Bakardadea

Los finos copos de nieve que caían sobre la carretera, ya resbaladiza y abrupta, se colaban dentro de sus botas; de aspecto desaliñado y tintadas de un desgastado color malva.

La carretera, de Raúl Pont

Ahora, el frío, inquilino de sus huesos.

La noche, de cielo encapotado, formando un espeso manto negro, descansa pesadamente sobre sus hombros.

Apenas puede abrir los ojos, ocultos bajo un pasamontañas negro, deshilachado en uno de sus extremos. Por la nariz, sorbe el olor de la tierra húmeda y de tu cuerpo caliente, adherido a cada una de sus prendas.

Rememorar los encuentros en la trastienda, los de cada lunes a media tarde, le inspiraba confianza y determinación. Esto es lo único a lo que puede aferrarse cuando sus convicciones, normalmente sólidas, flaquean.

Las continuas inclemencias del tiempo, tan características de las montañas del Norte, y la pesadez que se cierne sobre su cuerpo casi le impiden moverse, avanzar.

Todo por una causa, por un sueño, por una libertad ansiada.

Elisa Pont

Recreaciones

Un silencio impúdico reina en la habitación; esa en la que la penumbra se convierte en el attrezzo perfecto para sucumbir ante el hastío. Pausa.

Cuidadosamente ella se acerca al espejo y con sus dedos índices lo toca. Empieza a sonar la música. No sabe por qué, si ella no ha encendido la mini cadena. Pero es consciente de que tanta perfección puede ahogarla.

Continúa manoseando el espejo con ansia. Se detiene. Empieza, ahora, a desnudarse en sintonía con las notas. La fogosidad se escapa por cada poro de su piel y se camufla entre las partículas de polvo que revoletean. Quizás sea el tembleque de sus dedos, quizás el sudor, ¿quién sabe?, pero no le resulta fácil desabrocharse cada uno de los diminutos botones de la camisa. Se mira, cada vez más de cerca, y se vuelve a reinventar.

Ya desnuda: baila. Sus pies frasean acompañados de sus manos y sus ojos que resisten. Ellos saben que están moviéndose para alguien que no sigue su compás. Ya perdido, ya lejano.

Termina en el suelo consumada de estremecimientos. Puede que se haya caído en una de las piruetas, o tal vez haya sido su subconsciente. La música ha dejado de sonar, o eso cree, pero ella sigue bailando.

Alba Vilar

Donde habitan las palabras

Es un buen libro, sí. No lo digo por su fiel retrato de la sociedad italiana de los años sesenta, aquella en la que los hombres sufrían de protagonismo desmesurado. Tampoco por sus alusiones a una guerra que, como todas, arrebata vidas y dinamita sueños. Posiblemente, haya sido la férrea insistencia de Bruno de trasladar los valores esenciales a su nieto; única escapatoria de un destino para todos común.

Fuente: Elisa Pont

He tenido suerte. Aún me quedan cinco minutos para leer el programa, aunque no sé si hacerlo… Tengo todavía tan cercana la imagen de Bruno, en mi mente. Fue una suerte que él me regalara este libro.

Aquejado de una enfermedad terminal, Bruno se traslada de su pueblo natal -la añorada Roccasera- hasta Milán, donde recibirá tratamiento. Allí le esperan su hijo Renato y la mujer de este, Andrea, con quien mantendrá una continua disputa acerca de la educación del niño, Brunetino. Un niño del que nada sabia y del que pronto no podrá separarse: porque ve en él la misma ingenuidad y desprotección que cuando combatía en el frente.

La escenografía es simple, cierto. Pero también original. Jamás se me hubiese ocurrido que utilizarían recursos audiovisuales para ejemplificar esos flashback, tan característicos del libro. Sin duda, me enamoraría de él, de su voz, si tuviera el placer de conocer a Héctor Alterio.

Quizá sean también sus conversaciones con la rusca, ahora compañera inseparable de aventuras pero antes mascota: recuerdos atraídos por una nostalgia descontrolada, casi abusiva. No. Estoy segura de que ha sido mi vena romántica la que, aunque quiera, no siempre puedo ocultar.

Ya sale, por fin. Siempre me han parecido brillantes las actuaciones de Julieta Serrano. Esta vez no iba a ser menos. Míralos ahí, los dos, acostados como si tuviesen miedo de rozarse el uno al otro pero aún con el deseo de compartir caricias y tiempo. Amándose sin prisa y sin excesos. Creo que yo también lo veo, en el rostro de Hortensia se dibuja ya una sonrisa etrusca.

