Con la miel en los labios

He estado tentada, lo reconozco, a escribir sobre esta historia –que me ha parecido tan real, tan cotidiana− de un modo demasiado personal, tanto que alguien podría llegar a pensar que me ha pasado algo similar a lo que le acontece a las protagonistas: un amor enfermizo y destructivo. Y no es el caso, en absoluto.

Si diré, hoy, por qué elegí este libro, cuyo título, aunque pueda parecer en desmesura sugerente, guarda más de lo que me imaginaba. Conocí a Esther Tusquets a través de una exhaustiva entrevista en El País Semanal, de un domingo como otro cualquiera. Me gustó. Me gustó su impresión de la literatura contemporánea, a la que la mujer ha dedicado Toda una vida. Sí, me fascinó su contundencia y a la vez su desparpajo para hablar del pasado, y de un futuro que no ve negro, porque, básicamente, no alcanza a saber nada de él, pues asegura que no es pitonisa.

Pero hemos venido aquí para hablar de Con la miel en los labios, una novela que te atrapa al principio por el olor a cambio, a juventud que respiran sus personajes, sentados a la mesa de una cafetería de universidad, a expensas de que el mundo, el suyo propio y el de los demás, varíe de un segundo a otro: a ser testigos de sus innumerables acontecimientos.

Dos mujeres que sin saber que se buscaban –o sí− acaban por encontrarse. Una, Inés, cuya belleza ligera pasa inadvertida, a excepción de Ricard; el tercero en discordia en este culebrón amoroso con tintes melodramáticos. La otra, Andrea, que aglutina todas las miradas, de mujeres y hombres, como compensación a una infancia triste, desconsiderada.

El acorazado Potemkin, la banda sonora que amenizará la velada en la que Andrea derrama todo su encanto y provocación, en forma de melena negra y deliciosa, sobre las rodillas huesudas de Inés: un acto inocente repleto de una sensualidad comedida, casi intangible.

Y esté será el comienzo de una amistad, apasionada y arrolladora, quizá demasiado intensa a ojos de una sociedad que aún está despertando tras la muerte de Franco. Un año, un invierno frío seguido de un verano angustioso por el bochornoso calor; en Mallorca, en París, en Barcelona. De todas las formas posibles, deseadas.

Para jamás poder, ni querer, olvidar.

Elisa Pont

Que se levanten los muertos

Es policiaca. Y da la risa. Sí, han leído – o escuchado– bien. A no ser que, debido a este interminable calor soporífero, mi juicio se halla en nublado y ya no sepa, si quiera, distinguir un comedia de una novela policiaca, de las que te sacan una carcajada pero a la vez te mantienen en vilo, en una tensión continua pero adorable.

Y había dicho que no iba a ensimismarme demasiado en tópicos encabezamientos…

Que se levanten los muertos, la primera novela – que no la última, se lo aseguro– que descubro de la escritora francesa Fred Vargas (ya sólo el nombre es pegadizo, ¿a qué sí?), es todo lo que he dicho antes, tal cual.

Tres amigos, o mejor dicho, tres conocidos que, con el agua al cuello, deciden irse a vivir juntos. En un París con lluvia y con sol. Unos treintañeros acostumbrados ya a la fustigante soledad que les provocan sus reiterados fracasos, y dedicados, en cuerpo y alma, a la investigación histórica: la Prehistoria, la Edad Media y La Gran Guerra. Cada loco con su tema, como suele decirse. Ya, a simple vista, se puede pensar que convivir con ellos no es tarea fácil.

Pero ahora falta la otra parte del pastel. Que no me olvido… Una desaparecida. Que luego se convierte en muerta y en no sé cuantas cosas más. Tampoco quiero destriparles la novela. Shopia Siméonidis, la griega, protagoniza esta intriga enraizada en un pasado lleno de rencor y de celos. Todo gracias, o por culpa, de un árbol que le nace en el jardín de un día para otro. Y junto a ella todo un arsenal de personajes bien definidos, gente común sometida a desastres y alegrías cotidianas, que viven en una calle céntrica de París.

De verdad que no tiene desperdicio.

Elisa Pont

El mismo amor, la misma lluvia

Anoche el calor nos dio una tregua. Pero no llovió.

El asfalto seguía emanando un vapor caliente que se entremezclaba con la brisa aparentemente fresca que llegaba del mar: más un espejismo sensorial que otra cosa.

Quizá por la nostalgia invernal, por el sabor tibio en la garganta después de la cena, me vino a la mente El mismo amor, la misma lluvia. Decidí que aquel era un buen día para verla.

