Últimas tardes

És el color de la terra, fosca per la vesprada i sempre clara quan despunta el dia, el que recorde quan alce la vista. Però, ja no la puc veure, a l’Horta: ara massa lluny de ma casa, tan prop de la teua.

La leve brisa de esta tarde veraniega, tan ansiada tras unas semanas de arduas temperaturas, cae sobre sus hombros desnudos como un bálsamo reparador: los párpados caídos, los labios entreabiertos, y una tranquilidad aclamadora en sus movimientos, de frecuencias lentas, casi imperceptibles.

Un papel, un bolígrafo y un sinfín de ideas arremolinadas unas detrás de otras, sin contexto ni sentido, tan frescas como desgastadas. La mirada ausente, a veces. Su rostro, acostumbrado ya a aquel lugar, a aquellas vistas, no transmite ni un ápice de inseguridad, sino más bien de una aclimatación duradera.

Entre sus manos, quizá su tesoro más codiciado, o simplemente garabatos de una realidad ficticia, con la que juguetear por las noches, en sueños. De pronto, un sonido: es solo un gato, cuyo pelaje ennegrecido augura años de infortunio, pero solamente para crédulos.

El paroxismo de sus sentimientos, contrapuestos y a la par tremendamente comunes, le altera el pulso y la respiración. Puede que esta sea la definitiva, piensa.

L’Horta de Godella. Fuente: Raul Pont

Elisa Pont

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