Donde habitan las palabras

Es un buen libro, sí. No lo digo por su fiel retrato de la sociedad italiana de los años sesenta, aquella en la que los hombres sufrían de protagonismo desmesurado. Tampoco por sus alusiones a una guerra que, como todas, arrebata vidas y dinamita sueños. Posiblemente, haya sido la férrea insistencia de Bruno de trasladar los valores esenciales a su nieto; única escapatoria de un destino para todos común.

Fuente: Elisa Pont

He tenido suerte. Aún me quedan cinco minutos para leer el programa, aunque no sé si hacerlo… Tengo todavía tan cercana la imagen de Bruno, en mi mente. Fue una suerte que él me regalara este libro.

Aquejado de una enfermedad terminal, Bruno se traslada de su pueblo natal -la añorada Roccasera- hasta Milán, donde recibirá tratamiento. Allí le esperan su hijo Renato y la mujer de este, Andrea, con quien mantendrá una continua disputa acerca de la educación del niño, Brunetino. Un niño del que nada sabia y del que pronto no podrá separarse: porque ve en él la misma ingenuidad y desprotección que cuando combatía en el frente.

La escenografía es simple, cierto. Pero también original. Jamás se me hubiese ocurrido que utilizarían recursos audiovisuales para ejemplificar esos flashback, tan característicos del libro. Sin duda, me enamoraría de él, de su voz, si tuviera el placer de conocer a Héctor Alterio.

Quizá sean también sus conversaciones con la rusca, ahora compañera inseparable de aventuras pero antes mascota: recuerdos atraídos por una nostalgia descontrolada, casi abusiva. No. Estoy segura de que ha sido mi vena romántica la que, aunque quiera, no siempre puedo ocultar.

Ya sale, por fin. Siempre me han parecido brillantes las actuaciones de Julieta Serrano. Esta vez no iba a ser menos. Míralos ahí, los dos, acostados como si tuviesen miedo de rozarse el uno al otro pero aún con el deseo de compartir caricias y tiempo. Amándose sin prisa y sin excesos. Creo que yo también lo veo, en el rostro de Hortensia se dibuja ya una sonrisa etrusca.

El tiempo, aquel que nadie puede gobernar, sigue su curso. Será por eso que Bruno se aferra a la ternura de su nieto, símbolo inequívoco de la inmortalidad.

Las lágrimas se asoman. Brunetino pronuncia su primera palabra: nonno.

Elisa Pont y Alba Vilar

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