Últimas tardes

És el color de la terra, fosca per la vesprada i sempre clara quan despunta el dia, el que recorde quan alce la vista. Però, ja no la puc veure, a l’Horta: ara massa lluny de ma casa, tan prop de la teua.

La leve brisa de esta tarde veraniega, tan ansiada tras unas semanas de arduas temperaturas, cae sobre sus hombros desnudos como un bálsamo reparador: los párpados caídos, los labios entreabiertos, y una tranquilidad aclamadora en sus movimientos, de frecuencias lentas, casi imperceptibles.

Un papel, un bolígrafo y un sinfín de ideas arremolinadas unas detrás de otras, sin contexto ni sentido, tan frescas como desgastadas. La mirada ausente, a veces. Su rostro, acostumbrado ya a aquel lugar, a aquellas vistas, no transmite ni un ápice de inseguridad, sino más bien de una aclimatación duradera.

Entre sus manos, quizá su tesoro más codiciado, o simplemente garabatos de una realidad ficticia, con la que juguetear por las noches, en sueños. De pronto, un sonido: es solo un gato, cuyo pelaje ennegrecido augura años de infortunio, pero solamente para crédulos.

El paroxismo de sus sentimientos, contrapuestos y a la par tremendamente comunes, le altera el pulso y la respiración. Puede que esta sea la definitiva, piensa.

L’Horta de Godella. Fuente: Raul Pont

Elisa Pont

Cien inmersiones en el arte

Mentiríamos si dijésemos que hemos perdido la cuenta de las veces que nos hemos asomado a esta ventana, con la intención de mostraros un trocito de mundo, del nuestro propio, incluso. Serían, posiblemente, más de 100 mentiras las que pronunciaríamos, en voz alta, desde el último rincón de una calle ya deshabitada.

Sobre la mesa, apilados unos encima de otros, más de cien libros: cada uno desconocido, atractivo a su manera. Ella los mira, impúdica, sin apenas expresión en su rostro, consumida por casi Cien años de soledad, como reza el libro que tiene entre las manos: aquel que todavía no ha conseguido acabar de leerse. Tal vez porque le aterra no ser capaz de remplazarlo, y perder así el placer tan cálido que le invade al recorrer sus páginas. O quizás porque fue el primero sobre el que compartieron impresiones, sentadas en aquella mesa de los 100 montaditos, ahora transformada en su particular redacción.

Como telón de fondo, sus voces, la de unos personajes angustiados que dan vida a la comedia de Ricardo Talesnik, Cien veces no debo.

De nuevo volvemos al presente, en el que nada termina, sino que continúa. Porque aún quedan muchas palabras que necesitan ser utilizas, hasta desgastarlas. Como dijo Balzac: Aquí nace otra novela.

Las autoras en Roma. Fuente: Elisa Pont

Alba Vilar y Elisa Pont