Crónica utópica

El tercer día del juicio se presenta bastante complejo, pues hoy comparece ante el juez el testigo principal, procedente de otro mundo. Los asistentes esperan inquietos en sus sillas a que comience la sesión; ávidos de justicia pero con una preponderancia a la espectacularización y el morbo demasiado evidente.

La sala, custodiada por robustos cuerpos y armas de toda clase, permanece sumida en la penumbra y en un ligero murmullo, del que apenas se deducen unas cuantas palabras. La expectación, incluso de todos los que no están presentes, inunda la estancia, desde la puerta de entrada hasta la silla, por el momento vacía, en la que dentro de pocos minutos reinará la inverosimilitud.

Una mirada, un gesto y el silencio, que precede a la llegada de su Majestad. La respiración entrecortada y el paso disminuido, los ojos cansados y las manos temblorosas: la vejez ni siquiera a los de su clase perdona. Aún así, camina erguido hasta desplomarse cuidadosamente sobre la silla de la tarima, la que antes se sentía desnuda, desprotegida.

Una interminable batería de preguntas, sobre sus aficiones y sus gustos, sobre sus actividades y sus viajes, sobre sus valores y su ética; éstas últimas parece que perdidas recientemente, o no tanto.

Y el clamor del público, cuyo semblante recuerda al de los animales salvajes, enturbia sus respuestas, su sano juicio. Porque para demostrar su culpabilidad, tan sólo necesitamos sentido común, y hasta de eso parece que vamos escasos.

Elisa Pont

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El gran engaño

Estimados Seres Humanos:

Los rayos del despertador amarillo anuncian la llegada de un nuevo día. Los monos, sonrientes criaturas, barren y visten las calles; mientras los arboles ponen sus puestos de frutas para el desayuno. Todas las piezas se encadenan y son necesarias para que funcione la gran maquinaría que es la selva: el lugar más civilizado del mundo.

Como cada primavera, la tradición florece y se celebra la Tuma, en la que se elige al representante de la metrópoli. En estas fechas, el Rey del país más desbaratado, como nosotros lo llamamos “el país de los pies pensantes”, nos hace una visita diplomática.

Así que el elegido por el Monarca, para dormir eternamente, se convierte en el nuevo “jefe”. Para nosotros todos tenemos derecho a ser “jefes” una vez, para saber que se siente, porque las decisiones se toman entre todos en asamblea y cada uno de nosotros es fundamental, repito, fundamental, para la continuidad de nuestro hogar.

Por suerte, este año fui el elegido. El anciano me lanzó una mirada intimidatoria a través de su escopeta, que siempre falla, y supe lo que tenía que hacer. Lo que hacemos todos cuando nos llega el momento: dormir.

Cuando vi que se alejaban con sus sonrisas de satisfacción y sus fotografías en la bolsa −es que escasean de memoria−, cuidadosamente abrí mis dos ventanas al mundo. Todos me dieron la enhorabuena por mi gran actuación y durante 365 días fui la voz de todos los habitantes.

Os envío esta carta para que algún chiflado, que aún visite a Don. Buzón, descubra la verdad y aprendáis algo de ese lugar “salvaje” que vosotros creéis que es la selva.

Atentamente:
El elefante dormilón

Alba Vilar

Unos, pero también los otros

Reflexiones desde la base

Están cansados de tanto caminar. Llevan, ¿cuántos? ¿50 años dando pasos de ciego? Puede. Aunque seguramente unos pocos menos, porque según la madre de esta señora hasta los dos años y medio no empezó a andar; era una niña lentita en ese aspecto, que no en el de hablar, que enseguida abrió la boca y comenzó a emitir sonidillos, aunque a priori no tuviese sentido nada de lo que decía.

Pero, bueno, que lo importante aquí somos nosotros, que ya nos duelen todos los dedos, desde el gordito de la izquierda hasta el pequeñín, pasando por el corazón y ese al que llaman índice, que todo hay que decir que odia su nombre. Hubo un día en el que acabamos morados, los dos, tiritando y congelados de frío porque a la mujer se le olvidó ponerse calcetines para viajar a la nieve, aunque fuese simplemente para tirarse en trineo.

Esas cosas se tienen que tener en cuenta, que luego somos los que vamos por delante cuando la respiración cesa definitivamente, y todos nos miran, o eso esperamos, un poco de protagonismo, que sólo se nos presta atención cuando ya no funcionamos bien, que si dolemos porque nos han salido ojos o tenemos clavos.

