Soledad, que bonito nombre

Has sido tú, ¿verdad?

Oigo tu contestación casi al instante, sin tapujos ni vergüenzas. Siento como te regocijas en tu hábitat desnuda, de oscuridad permanente y clamor etéreo.

Ya no estás en situación de engañarme. Ya son demasiados años a tu lado.

La suave brisa de la mañana vuelve a provocarle un dolor insistente en las rodillas, tan similar al de antaño; aquel que aparecía tras interminables horas bajo el dorado, con los pies descalzos y las manos embarradas.

Al menos durante un tiempo conseguí eludirte, engañarme.

Pese a que no ha recibido llamada alguna, está convencido de que ha sido ella quién le ha arrastrado hasta aquí. De nuevo, sentado bajo un álamo enrarecido y desflorado por la acción, a veces irrespetuosa, del frío invierno.

La serenidad del parque a primera hora de la mañana, sin ecos infantiles ni transeúntes apresurados, colma de satisfacción al viejo, que se arremolina en el banco, apoyando su maltrecha espalda sobre un bálsamo de madera húmeda.

Ya estoy aquí. Sólo, para ti.

Parque madrileño. Fuente: Raül Pont

Elisa Pont

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