Agatha

« Jusqu’à votre arrivée dans les frontières d’un nouveau continent où rien n’arrivera plus encore une fois que cet amour »

Agatha, Marguerite Duras

Agatha.

Una mansión deshabitada, sombría, irremediablemente solitaria. En el gran salón, dos butacas y varias maletas. A través del ventanal, la luz del invierno penetra en la estancia; y también el sonido del mar, de las olas , de la bruma del atardecer.

Agatha.

Unos pasos se oyen a lo lejos. Es ella, su cuerpo, sus ojos, su nombre. Sabe que ya ha llegado. Y la espera, recostado sobre la pared.

Una conversación: quizá ya vivida, ahora tan solo rememorada. Él y ella, que tanto se parecen, son hermanos y amantes de aquel verano en la villa Agatha.

Otra vez su nombre.

Porque los personajes de Marguerite Duras se volatilizan en el transcurso de esta novela – o pieza teatral, o guión cinematográfico, lo mismo da−, entre voces y susurros, entre diálogos incomprensibles.

No más de una hora, en la que juegan a quererse, a buscarse, a saber cómo actuar ante una partida inminente, ya inevitable. Entre ellos, el deseo de cuando eran jóvenes, y ese amor descontrolado, a veces enfermizo.

¿Cómo aprender a decir adiós?

Simplemente, Agatha.

Elisa Pont

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