Tras violines y espejos

Una ráfaga de viento le roba su sombrero azul. Corre. No tiene tiempo, las campanas nerviosas le avisan de que llega tarde. Acelera el paso mientras saborea el aroma de lo recién estrenado. A lo lejos sus tías la esperan con el libreto y la ternura que siempre tienen reservada para ella. Otra vez sensación de retorno.

Reverencias, sonrisas postizas y miradas indiscretas se suceden, como cada año al entrar en la sala. Una vez acomodada en la butaca, cierra los ojos y se deja arrastrar por las primeras notas de La Polka Mazur de Strauss.

Lentamente, sin hacer ruido, aprovechando que la música ha calmado a las fieras, consigue escapar y llegar hasta la habitación de los espejos. Como cada año, como la primera vez la lagrima se asoma y las respiraciones se detienen.

Las manos de él la mecen, la hacen volar y girar, sus pies se encadenan simultáneamente guiados por violines, por flautas y sus pulsaciones son un vaivén de notas. Bailan. El tiempo, tan egoísta, no ha conseguido destruir la complicidad de sus miradas y el entendimiento de sus cuerpos.

Un silencio les anuncia que llega el final de la pieza. La despedida no es una opción, no esta vez. Afán por compartir destino. Mueve uno de los espejos, él, y halla la salida, la única y posible.

Fuera: la nieve ha despertado y su sombrero azul espera en un banco.

Alba Vilar

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