El pecado de las apsaras

El ocaso vestía sus cuerpos desnudos de colores cálidos. La ciudad de Khajuraho se presentaba como un paraíso onírico en el que el pecado no existía. Cuando el sol trabajaba y sofocante invadía el cielo de la ciudad, las criaturas que en ella habitaban ataviadas tan solo por collares, cíngulos y adornos varios; se sumían en un letargo de meditación.

Fachada del Templo de Lakshamana.

Transcurrido el día, como si una mano invisible apagara un interruptor, el sol se escondía para ceder el turno a la señora luna y a la leve brisa que la acompañaba. Era entonces cuando los hombres se enlazaban en la cintura, enemiga de la nieve, de las apsaras; saboreaban la gelatina que a conciencia ellas habían colocado en la cima de sus montañas y buceaban en la profundidad de sus cuerpos donde vivían peces mordaces.

La llegada de una luna arañada anunció un mal agüero; el trote de los caballos sacó del éxtasis a los maithunas que trataron de buscar refugio en la oscuridad de la noche. El oficial al mando escandalizado por la obscenidad del paisaje decidió convertir a las gentes de aquel oasis en estatuas que formarían el templo de Lakshamana.

Pareja de maithunas.

Cien años después, en el corazón del desierto, cuando la vida humana cierra los ojos los maithunas cobran vida. El fuego interior de las apsaras renace como un ave fénix que gime mientras devora a su presa, que rendida a la pasión bajo las rosas tibias del templo agota su última respiración antes de convertirse en piedra.

Alba Vilar

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