Crónica utópica

El tercer día del juicio se presenta bastante complejo, pues hoy comparece ante el juez el testigo principal, procedente de otro mundo. Los asistentes esperan inquietos en sus sillas a que comience la sesión; ávidos de justicia pero con una preponderancia a la espectacularización y el morbo demasiado evidente.

La sala, custodiada por robustos cuerpos y armas de toda clase, permanece sumida en la penumbra y en un ligero murmullo, del que apenas se deducen unas cuantas palabras. La expectación, incluso de todos los que no están presentes, inunda la estancia, desde la puerta de entrada hasta la silla, por el momento vacía, en la que dentro de pocos minutos reinará la inverosimilitud.

Una mirada, un gesto y el silencio, que precede a la llegada de su Majestad. La respiración entrecortada y el paso disminuido, los ojos cansados y las manos temblorosas: la vejez ni siquiera a los de su clase perdona. Aún así, camina erguido hasta desplomarse cuidadosamente sobre la silla de la tarima, la que antes se sentía desnuda, desprotegida.

Una interminable batería de preguntas, sobre sus aficiones y sus gustos, sobre sus actividades y sus viajes, sobre sus valores y su ética; éstas últimas parece que perdidas recientemente, o no tanto.

Y el clamor del público, cuyo semblante recuerda al de los animales salvajes, enturbia sus respuestas, su sano juicio. Porque para demostrar su culpabilidad, tan sólo necesitamos sentido común, y hasta de eso parece que vamos escasos.

Elisa Pont

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