Mientras tanto…

Estaba en su habitación, tan pegada a la pared que casi podía haberme escondido en el armario y oler su ropa y desaparecer. Pero no lo hice. Preferí  sentarme junto al borde de la cama y hablarle, como si el tiempo se detuviese.

– ¿Cómo estás? Me han dicho que prácticamente es como si estuvieses en casa. Bueno, algunos se asustan tanto que ni siquiera hablan. Depende…

– No te creas lo que dice la gente en este estado. Yo estoy bien, tranquila, y eso es lo único que importa, ¿no crees?

– Si tú lo dices…

Y una expresión de satisfacción se dibuja en su rostro pálido.

– Hazme caso, sé de estas cosas. A mi edad es lo único que me queda: la experiencia de los años pasados y la vida gastada.

– Eso es triste – susurró. – ¿Acaso no has sido feliz?

– Me preguntas sobre la felicidad cuando ni siquiera tú sabes que es ser feliz. No tiene mucho sentido, a no ser que esperes una respuesta frívola.

Un silencio hipócrita inunda la estancia, casi puedo verlo.

– Sí que sé lo que es ser feliz: estar contigo.

– Eso que dices es muy bonito…

– Eso es la verdad – Y me acerco a ella para taparla.

-¿Sabes qué? – me descubro diciendo, como si las palabras se atropellasen en mi boca por salir, en cualquier orden, a cualquier precio. – No quiero que te vayas, no hoy. Deja las maletas en el armario, yo lo cierro con llave. Así te obligo, sí, te obligo a quedarte…

– No puedes hacer eso, ¿me oyes? Te lo advierto.

– Claro que puedo- le espeto enfadada.

– Soy tu madre y te prohíbo que hagas cualquier cosa. De hecho, no quiero ni que te menees de esa silla.

Asiento con la cabeza. Sé que tiene razón. Sé que esta es su forma de decir que me va a echar de menos. Y continúo aquí sentada, un par de minutos más. Casi puedo oler el dulce aroma de las naranjas, del jazmín que hay sobre la ventana.

– Te están esperando – dice mientras clava sus ojos negros en los míos – Pero, si quieres, puedes venir mañana. Seguiremos hablando.

Y me levanto del suelo, del rincón oscuro del cuarto y salgo afuera, a la luz, tan blanca… Parecida a esa que dicen que mi madre vio cuando murió.

Elisa Pont

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