Prossima fermata

Para los desequilibrados que adoran las casualidades y aspiran a perderse en cualquier rincón de la faz de la tierra-hasta que Marte sea asequible-, el metro es el sumun. Un mundo de posibilidades. Por eso, al entrar por primera vez en él, le guiño un ojo. ¿ Al metro, a ella misma?

Eran las cinco de la tarde y el calor asfixiante reinaba en la ciudad eterna. Se sorprendió al encontrar asiento, pero es que aquel lugar la esperaba desde hacia semanas. Empezó entonces a picotear miradas y a dilatar el delicioso sabor del anonimato. Fueron quince minutos de fabricar vidas ajenas, de creer entender por qué sonreía la anciana del asiento de delante o aquella pareja discutía si se estaban comiendo con la mirada.

Pero fue al bajar del metro, mientras olfateaba la grandeza de las ruinas romanas, cuando el mundo de posibilidades se elevó al infinito. Todas las calles respiraban historia y la inspiración se asomaba en cada baldosa. Volvió a guiñar un ojo; esta vez: a Roma.

Alba Vilar

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De ton petite apprentie

“Bien, este es el momento antes del momento. ¿Qué viene después? ¿Qué hubo antes? ¿Qué me hace sentir como me siento? Saber y no saber nada al mismo tiempo. ¿Quién sabe?”

Cosas que nunca te dije

 

Es extraño. Analizarlo todo, digo. Normalmente las personas no analizan los comportamientos de los demás. Como mucho te llaman la atención, te incomodan, te preocupan, te gustan o incluso acabas detestándolos.

Pero no los analizas.

Porque analizarlos supone desgranarlos en mil pedazos, para luego recomponerlos otra vez, y querer entenderlos, aún a sabiendas de que la mayoría de esas reacciones son puros impulsos. También esto, reflexionar sobre la propia reflexión, puede ser poco saludable.

Ya lo dicen, quién sabe.

Pero mientras tanto, escribo. A todas horas, en cualquier parte. Quizá para nadie, o para todos. Así ordeno mis pensamientos, de continuo caóticos. Y todo esto tiene un principio, que no un culpable.

Y a ese nombre, estaré eternamente agradecida.

Elisa Pont

Una tormenta de pretextos

Una vez más: llueve sobre mojado. A ellos no les sorprende, pues la lluvia se ha convertido en su leitmotiv. A veces, se viste de diminutas gotas de agua pero suficientes para que jueguen a ser dos ladrones en busca del escondite perfecto, para morderse (sutilmente) los labios. Otras, se disfraza de truenos cuando los odios instantáneos brotan y el olor a reproches podridos comienza a calarles.

Por eso saben, presienten, que esta noche lloverá.

La plaza irradia un halo de recelo. Ella llega pronto y se sienta en uno de los dos bancos de color anaranjado, para descubrir que tiene compañía: una hoja premonitoria de que el otoño acecha. Las manillas no se han movido ni un cuarto de circunferencia, cuando aparece él, como siempre sonriente. Podría ser una tarde o noche, poco importa, más. A la que le siguiera otra tarde o noche más, y así sucesivamente como si de una cadena de montaje se tratara.

Pero hoy, la lluvia es de pretextos y las circunstancias les perforan. Asfixiándoles. La distancia planea; les haces acobardarse y sus siluetas quedan estáticas. Ambos se van (lejos) con todas las preguntas abiertas.

Pasara el otoño; quizá el invierno, también. Estarán en dos planetas diferentes. Quizá una tormenta les ayude. O no; dicen que no se piensa bien con los pies mojados.

Alba Vilar

Septiembre

Me dijeron no.
Tus ojos,
de negro intenso,
clamorosos.

No quiero escucharte.

Aún así te arrastré,
al querer y no poder,
al mentir por diversión.

No quiero verte

Bésame,
dije al tenerte a mi lado.
Frente a frente.

Olvídame

Por esperarte,
por inventarte.

¿Vuelves?

Era el final.

Eclipse. Fuente: Raúl Pont

Elisa Pont

Despertares nocturnos

La calle está oscura. Las farolas emiten una tenue luz amarillenta, más bien desgastada, que casi no permite diferenciar los objetos allí presentes: solamente se ven bultos, algunos inmóviles y otros convulsos, prácticamente hieráticos.

Lo noto en el ambiente, rancio como los sábados por la noche. Pero hoy es jueves, lo cual me desconcierta. Cualquier cambio nunca es bienvenido, no sin previo aviso. Cada cual tiene sus limitaciones, solo que a veces se omiten, voluntariamente.

También me parece extraño no oír a la señora Oblidua cantar, así bajito a su perra Canela. A estas horas, debería estar a mi lado, sentada en la parte. Espera… −El hombre aproxima la mano al asiento y la desliza sobre él, dibujando círculos concéntricos− …Derecha de este banco.

De pronto alguien irrumpe en la escena, como si estuviese invitado a aquel baile de sombras. Oigo sus pasos atropellados y torpes, arrastrándose lentamente con su guitarra enfundada en una maleta de cuero. Soy capaz de olerle incluso a cierta distancia.

Me recuesto en el banco, con la cabeza apoyada y los hombros echados hacia detrás, dispuesto a escucharle tocar.

El anciano, con boina y pañuelo, comienza su ritual preparatorio, sentado sobre un cajón de madera que también lleva siempre con él. Los acordes se desperdigan una noche más, como si estuviesen obligados a desaparecer por esta plaza y volver a reencontrarse justo ante mí.

Estoy convencido de que sus manos son prodigiosas, aunque yo no pueda verlas.

 

Elisa Pont