Una película amable, que hace honor del a veces exagerado sentimentalismo de las producciones argentinas, pero con un regusto crítico, tanto social como político. Y el amor, o algo parecido, como hilo conductor de este film en el que cobra protagonismo la vida de un escritor, Jorge Pellegrini (Ricardo Darín), y de su complejo mundo interior. Y en el otro lado, Laura (Soledad Villamil), una mujer que pretendía convertirse en su musa, o simplemente en quien le animase a continuar creando, convencida de su gran talento literario.

La evidencia de una sonrisa, de una actitud. De la sensación arrolladora de quien consigue paralizarte, para siempre. Pero ante todo, la inquietante presencia del miedo, para el que no existe escondite desconocido.

Una historia narrada durante las dos décadas más convulsas de Argentia, en torno a la redacción de la revista “Cosas”; testigo de las fluctuaciones y la banalidad del periodismo.

Y un final de redención, en el que la lluvia vuelve a aparecer: purificadora, refrescante.

Elisa Pont

Planea el ave fénix

A pesar de ser el animal que tropieza más veces con la misma piedra, por suerte, es también el que mejor sabe levantarse. Un superviviente en continua metamorfosis: el ser humano.

De reinventarse y otras andanzas habla La Delicadeza; esa historia que vivió en la letra y en la página para mudarse, ahora, a la gran pantalla. Conducida por su escritor: David Foenkinos y su hermano Stéphane -esta vez todo queda en familia- el film es la prueba viviente de que existen las segundas oportunidades.

Verbo, imagenes y aroma francés se vislumbran con lentitud ante la mirada de los espectadores. Espectadores, que una vez más son embrujados por el erotismo atrayente de Audrey Tautou (la Amelie de nuestras mentes) que junto a François Damiens (ya convertido en todo un seductor de manual con rosas en mano incluidas) se mimetizan a la perfección con los roles que desempeñan en la película. Ella, el de una mujer a la que la muerte- sin preguntarle si podría soportarlo- le arrebata a su otro yo; él, un hombre de inteligencia carismática y gracia de las que no se ven a primera vista, sino, de las que se saborean en las distancias cortas y en las conversaciones lentas.

Para recrearse en el instante, al ritmo fraseado de Émilie Simon, que crea a base de notas la atmosfera perfecta para el film. Porque han sido más de 1 millón de franceses los que han escuchado, visto y juzgado esta obra cinematográfica que ahora llega a las salas españolas.

Contada con el telón de fondo de las calles y los cafés parisinos. Unas calles que cuando te las presentan te cautivan; lo hacen porque son calles vividas, en las que la gente se cae y se levanta, se pierde y se encuentra. ¿Y qué es sino enamorarse? Respondan ustedes.

Alba Vilar

Hiroshima mon amour

¿Cómo iba yo a imaginarme que esta ciudad estuviera hecha a la medida del amor?

¿Cómo iba a imaginarme que estuvieras hecho a la medida de mi cuerpo mismo?

Hiroshima destruida. Hiroshima sin color. Hiroshima y la nada. Él y Ella, en Hiroshima.

Poco más importa, excepto sus cuerpos desnudos a través de una lente desenfocada. Impregnados de sudor ,de deseo y de un desconocimiento mutuo que, de forma paradoxal, los une. Un fulgor estival es testigo de sus contados encuentros, fortuitos; en camas de hotel, en cafés deshabitados.

Conversaciones sobre el tiempo, el olvidado y el que permanece en sus retinas: instantes clamorosos fotografiados a conciencia, reivindicados con cierta distancia.

Y un pasado, que no se quiere ocultar. Ella, loca como sostiene que estuvo con apenas veinte años.

Nevers, el río. Tú, el alemán, el enemigo. Mi vida.

Sabedora de que por amor, no se muere. Ahora retenida entre sus brazos, de piel amarilla. Otra vez confiada.

Una producción internacional sobre la Paz, en Hiroshima. Este es el punto de unión entre el japonés y la francesa, con fecha de caducidad, como no podría ser de otra manera.

Un uniforme de enfermera paseando entre las calles de la ciudad abarrotada, en un desfile en el que solo los niños, felices, se amontonan sobre las aceras. Él, persiguiéndola. Ella, dejándole, aunque intente resistirse.

Y un último encuentro, un último escenario: París. Y la incertidumbre de si volverán a verse algún día.

Ellos, que son Hiroshima y Nevers. Mi amor.

