Las coleccionistas de ausencias

Es de noche. Los jóvenes sucumben al sofocante calor de la rebeldía. Que aprieta. La plaza esboza una sonrisa, mientras las pancartas y las tiendas de campaña deambulan por ella a sus anchas. Pero esa escena se percibe lejana desde la habitación; el halo de inconformidad que se cuela por la ventana no consigue distraerlas.

Están sobre dos sillas: contrapuestas e idénticas. Se miran con una sinceridad casi impúdica, conquistada con la fuerza de los años, de los veranos en la montaña, de las tediosas ausencias de los inviernos.
Por fin, aún con recelo, deciden conversar. Todavía no saben que la primera pelea es como el primer amor: inevitable.
Y entre reproches varios e insultos, el fantasma de la distancia planea sobre ellas camuflándose entre las partículas de polvo que reinan en la habitación.
Porque los férreos pilares sobre los que se cimienta su amistad son tremendamente susceptibles a las incomprensiones cotidianas. Los malentendidos los han cuarteado; resquebrajándolos.

El amanecer las sorprende desnudando su amistad. Esquilándola de todo aquello que la ha desgastado.

-Siempre hemos querido ser bohemias- bromea una de ellas.

-¿En qué consistirá ser bohemias?

-Ni la más remota idea- contesta mientras se pone las puntas de ballet y le acerca el fagot.

Fuera la plaza despierta con olor a café y un hombre de barba grisácea continua explicando a los congregados la bella complejidad de las relaciones humanas.

Alba Vilar

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