No es honrado pensar así, reconózcanlo.

Pero tampoco es todo negro, que hay personas que nos aman, fetichismo dicen que nos profesan, y les gusta tocarnos y besarnos y acariciarnos en cada momento que tienen libre: siempre es de agradecer una conducta como esa cuando somos, ante los ojos del mundo, el último resquicio humano.

Pero hoy, algo ha cambiado. Lo sabemos porque nos ha mirado durante largo rato, con los ojos desorbitados, o al menos, muy abiertos, mientras tomábamos el sol en la terraza. Tan sólo rogamos que no se le haya ocurrido comprarnos zapatos de tacón. Otra vez, no.

Reflexiones desde la cúspide

No puede más, y esa es una verdad como un templo, como se suele decir en su pueblo. ¿Acaso es de alguien la culpa de que sus extremidades inferiores no funcionen ya a la perfección? Ella, al menos, no se siente responsable, en absoluto. Aún así, reconoce que han padecido bastante, porque caminar y caminar sin rumbo alguno debe ser frustrante y algo desconcertante.

A sus 50 años de edad, se percata de nunca ha tenido un detalle con ellos, porque en el fondo no les ha apreciado lo suficiente. Sí que es verdad que tuvo un novio al que le encantaban, que se pasaba todas las noches que conseguían dormir juntos abrazado a ellos. “A veces me los besaba tanto que luego me dolían durante días”, piensa. Pero aquello tampoco funcionó, el chico era demasiado acaparador y mis amigas me decían que sólo me quería por mi cuerpo, aunque eso yo nunca me lo creí. ¡Pero si hasta sentí celos de ellos, de que los tocara tanto! Rencorosamente, los dejé al intemperie en la última visita a la Calderona en invierno: tenían que saber que estaba molesta.

Pero, no sé por qué, hoy he cambiado de opinión. Porque me he sentado en la mecedora de la terraza a tomar el sol, con un bañador de color bonito y un sombrero que compré en el mercadillo, y me he mirado los pies, y he sentido un flechazo, o un bombardeo, o un montón de pellizcos juntos, que me han hecho ver que ellos son los que me sostienen, que lo han hecho desde que con dos años y medio empecé a andar, y los que me han acompañado siempre, fuese donde fuese.

Les he sonreído y regalado unos zapatos nuevos, de tacón.

Elisa Pont

Retratos

RETRATO

Aún con mis ojeras a cuestas y con las legañas invadiéndome los ojos entré en el metro. Era hora punta y la diversidad cultural, tan característica de la ciudad de los rascacielos y los cafés portátiles, rebotaba en cada vagón. Para mi sorpresa encontré un asiento vacío y aproveché para ojear el tumulto de catástrofes y desdichas varias que abundan en los periódicos del S.XXI.

No habíamos llegado a la siguiente parada, cuando me sentí intimidada por unos unos ojos aniquiladores sentados enfrente mía. Al principio, eran sutiles miradas, disfrazadas de casualidad, de las que pasan inadvertidas, pero poco a poco sus ojos, que apenas parpadeaban, me desnudaron. Por fin vislumbre en el cartel fosforescente que llegábamos a mi parada. Respire. Aliviada. Se abrieron las puertas y salí. Subí las escaleras metálicas; estaba a salvo y aproveché para preguntarle a mi espejito mágico si estaba lo suficientemente bella para la cita tan esperada. Dirigí una última mirada de despedida a la estación, cuando mis ojos chocaron de nuevo con los verdes aniquiladores. Aceleré el paso hasta llegar junto a Raúl, mi compañero de cine y vino.

-¿Qué pasa?

-El hombre que se acerca, me persigue desde el me….

No había acabado la frase cuando el puño de Raúl coloreo los verdes ojos aniquiladores de un morado uva.

-Cógelo, lo entenderás. Me dijo, susurrando.

Cubos, líneas y un sinfín de figuras geométricas conformaban el dibujo de mi cara. Solo un dibujo, solo arte.

…………

RETRATO

Nubes. Un día en el que frio había congelado mis pensamientos. La rutina, tan previsora, me había preparado un café y abrigado mi garganta. La suerte de vivir a las afueras de la ciudad es que siempre tienes asiento reservado en el metro, pensé. Pero aquel no fue un día parecido a los demás.

