Unos, pero también los otros

Reflexiones desde la base

Están cansados de tanto caminar. Llevan, ¿cuántos? ¿50 años dando pasos de ciego? Puede. Aunque seguramente unos pocos menos, porque según la madre de esta señora hasta los dos años y medio no empezó a andar; era una niña lentita en ese aspecto, que no en el de hablar, que enseguida abrió la boca y comenzó a emitir sonidillos, aunque a priori no tuviese sentido nada de lo que decía.

Pero, bueno, que lo importante aquí somos nosotros, que ya nos duelen todos los dedos, desde el gordito de la izquierda hasta el pequeñín, pasando por el corazón y ese al que llaman índice, que todo hay que decir que odia su nombre. Hubo un día en el que acabamos morados, los dos, tiritando y congelados de frío porque a la mujer se le olvidó ponerse calcetines para viajar a la nieve, aunque fuese simplemente para tirarse en trineo.

Esas cosas se tienen que tener en cuenta, que luego somos los que vamos por delante cuando la respiración cesa definitivamente, y todos nos miran, o eso esperamos, un poco de protagonismo, que sólo se nos presta atención cuando ya no funcionamos bien, que si dolemos porque nos han salido ojos o tenemos clavos.

No es honrado pensar así, reconózcanlo.

Pero tampoco es todo negro, que hay personas que nos aman, fetichismo dicen que nos profesan, y les gusta tocarnos y besarnos y acariciarnos en cada momento que tienen libre: siempre es de agradecer una conducta como esa cuando somos, ante los ojos del mundo, el último resquicio humano.

Pero hoy, algo ha cambiado. Lo sabemos porque nos ha mirado durante largo rato, con los ojos desorbitados, o al menos, muy abiertos, mientras tomábamos el sol en la terraza. Tan sólo rogamos que no se le haya ocurrido comprarnos zapatos de tacón. Otra vez, no.

Reflexiones desde la cúspide

No puede más, y esa es una verdad como un templo, como se suele decir en su pueblo. ¿Acaso es de alguien la culpa de que sus extremidades inferiores no funcionen ya a la perfección? Ella, al menos, no se siente responsable, en absoluto. Aún así, reconoce que han padecido bastante, porque caminar y caminar sin rumbo alguno debe ser frustrante y algo desconcertante.

A sus 50 años de edad, se percata de nunca ha tenido un detalle con ellos, porque en el fondo no les ha apreciado lo suficiente. Sí que es verdad que tuvo un novio al que le encantaban, que se pasaba todas las noches que conseguían dormir juntos abrazado a ellos. “A veces me los besaba tanto que luego me dolían durante días”, piensa. Pero aquello tampoco funcionó, el chico era demasiado acaparador y mis amigas me decían que sólo me quería por mi cuerpo, aunque eso yo nunca me lo creí. ¡Pero si hasta sentí celos de ellos, de que los tocara tanto! Rencorosamente, los dejé al intemperie en la última visita a la Calderona en invierno: tenían que saber que estaba molesta.

Pero, no sé por qué, hoy he cambiado de opinión. Porque me he sentado en la mecedora de la terraza a tomar el sol, con un bañador de color bonito y un sombrero que compré en el mercadillo, y me he mirado los pies, y he sentido un flechazo, o un bombardeo, o un montón de pellizcos juntos, que me han hecho ver que ellos son los que me sostienen, que lo han hecho desde que con dos años y medio empecé a andar, y los que me han acompañado siempre, fuese donde fuese.

Les he sonreído y regalado unos zapatos nuevos, de tacón.

Elisa Pont

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