Instantáneas

La fuente viste hoy de verde oscuro, pero solamente por el lado derecho; aquel que queda oculto al sol, bajo los álamos aún frondosos. En un domingo como éste es cuando la plaza te invita a transitarla, de día o de noche, poco importa.

Y ellos lo saben: la pareja de ancianos que, sentada en el banco de madera húmeda, contempla cada rincón, cada fotografía que regala este barrio malagueño.

Con las piernas encogidas y la espalda encorvada, el hombre de la camisa perfila su rostro; el de una joven sentada justo en frente de él. Los párpados caídos, la mirada ausente, el cuerpo rígido. Su semblante se debate entre la melancolía y el desasosiego, con un ápice de inocencia todavía en la sonrisa.

Sobre el lienzo, de un blanco desgastado, las manos del pintor descienden rítmicamente, sujetando un carboncillo minúsculo. Vuelve a mirarla, ahora más atento, como si quisiese captar hasta sus pensamientos.

Se estira, mueve las piernas, cambia de postura. Parece ser que la espera se le hace interminable.

El hombre continúa retratándola; pese a sus trazos indefinidos, de una imperfección decadente, casi imperceptible. Son los años, que nunca perdonan.

Llámenle voluntad, necesidad, obsesión. Ustedes deciden.

Elisa Pont

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