Las manillas de mi reloj habían recorrido media circunferencia, cuando su silueta se acomodo frente a mí. La inspiración es caprichosa y se muda en diferentes formas, personas. Esta vez tenia pelo largo y mejillas naranjas. Saque una hoja, busque en mi bandolera mi fiel lapicero y dibujé, la dibujé.
Vi que se levantaba y supe que tenía que regalarle mi dibujo, al fin y al cabo sin ella no existiría. Sus pasos rápidos me lo pusieron difícil, casi imposible.
De repente, un puño directo a mí. Un hombre, de maletín en mano me invitaba a marcharme.

-Cógelo, lo entenderás. Le susurré.

Y le tendí mi dibujo, mientras me alejaba dispuesto a decorar el Metropolitan para la llegada de los Ballets Rusos.

Alba Vilar

“El día que Nietzsche lloró”

“Debes de estar preparado para arder en tu propio fuego:

¿cómo podrías renacer sin haberte convertido en cenizas?”

Friedrich Nietzsche, Así habló Zaratustra

Esta es la cita que encabeza el libro de Irvin D. Yalom, El día que Nietzsche lloró, una apasionante novela en la que se narra el ficticio encuentro entre el Doctor Breuer, un reconocido médico vienés, y el perturbado filósofo alemán, Friedrich Nietzsche, debido a la continuada insistencia de la atrayente Lou Salomé. Una historia que entremezcla ficción y realidad, pero sin extrapolarse lo más mínimo, porque lo que se cuenta guarda siempre una estrecha relación con la vida que el filósofo llevó durante el año 1882, fecha en el que está basada la novela.

Un encuentro, en apariencia fortuito, entre ambos personajes se convertirá, sin que ninguno de los dos así lo pretendiera, en una costumbre a la que no podrán, ni querrán, renunciar. Un hábito dosificado en pequeñas pero intensas conversaciones, que te invitan a adentrarte en el pensamiento de Nietzsche, pero también en la visión crítica del Doctor Breuer.

Y también hay sitio para la ciencia en esta novela, porque el nacimiento del psicoanálisis reside en la íntima relación entre el Doctor Breuer y uno de sus más aventajados discípulos: Sigmund Freud, el padre de la interpretación de los sueños. Será a partir de esta novedosa técnica, como Nietzsche, pero también Breuer, superaran su continua agonía y desesperación. Una obsesión producida por el paso del tiempo, la cercanía de la muerte y el ansia de libertad, en una sociedad clasista y estereotipada, en la que el destino y la incapacidad de elección se erigen como pilares fundamentales.

Porque uno de los atractivos de este libro es, sin duda, la sutil manera que tiene el autor de explicarte la filosofía de Nietzsche: su crítica a la sociedad occidental, que reprime la vida en nombre del racionalismo y de la moral; la lucha por el poder como única motivación y razón de existencia del ser humano; y la creencia en la “muerte de Dios”, que aboca a las personas a la mezquindad y a la inseguridad ante un orden trascendente. Y destaca, además, la percepción cíclica del tiempo, aquello que Nietzsche define como el “eterno retorno”, del que se desprende que cada momento se repite eternamente, y tanto el futuro como el pasado no son más que continuaciones de un mismo presente.

De la importancia de la traición también nos habla el libro, de la infelicidad y de la dificultad que experimentó Nietzsche durante su vida para entablar relaciones con otras personas, sobre todo con las mujeres, a las que consideraba culpables del intrincado proceso de búsqueda de la Verdad, a la que se dedicó en todo momento.

Una lectura reflexiva sobre la naturaleza del hombre, siempre expuesto a la lujuria y al placer.

Elisa Pont

 

Tras violines y espejos

Una ráfaga de viento le roba su sombrero azul. Corre. No tiene tiempo, las campanas nerviosas le avisan de que llega tarde. Acelera el paso mientras saborea el aroma de lo recién estrenado. A lo lejos sus tías la esperan con el libreto y la ternura que siempre tienen reservada para ella. Otra vez sensación de retorno.

Reverencias, sonrisas postizas y miradas indiscretas se suceden, como cada año al entrar en la sala. Una vez acomodada en la butaca, cierra los ojos y se deja arrastrar por las primeras notas de La Polka Mazur de Strauss.

Lentamente, sin hacer ruido, aprovechando que la música ha calmado a las fieras, consigue escapar y llegar hasta la habitación de los espejos. Como cada año, como la primera vez la lagrima se asoma y las respiraciones se detienen.

