Amores subversivos

¿Sobre qué se puede escribir?

Me pregunto sentada en la terraza de un café desierto, a las dos del medio día de un domingo en el que, sin quererlo y desgraciadamente, la mayoría de personas en este país continúan aletargadas, moribundas, insatisfechas.

Remuevo los papeles que se acumulan sobre la mesa, de plástico metalizado, aparentando una resistencia inexistente. Y aunque los cambio de sitio, al final vuelven a su postura original, donde se sienten cómodos, como en casa. Ni siquiera el té con limón que acabo de tomarte, con ese regusto final amargo pero placentero y dulce, ha conseguido despertar a mis neuronas, que las pobres también han sucumbido al poder opresivo del que más manda: la conciencia que, ya en demasiadas ocasiones, te juega malas pasadas.

Los sonidos que oigo alrededor, de pasos acelerados, de soledades escogidas al azar, vuelven gentilmente a perforarme la mente; unos ruidos que ya no son sordos, por mucho que intente silenciarlos en las noches estrelladas.

También esta mañana está perdida −como tú, como yo− porque el tiempo transcurre siempre ajeno a los designios de uno mismo, y sólo sabe amoldarse a lo que está por venir, acomodarse una vez ya ha llegado.

Pero, ¿Y si nunca llega? ¿Y si lo que dejaste atrás quedó atrapado, inmóvil, alejado de un futuro deseado?

Vuelvo a coger los papeles de la mesa, casi inherentes a mi persona, considerados prolongaciones de mis pensamientos secretos, para removerlos de nuevo, con la esperanza de perderlos, de arrancármelos del cuerpo.

Pero hoy, tampoco es el día.

Obra de Ernest Descals

Elisa Pont

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Las coleccionistas de ausencias

Es de noche. Los jóvenes sucumben al sofocante calor de la rebeldía. Que aprieta. La plaza esboza una sonrisa, mientras las pancartas y las tiendas de campaña deambulan por ella a sus anchas. Pero esa escena se percibe lejana desde la habitación; el halo de inconformidad que se cuela por la ventana no consigue distraerlas.

Están sobre dos sillas: contrapuestas e idénticas. Se miran con una sinceridad casi impúdica, conquistada con la fuerza de los años, de los veranos en la montaña, de las tediosas ausencias de los inviernos.
Por fin, aún con recelo, deciden conversar. Todavía no saben que la primera pelea es como el primer amor: inevitable.
Y entre reproches varios e insultos, el fantasma de la distancia planea sobre ellas camuflándose entre las partículas de polvo que reinan en la habitación.
Porque los férreos pilares sobre los que se cimienta su amistad son tremendamente susceptibles a las incomprensiones cotidianas. Los malentendidos los han cuarteado; resquebrajándolos.

El amanecer las sorprende desnudando su amistad. Esquilándola de todo aquello que la ha desgastado.

-Siempre hemos querido ser bohemias- bromea una de ellas.

-¿En qué consistirá ser bohemias?

-Ni la más remota idea- contesta mientras se pone las puntas de ballet y le acerca el fagot.

Fuera la plaza despierta con olor a café y un hombre de barba grisácea continua explicando a los congregados la bella complejidad de las relaciones humanas.

Alba Vilar

Los pasos perdidos

A mi tío Emilio, al que desearía haber conocido

La tejedora de sueños, una más de las recreaciones de la mítica Odisea pero esta vez a cargo de Antonio Buero Vallejo, copaba los teatros madrileños; la misma semana en la que Jaime abría por vez primera sus ojos verdes.

Y pasaron los años, con la escasez característica de aquellos tiempos que provocaba un desasosiego continuo.

Pero aún así, Jaime permanecía obstinado en perfilar el trazo desobediente e imperfectamente ovalado de uno de sus innumerables retratos; dibujos infantiles de colores vivos con los que difuminar una realidad absorbente y compleja. Un modo de expresión alejado del sometimiento y la doctrina habitual de sus jornadas en el colegio.

Aquella mañana el frío helado y cortante de los últimos días dio una tregua en la capital, y Jaime optó por pedalear hasta, lo que comúnmente llamamos, el fin del mundo. Aunque él todavía no lo supiera.

Acompañado de un nuevo amigo –un gabacho anciano e imperceptible para los demás niños −, Jaime se entretenía conversando con el ser que iba colgando de su oreja derecha, sentado en su hombro con botas verde oliva y guantes de algodón.

− No sé quién eres. No sé qué haces aquí conmigo, a estas horas de la mañana.