Elisa Pont

Expiación

La serenidad con la que comencé a leer Expiación todavía sigue asombrándome. Ahora que la última palabra de esta magnífica novela revolotea entre muchas otras, te agradezco que me la recomendaras.

Y la eterna pregunta… ¿Cómo sintetizar la esencia de las relaciones humanas, de su continua destrucción y cambio, del poder de la palabra y de nuestros actos, sin revelar detalles imprescindibles?

Un calor sofocante, apegaloso, del que merma la capacidad de raciocinio o, quién sabe, nos hace más lúcidos, más impulsivos, menos humanos. Este es el ambiente, el del verano de 1935, en el que la familia Tallis se desmorona, o según como se mire, simplemente, continúa con su fatalidad cotidiana.

El escenario, la gran casa de campo de la familia Tallis durante la cena de bienvenida a Leon, el hijo que vuelve tras terminar sus exámenes en la universidad. Una noche en la que la madre se ha encerrado en su habitación, entre tintes de depresión y rencor, aquejada de migraña. Una mujer amortiguada ya por el desamor y la insulsa preocupación de su marido: a veces sincera, casi siempre fingida. Y Cecilia, de belleza ligera y piel sedosa, aguarda también la llegada de su hermano entre el humo de varios cigarrillos.

Un asfixiante clamor de huida se respira entre los presentes, incluso entre la sabia y seductora Lola, enviada a casa de sus tíos en mitad de una tormenta matrimonial. Excepto, quizá, en el inteligente Robbie Turner, hijo de la criada de los Tallis, cuya presencia inquieta a Cecilia, demasiado.

Y junto a todos ellos, el personaje principal, Briony, cuya capacidad de inventiva es sobrecogedora para una joven de apenas trece años: una técnica pulida en su deseo de ser novelista.

Si se es avispado, y teniendo en cuenta la sutileza y la elegancia de los relatos de Ian McEwan, ya habrá percibido sutiles extrañezas, y estará preguntándose qué artimaña habrá ideado, por dónde comenzará a jugar.

No hay mejor respuesta que empezar a leer.

Elisa Pont

Construir al héroe

Las personas nos necesitamos, mutuamente. Siempre. Es fascinante la facilidad con la que logramos dinamitar las miserias que encadenan a los demás, mientras anestesiamos las nuestras propias.

Hombres, simplemente dos tipos extraordinariamente normales consiguen recordarnos que es posible superarse cada día y convertirnos en los héroes de nuestra propia leyenda. En dos palabras: ser intocables.

En la gran pantalla o en la pequeña de un ordenador, más de 30 millones de europeos han sucumbido ante la película francesa más vista de todos los tiempos. Porque la realidad siempre supera la ficción, la historia de Philippe Pozzo di Borgo, que quedó paralitico en un accidente mientras practicaba parapente, se ha convertido en un fenómeno que ha traspasado las fronteras del Sena para convertirse en un icono universal.

Un optimismo inspirador. Y es que el film de los directores Olivier Nakache y Éric Toledano, perdidamente enamorados del libro Le second souffle -la vida de Pozzo di Borgo transformada en letra- , es toda una declaración de intenciones.

En una época de cafés portátiles y realidades virtuales, la amistad ya esquilada de prejuicios se convierte en el leitmotiv de esta tragicomedia, que con grandes dosis de humor consigue retratar la relación de dos personas que confluyen en un mismo tiempo y espacio.

Secundada por un excelente reparto. El tipo duro francés, François Cluzet que con más de 50 films a sus espaldas y el César bajo el brazo deslumbra, únicamente, con su adrenalínica dialéctica mientras el resto de su cuerpo se encuentra encorsetado en una silla de ruedas. Y el hombre de parodias televisivas, Omar Sy que empatiza increíblemente con el rol que desempeña en la obra, el de un inmigrante encorsetado, sí, pero socialmente.

La compenetración y savoir faire de ambos queda manifiesta al conseguir adentrar al espectador en la vida de estas dos personas, que como tantas otras, como ustedes y como yo, están codificados por el contexto social en el que se enmarcan.

Porque lo que se proyecta no es más que un armónico paso a dos al compás de la música de Ludovico Einaudi. No es más que un relato cocido a fuego lento, sin olvidar ningún ingrediente y con el regusto agridulce del cine crítico francés. Sintetizando: un film de 5 estrellas.

Alba Vilar

Critica finalista del XV Concurso ¿Quién quiere ser crítico de cine?