En buena compañía

El ovillo es de un sutil color violeta, casi tan claro como los ojos de la gata sobre el tejado de zinc. Uno no puede dejar de admirarlos, pues su magnetismo es demasiado fuerte, demasiado atrayente.

Tengo a la gata, esta vez de un oscuro color canela y unos ojos avellana rasgados, sentada a mi lado, contemplando la televisión; unas veces para calentarse con la manta, otras simplemente para no sentir la soledad de la casa sobre su atormentada cabeza. El olor del café y del chocolate nos sucumben en un placer absoluto, abocándonos a un estado de sopor y somnolencia casi imposible de evitar. Parece que la oigo ronronear mientras se acurruca entre mis brazos, pero es solo una vana apreciación; quizá un recuerdo ingrato de cuando sí lo hacía.

La tranquilidad y el silencio reinan en la habitación, a sus anchas: se escampan por todas partes y nos rodean disimuladamente, como si todavía no estuviesen seguros de que van a quedarse aquí, con nosotros. Y ambos nos miramos incrédulos, fanáticos del tiempo vivido, felices, por primera vez.

Y permanecemos largo rato así, sin apenas movernos, con las piernas entrelazadas. Juntos, muy juntos.

Elisa  Pont

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