Los pasos perdidos

A mi tío Emilio, al que desearía haber conocido

La tejedora de sueños, una más de las recreaciones de la mítica Odisea pero esta vez a cargo de Antonio Buero Vallejo, copaba los teatros madrileños; la misma semana en la que Jaime abría por vez primera sus ojos verdes.

Y pasaron los años, con la escasez característica de aquellos tiempos que provocaba un desasosiego continuo.

Pero aún así, Jaime permanecía obstinado en perfilar el trazo desobediente e imperfectamente ovalado de uno de sus innumerables retratos; dibujos infantiles de colores vivos con los que difuminar una realidad absorbente y compleja. Un modo de expresión alejado del sometimiento y la doctrina habitual de sus jornadas en el colegio.

Aquella mañana el frío helado y cortante de los últimos días dio una tregua en la capital, y Jaime optó por pedalear hasta, lo que comúnmente llamamos, el fin del mundo. Aunque él todavía no lo supiera.

Acompañado de un nuevo amigo –un gabacho anciano e imperceptible para los demás niños −, Jaime se entretenía conversando con el ser que iba colgando de su oreja derecha, sentado en su hombro con botas verde oliva y guantes de algodón.

− No sé quién eres. No sé qué haces aquí conmigo, a estas horas de la mañana.

− ¿Estas son formas de recibir a André Bretón? Menuda educación os enseñan aquí, y eso que se supone que es un país de orden y buenas costumbres.

Y el aparecido se acomoda sobre su asiento huesudo, preparado para las curvas que están por llegar. Primero a la derecha, después a la izquierda. Todas ellas seguidas de incontrolados acelerones y frenazos, con el correspondiente viento azotándole los pelos.

− Perdóneme, pero si no lo conozco, no tengo por qué aguantarle, a no ser que venga a decirme algo importante.

− ¿Algo importante? Más bien vengo a traerle algo muy importante, importantísimo me atrevería a catalogar. – Y le tiende un sobre, uno diminuto, cerrado y cuidadosamente empaquetado.

Jaime hace un gesto de negación con la cabeza.

− ¿No ve que estoy conduciendo? Cuando lleguemos me lo da, aunque dudo mucho que sea tan importante como dice.

El ser, ahora de un azul violáceo dañino para la vista, se contorsiona sobre su aposento, descontroladamente. Jaime le mira de reojo, invitándole a que pare de removerse sin ninguna razón aparente. Pero éste no para, todo lo contrario, ya que continúa con su baile de sombras y luces: un llamamiento a la oscuridad demasiado preocupante.

− ¡Abre el sobre! ¡Abre el sobre! – le repite una y otra vez, mientras se evapora, volatilizándose y confundiéndose con el aire, de un suave aroma a tierra húmeda.

Jaime voltea la cabeza atraído por el sonido estridente de su voz. Le busca con la mirada, intrigado y sorprendido por su inminente partida: prematura, acrítica, injusta.

Y es que ya es demasiado tarde. La carretera se ha teñido de un rojo escarlata denso que mancha incluso la bicicleta, recogida bajo los hierros de un camión.

Elisa Pont

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