Las manos de él la mecen, la hacen volar y girar, sus pies se encadenan simultáneamente guiados por violines, por flautas y sus pulsaciones son un vaivén de notas. Bailan. El tiempo, tan egoísta, no ha conseguido destruir la complicidad de sus miradas y el entendimiento de sus cuerpos.

Un silencio les anuncia que llega el final de la pieza. La despedida no es una opción, no esta vez. Afán por compartir destino. Mueve uno de los espejos, él, y halla la salida, la única y posible.

Fuera: la nieve ha despertado y su sombrero azul espera en un banco.

Alba Vilar

En buena compañía

El ovillo es de un sutil color violeta, casi tan claro como los ojos de la gata sobre el tejado de zinc. Uno no puede dejar de admirarlos, pues su magnetismo es demasiado fuerte, demasiado atrayente.

Tengo a la gata, esta vez de un oscuro color canela y unos ojos avellana rasgados, sentada a mi lado, contemplando la televisión; unas veces para calentarse con la manta, otras simplemente para no sentir la soledad de la casa sobre su atormentada cabeza. El olor del café y del chocolate nos sucumben en un placer absoluto, abocándonos a un estado de sopor y somnolencia casi imposible de evitar. Parece que la oigo ronronear mientras se acurruca entre mis brazos, pero es solo una vana apreciación; quizá un recuerdo ingrato de cuando sí lo hacía.

La tranquilidad y el silencio reinan en la habitación, a sus anchas: se escampan por todas partes y nos rodean disimuladamente, como si todavía no estuviesen seguros de que van a quedarse aquí, con nosotros. Y ambos nos miramos incrédulos, fanáticos del tiempo vivido, felices, por primera vez.

Y permanecemos largo rato así, sin apenas movernos, con las piernas entrelazadas. Juntos, muy juntos.

Elisa  Pont

La maravilla de la escritura creativa

La literatura es siempre una expedición a la verdad, Franz Kafka.

El Oso tiene el placer de anunciar su próximo evento: un ciclo literario. Casa semana os sorprenderemos con dos historias nuevas, de distintas temáticas, estilos y técnicas. Un elogio a la creación literaria y al gusto por la escritura, condensando la realidad y la ficción en relatos de corta duración.

Os adelantamos que esta semana la temática escogida es la felicidad; una prespectiva innerente al ser humano, pues sus acciones siempre van encaminadas a alcanzarla o, al menos, a intentarlo. Dos relatos que, aunque muy distintos, muestran cada uno, a su manera, cual es la definición de la felicidad para las integrantes de El Oso.

Elisa Pont y Alba Vilar, integrantes de El Oso

Peter Pan y su viaje a Neverland

El Teatro Olympia presenta el fenóneno musical más sorprendente de los últimos años: Peter Pan, el musical. Desde el miércoles 4 de abril y durante todas las pascuas, el público valenciano podrá disfrutar de este espectáculo, que según la compañía, “no dejará indiferente a nadie”. La productora Theatre Properties, que ya apostó por este género con Annie o Jekyll & Hyde, vuelve a escena con la mítica historia del niño que no quería crecer. Una infancia que se recrea en la inocencia más pura, la de los sueños, aquella que siempre nos acompaña, por la que Peter Pan deseaba vivir en Nunca Jamás.

Durante la rueda de prensa de Peter Pan

Peter Pan es, sin duda, una obra para toda la familia, ya que atrae tanto a los más pequeños por su cercanía al cuento infantil, como a los más mayores, a los que consigue que se “sientan bien” al final de la representación. Abalada por su gran éxito, tanto nacional como internacionalmente  -recordemos que se reprensetó en México y en el Garrick Theatre de Londres-, vuelve a Valencia desde su estreno en el Palacio de Congresos en el 2007. El espectáculo tiene un valor añadido, y es que todos los personajes cantan en directo y dominan varios estilos musicales.

Otra de las facetas más bondadosas de esta producción, es que el 5% de los beneficios se destinan al Great Ormond Street de Londres -un hospital para niños terminales o con enfermedades raras-, ideado por J.M. Barrie en 1929 cuando cedió los derechos de su cuento a esta causa. En esta ocasión, Peter Pan será el encargado de transmitir a los niños la magia del teatro.

Alba Vilar y Elisa Pont