Recreaciones

Un silencio impúdico reina en la habitación; esa en la que la penumbra se convierte en el attrezzo perfecto para sucumbir ante el hastío. Pausa.

Cuidadosamente ella se acerca al espejo y con sus dedos índices lo toca. Empieza a sonar la música. No sabe por qué, si ella no ha encendido la mini cadena. Pero es consciente de que tanta perfección puede ahogarla.

Continúa manoseando el espejo con ansia. Se detiene. Empieza, ahora, a desnudarse en sintonía con las notas. La fogosidad se escapa por cada poro de su piel y se camufla entre las partículas de polvo que revoletean. Quizás sea el tembleque de sus dedos, quizás el sudor, ¿quién sabe?, pero no le resulta fácil desabrocharse cada uno de los diminutos botones de la camisa. Se mira, cada vez más de cerca, y se vuelve a reinventar.

Ya desnuda: baila. Sus pies frasean acompañados de sus manos y sus ojos que resisten. Ellos saben que están moviéndose para alguien que no sigue su compás. Ya perdido, ya lejano.

Termina en el suelo consumada de estremecimientos. Puede que se haya caído en una de las piruetas, o tal vez haya sido su subconsciente. La música ha dejado de sonar, o eso cree, pero ella sigue bailando.

Alba Vilar

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