− ¿Estas son formas de recibir a André Bretón? Menuda educación os enseñan aquí, y eso que se supone que es un país de orden y buenas costumbres.

Y el aparecido se acomoda sobre su asiento huesudo, preparado para las curvas que están por llegar. Primero a la derecha, después a la izquierda. Todas ellas seguidas de incontrolados acelerones y frenazos, con el correspondiente viento azotándole los pelos.

− Perdóneme, pero si no lo conozco, no tengo por qué aguantarle, a no ser que venga a decirme algo importante.

− ¿Algo importante? Más bien vengo a traerle algo muy importante, importantísimo me atrevería a catalogar. – Y le tiende un sobre, uno diminuto, cerrado y cuidadosamente empaquetado.

Jaime hace un gesto de negación con la cabeza.

− ¿No ve que estoy conduciendo? Cuando lleguemos me lo da, aunque dudo mucho que sea tan importante como dice.

El ser, ahora de un azul violáceo dañino para la vista, se contorsiona sobre su aposento, descontroladamente. Jaime le mira de reojo, invitándole a que pare de removerse sin ninguna razón aparente. Pero éste no para, todo lo contrario, ya que continúa con su baile de sombras y luces: un llamamiento a la oscuridad demasiado preocupante.

− ¡Abre el sobre! ¡Abre el sobre! – le repite una y otra vez, mientras se evapora, volatilizándose y confundiéndose con el aire, de un suave aroma a tierra húmeda.

Jaime voltea la cabeza atraído por el sonido estridente de su voz. Le busca con la mirada, intrigado y sorprendido por su inminente partida: prematura, acrítica, injusta.

Y es que ya es demasiado tarde. La carretera se ha teñido de un rojo escarlata denso que mancha incluso la bicicleta, recogida bajo los hierros de un camión.

Elisa Pont

A solas con Hades

La esperanza se desvanece cuando naces en una época de miseria y muerte. Lo afirmo.

Por mucho que lo intenté no conseguí hallar sentido a una vida enfrascada en el aroma de la putrefacción de los cadáveres y los montones de basura nostálgica invadiendo las calles. El aire, tan espeso por el humo de las bombas, se entrecorta cada vez que el llanto de una madre hace acto de presencia, por desgracia muy a menudo. Si al menos hubiera vivido los días del gobierno de Allende, del Chile democrático. Pero no.

Nunca he podido celebrar mi cumpleaños, es lo que tiene nacer un 11 de Septiembre de 1973. Es lo que tiene nacer el mismo día que tu padre y tu hermano se despiden de las mañanas claras y las noches oscuras.

No quería seguir viviendo. Me reiteraba, una y otra vez. Mientras leía los poemas de Neruda, me iba convenciendo de que no era posible vivir en una dictadura, que mis huesos solo funcionaban en libertad.

Por eso salí esa mañana, cogí el coche. Sin pensar. Destino: el barranco de Futaleufú.

−No eres consciente de lo que estás haciendo. No es que no quiera tenerte conmigo, solo quiero que te lo pienses. Hazme el favor, solo un segundo.

−¿Qué? −exclame.

−Disculpa. Ni siquiera me he presentado, es que no tengo mucho tiempo, el que tarde tu brazo en girar el volante del coche. Soy Hades.

Debo estar ya muerto, pensé.

−No, aún no lo estas. Es cobarde, por tu parte, digo. ¿No quieres vivir en libertad? Bien, pues consíguela.

Me quede pensativo. Solo con mis soliloquios. Y sin que les diera permiso a mis manos, ellas giraron el volante justo antes de que el coche se abalanzara sobre el barranco.

Gracias. Repetí durante un minuto antes de poner rumbo a la militancia.

Alba Vilar

Entrevistem a Vicent Alonso

“No hi ha la fórmula perfecta de la bona literatura”
L’escriptor godellà presentà dijous passat dos nous llibres després de deixar la docència a la Universitat de València

Les ulleres, quasi del tot redones, amaguen uns ulls obscurs. I darrere d’elles, en una taula del Café Lisboa, amb un periòdic a les mans, espera Vicent Alonso: poeta, assagista i traductor. L’aspre vent del nou món i la traducció del Diari de viatge –de l’humanista Michel de Montaigne− són els dos llibres que dijous que ve presenta el poeta a València, després d’un llarg silenci. “Tardaré menys a publicar poemes”, promet l’autor, amb l’objectiu de seguir els camins oberts per la prosa poètica d’un llibre anterior, Del clam de Jasó, que l’allunyen de l’abstracció i d’un cert hermetisme.

