en reposo tras haber sido usado las últimas noches como catalizador de la pasión de ambos. Una vieja conocida que se mimetizaba a la perfección con la atmósfera romana; pues los cimientos de ambas eran tan antiguos que resultaba inviable descifrar cuando se originaron, aunque simultáneamente latentes y renovados.

Tenía toda la noche para ella y su cappuccino sonámbulo. El barrigudo de traje rojo no llegaría hasta la mañana siguiente para llevarla de vuelta a casa, así que se dedicó a recrearse en el pasado más próximo y a fantasear sobre el futuro más prometedor. También bailó. Mejor dicho, reconstruyó en movimientos, en pasos y piruetas, los estremecimientos de las noches anteriores.

Se dirigió al ordenador y buscó aquella canción adictiva: How can you mend a broken heart. Pero esta vez sonó con un matiz diferente; pues ella ya no la escuchaba por necesidad, sino por placer y sabiendo que un día también ellos pasearían por Notting Hill.

Alba Vilar

Cualquier noche

Ya sólo me servís para desahogarme. Sois el vehículo a través del cual mi frustración, que cada día aumenta más, que temo que sea imparable, deje de taladrarme el cerebro, de atormentarme por las noches, cuando ya nunca sueño lo mismo.

Sois un alivio, es cierto.

Sobre todo para mis manos, afligidas por un movimiento oscilante que ya no cuenta nada, no dice nada, ahora contraídas por el frío clima lionés. Para dejarme de cuentos, de historias, tendría que desaparecer, volatilizarme en el ambiente, mimetizarme con la tierra, morir. Por eso se resisten, mis manos y mi mente, a dejar de hablarte, de contarte, de quererte. Porque saben –no, sospechan; o mejor aún, más adecuado, esperan− que todavía el camino sea largo, infructuoso, incierto.

¿Y no es ese el encanto que reside en las acciones, el que nos apetece alcanzar para luego eliminar, casi siempre sin oportunidad? Y la noche es la que calma los anhelos; ya sea por su oscuridad, ya sea por su merecida mitificación.

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Elisa Pont

Algunas notas disonantes

La avalancha de gente que se agolpaba en la puerta principal, pese a que faltaba más de media hora para que comenzara el espectáculo, era una muestra evidente de que aquel “Concert étudiants”, dirigido por el gran Leonard Stakin, iba a ser todo un éxito.

El calor sofocante que se respiraba ya desde el hall inducia a los asistentes a desvestirse, miméticamente, formando grandes filas de abrigos. Ella entendió aquel gesto como un juego, y siguió las reglas, desprendiéndose de la bufanda, del sombrero y hasta de los guantes, que dejaron al descubierto unas manos diminutas y pulcramente perfumadas. Tomó asiento, y esperó.

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Sus ojos se desplazaban rápidamente de un extremo a otro del auditorio, alertados por el sonido de alguna risa, por la entrada de todavía más público, por el simple roce de unos vecinos efímeros. No era intranquilidad lo que le provocaba aquel nerviosismo, un tanto exasperante para el resto, sino la curiosidad inevitable de volver a escuchar la música, la que tiempo atrás tanto había amado, por la que tanto había sacrificado. Ahora, concentrado en pequeñas dosis, el sonido de los instrumentos le suavizaba el carácter, y era esa mezcla de deseo y nostalgia, la que le hacía impacientarse cada vez más.

Los intérpretes de la Orchestre National de Lyon ocuparon sus respectivos lugares entre aplausos desmesurados, provenientes de un público joven, expectante. Pero rápidamente, la armonía descontrolada de los primeros afinamientos adormeció los ánimos y la estancia se abocó al silencio: el concierto iba a comenzar.

Fue Alborada del Gracioso, de Maurice Ravel, la obra que le devolvió a sus orígenes, gracias a aquella contundente introducción homenajeando a la España de Chabrier. Ya su cuerpo reposando sobre el asiento, y ella abandonada al ritmo, a veces lento y otras tremendamente acelerado, incluso agresivo, de los músicos. En sus ojos, de párpados caídos, un cansancio mitigado por el frenesí de La Valse, poème chorégraphique, preludio del entreacto.

Superado el ocaso de la actuación, ella continuaba ávida de recuerdos, porque el simple hecho de estar aquí le conducía inevitablemente a pensar en él. Aunque eso fuera, precisamente, lo que más detestara.

Aquella noche, en sueños, sus dedos no dejaron de teclear.

Elisa Pont