El tiempo, aquel que nadie puede gobernar, sigue su curso. Será por eso que Bruno se aferra a la ternura de su nieto, símbolo inequívoco de la inmortalidad.

Las lágrimas se asoman. Brunetino pronuncia su primera palabra: nonno.

Elisa Pont y Alba Vilar

Soledad, que bonito nombre

Has sido tú, ¿verdad?

Oigo tu contestación casi al instante, sin tapujos ni vergüenzas. Siento como te regocijas en tu hábitat desnuda, de oscuridad permanente y clamor etéreo.

Ya no estás en situación de engañarme. Ya son demasiados años a tu lado.

La suave brisa de la mañana vuelve a provocarle un dolor insistente en las rodillas, tan similar al de antaño; aquel que aparecía tras interminables horas bajo el dorado, con los pies descalzos y las manos embarradas.

Al menos durante un tiempo conseguí eludirte, engañarme.

Pese a que no ha recibido llamada alguna, está convencido de que ha sido ella quién le ha arrastrado hasta aquí. De nuevo, sentado bajo un álamo enrarecido y desflorado por la acción, a veces irrespetuosa, del frío invierno.

La serenidad del parque a primera hora de la mañana, sin ecos infantiles ni transeúntes apresurados, colma de satisfacción al viejo, que se arremolina en el banco, apoyando su maltrecha espalda sobre un bálsamo de madera húmeda.

Ya estoy aquí. Sólo, para ti.

Parque madrileño. Fuente: Raül Pont

Elisa Pont

La sonrisa etrusca

José Luís Sampedro, Julieta Serrano, Nacho Castro y Héctor Alterio

La luz potente del foco inunda la platea, proyectándose sutilmente en los escaparates de una ciudad adormecida. Es esa misma luz, la que ciega a los últimos viandantes rezagados. Atrayéndolos.

Nos encontramos en el lugar donde la palabra escrita cobra vida, tras evaporarse del papel. En él, las letras son a la vez habladas, vividas, besadas… En definitiva, hechas materia. Porque es el teatro el que posibilita y engrandece la misión de La sonrisa etrusca, en este caso, en el Olympia de Valencia hasta el prómixo domingo.

Con esta idea, José Luis Sampedro justifica la adaptación, de la mano de Juan Pablo Heras, de una de sus novelas más emblemáticas. Una historia que se adentra en los jardines de la madurez, en los que rebosa la ternura y escasea la comunicación. Dos edades, la del niño y la del nonno, como expresiones del inicio y el final de la vida. Una vida, la de Bruno, que encuentra su continuidad en la sobreprotección de su nieto y en la serenidad de un amor tardío.

Héctor Alterio encarna a este locuaz personaje con el que comparte “edad y muchas experiencias personales”. Acompañado de una pareja de baile con la que ya ha compartido escenario: Julieta Serrano, en la piel de Hortensia, una mujer que cautiva por su sentido del humor y capacidad de vivir el momento, según la actriz.

Un melodrama que ha respetado el espíritu original de la novela de Sampedro, y en el que la sombra de la muerte planea sobre los personajes, hasta convertirse en parte indispensable de la escenografía.

Y como siempre, la conciencia crítica de Sampedro reflexiona sobre la evolución del mundo capitalista. Una conciencia que se disipa entre los allí presentes.

Y es que los martes también esconden cosas buenas.

Elisa Pont y Alba Vilar

Desencuentros

Si supiera que vas a venir esta noche pondría la cafetera al fuego.

Y también abriría la puerta de la habitación para que pudieses entrar sin despertarme, y te acostaras a mi lado, con los pies descalzos y las manos todavía frías. Notaría así, tu libido aliento sobre mi nuca, para luego volverme y morderte los labios, besarte el rostro, acariciarte el cuerpo.

Un libro sobre la cómoda, de maravillas acaecidas en otros tiempos, a otras gentes; una luz tenue manchando la hoja impoluta de este escritorio. Una escena en la que tus ojos frívolos observan mis reacciones impúdicas, en la que tus manos ágiles dibujan cada uno de mis movimientos: inevitablemente ausentes, difícilmente alcanzables.

Pero una vez más, el café se amontona sobre el banco de mármol.

Elisa Pont