En el seu últim recull de poemes, les citacions tornen a tindre una gran rellevància; fins i tot el títol, prestat d’un vers de la poeta nord-americana Louis Glück que, junt amb la cita final del també poeta Wallace Stevens, emmarquen el llibre i li atorguen un “significat global”. Tots aquests elements ‒citacions, títols…‒ es converteixen en indicacions que ajuden a travessar, per sendes més o menys segures, “els boscos que són els llibres”.

La recerca de la perfecció a través de la senzillesa, d’uns versos més llargs, concisos i directes. “En els versos resideix una certa vacil·lació entre la senzillesa i la perfecció”, aspectes, segons Alonso, que no són “contraposats”. Perquè la poesia, tot i que en aparença pot presentar-se sense complicacions, espontània, té un treball darrere que l’anàlisi, la lectura pausada i reflexiva, descobreix de seguida.

“Per a què la poesia en aquests temps que corren?”, reflexiona Alonso des de la seriositat que implica l’escriptura, entesa com una forma de “conèixer el món, de conèixer-me a mi mateix”. I és que la literatura no té sentit si no comporta un “compromís personal, ètic i social”, ratifica l’autor.

I sobre les muses, temàtica discutida i mitificada per alguns artistes, Alonso és categòric: “les muses no existeixen”. De fet, les muses no mereixen cap altra referència que aquella a la que es referia Fuster quan les va batejar com “les putes dels déus”. Més que les muses, el que realment importa segons Alonso són els companys de viatge, és a dir, els llibres, els altres escriptors, com l’Anna Montero amb qui ha tingut l’oportunitat de “compartir moltes coses, i entre elles, la literatura”.
També dietarista, un gènere pel qual Alonso sent una predilecció especial, com a escriptor (Trajecte circular, que li publicà Bromera, n’és un bon exemple) però també com a lector, territori en el qual destaca que llegeix amb fruïció els grans dietaristes de la història de la literatura entre els quals les dones (Alexandra Pizarnik, per exemple) ocupen un lloc especial. Alonso posa la lectura al centre de la creació i està d’acord amb els qui consideren la literatura com una espècie de parlament on els lectors, mitjançant els llibres, “demanen la veu per a poder intervindre”.

Aprofite per a preguntar-li sobre la fórmula de la bona literatura, el secret de l’èxit, però tampoc ens descobreix res: “No hi ha fórmula perfecta, mira que l’he buscada, però no l’he trobada”, comenta amb un somriure. I és que Alonso assegura que només són necessàries dues condicions per a fer literatura: ser “un gran lector”, en el sentit de no defugir mai el coneixement dels altres, i “creure en el que fas”, perquè el millor “defensor” d’un llibre és el seu autor.

I finalment, una referència al seu poema “València”, inclòs a Del clam de Jasó, exemple de “l’amor indignat” que professa cap una terra que estima profundament, però que veu com “l’han destrossada”. Tot un crit d’esperança i optimisme, perquè el món, assegura Alonso, “no s’acaba, s’acaben les persones, i cal lluitar per millorar-lo”.

Elisa Pont

Mientras tanto…

Estaba en su habitación, tan pegada a la pared que casi podía haberme escondido en el armario y oler su ropa y desaparecer. Pero no lo hice. Preferí  sentarme junto al borde de la cama y hablarle, como si el tiempo se detuviese.

– ¿Cómo estás? Me han dicho que prácticamente es como si estuvieses en casa. Bueno, algunos se asustan tanto que ni siquiera hablan. Depende…

– No te creas lo que dice la gente en este estado. Yo estoy bien, tranquila, y eso es lo único que importa, ¿no crees?

– Si tú lo dices…

Y una expresión de satisfacción se dibuja en su rostro pálido.

– Hazme caso, sé de estas cosas. A mi edad es lo único que me queda: la experiencia de los años pasados y la vida gastada.

– Eso es triste – susurró. – ¿Acaso no has sido feliz?

– Me preguntas sobre la felicidad cuando ni siquiera tú sabes que es ser feliz. No tiene mucho sentido, a no ser que esperes una respuesta frívola.

Un silencio hipócrita inunda la estancia, casi puedo verlo.

– Sí que sé lo que es ser feliz: estar contigo.

– Eso que dices es muy bonito…

– Eso es la verdad – Y me acerco a ella para taparla.

-¿Sabes qué? – me descubro diciendo, como si las palabras se atropellasen en mi boca por salir, en cualquier orden, a cualquier precio. – No quiero que te vayas, no hoy. Deja las maletas en el armario, yo lo cierro con llave. Así te obligo, sí, te obligo a quedarte…

– No puedes hacer eso, ¿me oyes? Te lo advierto.

