La cultura más sonámbula

Los metros se apresuran hacia sus últimas paradas antes de reposar en la estación. Mientras, las colas de los supermercados rozan el infinito, pues son muchas las almas olvidadizas que se apresuran a comprar sustento para la fría noche.

Pero la escena- tan cotidiana en Roma- se detiene por una notte: distinta a la par que enigmática.  Es la notte del 6 de octubre y los museos, normalmente condenados a la luz del sol, abren sus puertas a la oscuridad romana.

Adquieren una nueva tonalidad, más sobrecogedora si cabe. Todas esas pruebas vivientes de que hace años-muchos- existió un imperio que tejía el mundo; se mimetizan con los amantes rezagados, los turistas curiosos y los cazadores de las instantáneas más brillantes.

Fuente: Lidia Seijo

Engalanada con mármol de carrara, aquel con el que jugaba Miguel Ángel a crear belleza. Perfección.  La ciudad se convierte  en el escenario de todo tipo de manifestaciones artísticas: conciertos, proyecciones de películas en versión original, representaciones teatrales… y cualquier forma de arte que se pueda concebir.

Arte en todas sus versiones.

Alba Vilar

The wonderful country

El mundo del cine engancha. Y esta no es una afirmación personal ni individualizada, que también, sino una verdad de esas que llaman general, mundial incluso.

A lo mejor me he pasado. Empecemos de otra manera.

El mundo del cine suele engancharte. Tanto a ti como a mí, que somos meros espectadores de la otra realidad; aquella que se nos presenta a través de unas pantallas −ahora no solamente de las salas de cine− y nos conduce, de la mano, por el espacio y el tiempo, incluso por la mente de otros.

Esta es la magia del cine.

Y esta sencilla reflexión surge por un motivo: The wonderful country (1959), el film que anoche tuve el placer de descubrir, en versión original por supuesto, con motivo del Festival de cine de Lyon.

Un western en toda regla, basado en la novela de Tom Lea y ambientado en los paisajes desérticos de un México controlado por la familia Castro, en el que no faltan balaceras ni encuentros emotivos entre los protagonistas.

Un ritmo acelerado y un buen reparto, en el que destaca Robert Michum, Julie London y Pedro Armendáriz, se dan cita en esta película del director norteamericano Robert Parrish.

Y esta noche, ¿qué veremos?

Portada doble CD. Varese Masters Film Music

Elisa Pont

Agatha

« Jusqu’à votre arrivée dans les frontières d’un nouveau continent où rien n’arrivera plus encore une fois que cet amour »

Agatha, Marguerite Duras

Agatha.

Una mansión deshabitada, sombría, irremediablemente solitaria. En el gran salón, dos butacas y varias maletas. A través del ventanal, la luz del invierno penetra en la estancia; y también el sonido del mar, de las olas , de la bruma del atardecer.

Agatha.

Unos pasos se oyen a lo lejos. Es ella, su cuerpo, sus ojos, su nombre. Sabe que ya ha llegado. Y la espera, recostado sobre la pared.

Una conversación: quizá ya vivida, ahora tan solo rememorada. Él y ella, que tanto se parecen, son hermanos y amantes de aquel verano en la villa Agatha.

Otra vez su nombre.

Porque los personajes de Marguerite Duras se volatilizan en el transcurso de esta novela – o pieza teatral, o guión cinematográfico, lo mismo da−, entre voces y susurros, entre diálogos incomprensibles.

No más de una hora, en la que juegan a quererse, a buscarse, a saber cómo actuar ante una partida inminente, ya inevitable. Entre ellos, el deseo de cuando eran jóvenes, y ese amor descontrolado, a veces enfermizo.

¿Cómo aprender a decir adiós?

Simplemente, Agatha.

Elisa Pont

Instantáneas

La fuente viste hoy de verde oscuro, pero solamente por el lado derecho; aquel que queda oculto al sol, bajo los álamos aún frondosos. En un domingo como éste es cuando la plaza te invita a transitarla, de día o de noche, poco importa.

Y ellos lo saben: la pareja de ancianos que, sentada en el banco de madera húmeda, contempla cada rincón, cada fotografía que regala este barrio malagueño.

Con las piernas encogidas y la espalda encorvada, el hombre de la camisa perfila su rostro; el de una joven sentada justo en frente de él. Los párpados caídos, la mirada ausente, el cuerpo rígido. Su semblante se debate entre la melancolía y el desasosiego, con un ápice de inocencia todavía en la sonrisa.

Sobre el lienzo, de un blanco desgastado, las manos del pintor descienden rítmicamente, sujetando un carboncillo minúsculo. Vuelve a mirarla, ahora más atento, como si quisiese captar hasta sus pensamientos.

Se estira, mueve las piernas, cambia de postura. Parece ser que la espera se le hace interminable.

El hombre continúa retratándola; pese a sus trazos indefinidos, de una imperfección decadente, casi imperceptible. Son los años, que nunca perdonan.

Llámenle voluntad, necesidad, obsesión. Ustedes deciden.

Elisa Pont

Operación: Erasmus

Siempre le había gustado Indiana Jones. Mucho. Necesitó rellenar el pastel de su madre con seis velas para conseguir el sombrero y la espada con la que salvaría al mundo. O ese era el propósito. Con el tiempo, las velas procrearon, convirtiéndose casi en un ejercito- ni grande ni pequeño-mientras el sombrero y la espada esperaban en la retaguardia… Hasta aquel día.

Entró sigiloso, precedido por su compañero de piso y evitando cualquier contacto visual con las mujeres uniformadas a las que saludó amablemente. Siempre tenía presente que al enemigo hay que tenerlo cerca.

Recorrió los pasadizos y se deslizó por las cámaras frigoríficas, mientras las corrientes de aire polar le electrizaban el cuerpo. Fueron diez largos minutos hasta que la brújula le indicó-erróneamente- el rincón justo donde se encontraba el tesoro.

Pero cuando el ansia inundaba su cuerpo y sus manos ya creían tocarlo, se dio cuenta de que aquello era una burda imitación. Por suerte, la esperanza era su segunda piel y continuó su ingreso hacia la fauna frutal. Y ahí estaba-esperándole- el botín: la oferta del día que le permitiría alimentarse sin asfixiar a su bolsillo.

Salió del supermercado y entretanto dirigió una mirada a su compañero de piso; ambos pensaron que esa tarde podrían permitirse una cervezas con sus otros “Erasmus Jones”.

Alba Vilar