– Claro que puedo- le espeto enfadada.

– Soy tu madre y te prohíbo que hagas cualquier cosa. De hecho, no quiero ni que te menees de esa silla.

Asiento con la cabeza. Sé que tiene razón. Sé que esta es su forma de decir que me va a echar de menos. Y continúo aquí sentada, un par de minutos más. Casi puedo oler el dulce aroma de las naranjas, del jazmín que hay sobre la ventana.

– Te están esperando – dice mientras clava sus ojos negros en los míos – Pero, si quieres, puedes venir mañana. Seguiremos hablando.

Y me levanto del suelo, del rincón oscuro del cuarto y salgo afuera, a la luz, tan blanca… Parecida a esa que dicen que mi madre vio cuando murió.

Elisa Pont

En la penumbra

Una mañana más me despierto. Sobresaltado. Es 15 de Febrero y la lluvia ha hecho acto de presencia para melancolizar más el camino hasta la casa amarilla. Los estridentes ruidos de la gran manzana se convierten en ecos que apenas me rozan. El café doble y el New York Times no han conseguido despertar a mis neuronas y el ejército de legañas continua reinando tras mis gafas.
Mi ropa desprende ríos de agua a mi llegada. Empapado y con mis manos, contaminadas de anhelos, abro la puerta. Entro. Libros, regiones de libros habitan en ese salón donde esperan mi llegada desde el día de año nuevo.

– Sabías que llegaría el momento. Nunca te lo he ocultado, ¿verdad? Teníamos un trato con fecha de caducidad. – me dijo con la misma serenidad que me había regalado durante estos 25 años.

–Te añoraré.
Es lo único que logré a decirle entre tartamudeos y diminutas, pero visibles, gotas de agua.

– No seas cobarde. Te he dado cobijo y alimentado tus noches entre sonetos de poetas y acordes de guitarra. Además, volveremos a vernos cuando las arrugas tejan tu piel. Entonces firmaré un pacto contigo. La vejez seremos tú y yo coleccionando atardeceres. –me dijo Soledad dirigiéndome una última mirada cómplice.

– Y tú no hablas. – le dije en un último alarde de rebeldía e insumisión a la otra sombra.

– ¿Quieres que hable? Sabes, es extraño. Al principio pensé que estabas enfermo con esa cara paliducha y tu incondicional miedo. No sé si eres consciente de que todo el mundo deambula, como si fueran esos bohemios borrachos por las calles de París de tus libros, hasta que me descubren. Eso si la fortuna les sonríe y consiguen encontrarme. Y tú, necio, huyes.

– ¿Acaso tengo otra opción?, Amor.

– Vivir. Conmigo. A estas alturas no es posible engañarte o engañarnos…

No quise seguir escuchando. Salí de la casa. La lluvia había amainado y los rayos de sol cegaron mi vista. Dos horas más tarde, llegaba a la cafetería donde ella me esperaba desde el día de año nuevo.

Alba Vilar

El alma femenina de El Brujo

“Es mejor ser rey de tu silencio que esclavo de tus palabras”, William Shakespeare.

Ocultadas tras un halo de dependencia e incomprensión, sometidas a los designios de los personajes masculinos y enfrascadas en arquetipos de la época: así creemos que son Las mujeres de Shakespeare, porque desconocemos el verdadero propósito del autor.

Con la ayuda de los acordes desgarrados de un violín y una escenografía minimalista, pero sumamente elegante y atrayente, El Brujo rasga el velo que recubre a estos personjes; desnunándolos y dejando entrever su inteligencia y perspicaza. Mujeres aparentemente domadas, exclavizadas por los convencionalismos sociales,  pero que, en la sombra, dirigen las riendas de su propia vida. Un análisis de la figura femenina en cuatro obras del escritor británico William Shakespeare: Beatriz, “Mucho ruido y pocas nueces”; Rosalinda, “Como gustéis”; Catalina, “La fiera domada”; y Julieta, “Romeo y Julieta”.

Comedia. Monólogo. En definitiva, teatro. Un teatro al que El Brujo ya nos tiene acostumbrados, con sus inconfundibles guiños al presente, con su crítica social; siempre desde el humor y la sátira de un hombre que, como las mujeres que tanto venera, no se inclina ante nadie.

Una representación de la que el público forma parte; por su didactismo, por su exquisita manera de explicar la Historia. Un homenaje hacia el autor de Sueño de una noche de verano, hacia un Shakespeare para muchos desconocido.

 

El Brujo en el teatro Olympia. Fuente: Elisa Pont

Alba Vilar y Elisa Pont