Una nova visió del món cinematogràfic: Hollywood

S’estrena una pel•lícula, i eixe mateix dia veig el seu tràiler a Internet, una crítica cinematogràfica d’algún expert als periòdics i, si és molt important i el director es deixa, una entrevista sobre el seu últim film a la televisió. Tot allò per a captar una audiència cada volta més efímera. I després de veure-la, assegut a la comodísima butaca del cinema, rodejat d’altres que com tu s’han sentit cridats pel poder persuasiu de l’indústria Hollywoodenca, entre un gran paquet de rosses i una Coca-cola ben freda – perquè fins i tot això està plannificat-, t’adones que t’has convertir en un ésser predicible i autòmata, però sobre tot en una persona sotmesa als designis de Hollywood.

Per què si per alguna cosa es caracteritza Hollywood és per la seua capacitat d’atrure’t i conseguir que l’audiència necessite la seua producció tant com el respirar.

Als seus orígens el cinema va ser entès com una font de gaudiment, d’entreteniment i d’evasió compartida. Només s’apel•lava al seu component artístic. Es suposava que la finalitat única dels films era el plaer del espectador.

No sabem amb certesa si realment els que propugnaven aquesta definició del cinema eren conscients de l’engany, però els seus interessos ocults no els permetien analitzar el component didàctic i conformador de les societats democràtiques que té intrínsec el cinema.

Al segle XXI ja cap estudiós del món audiovisual dubta del binomi plaer-significat que conforma les pel•lícules. I són moltes les veus- com la de Henry Giroux- que s’alcen per a defendre l´utilització de les pel•lícules com a instruments pedagògics. A les últimes dècades s´ha anat desenvolupant una corrent cinematogràfica al cinema Hollywoodenc que introdueix el racisme i l´estètica de la violència als seus productes.

Com ja hem mencionat abans, la manera en que els films ensenyen i composen una forma de concebre la realitat és molt gran i important. Per aquesta raó l’influencia que pot tindre presentar la violència com un fet quotidià i estètic cal que siga objecte d’estudi perquè pot tindre conseqüències irrevocables a la societat.

Com va dir, Lawrence Grossberg “la cultura se convierte en un emplazamiento crucial y en un arma de poder en el mundo moderno”. Cal aleshores un marc jurídic que regule l’ús i presentació de la violència al mon audiovisual? Tindrien els educadors que ensenyar als seus alumnes com interpretar la violència que se´ls subministra? Aquestes són algunes de les qüestions per a les quals no existeix una resposta, pel moment, unificada.

Y és que Hollywood poseix entre el 40% i el 90% de les pel•lícules que s’exhibixen en la major part del món, d’haí que la seua imfluència siga inevitable, fins a parlar d’un verdader imperialisme cultural. La cultura i el comerç de l’eix Nova York-Los Ángeles domina l’entreteniment audiovisual de tot el planeta. L’èxit de les pel•lícules estadounidenques ha sigut, des de la Primera Guerra Mundial -ja ho deia Charles Boudalaire amb el procés d’americanització-, un model per a l’exportació de la música, la TV, Internet i els esports americans.

Una de les alternatives amb més possibilitats per a competir amb el monopoli del comerç que ostenta Hollywood és la indústria cinematogràfica de l’Índia: Bollywood. Però per raons lligades a la difusió de la cultura india, el llenguatge emprat, la temàtica de les pel•lícules o la seua distribució, la veritat és que a Europa no tenen molt d’èxit. Però, ningú sap el que passarà d’açí uns anys. Pot ser el star system de Hollywood entre en decadència.

Alba Vilar y Elisa Pont

Article realitzat a partir de:

GIROUX, Henry A. Cine y entretenimiento: elementos para una crítica política del filme. Paidós, 2003. ISBN: 8449314747

Miller, Toby; Govil, Nitin; McMurria, John; Maxwell, Richard. El nuevo Hollywood. Del imperialismo cultural a las leyes del marketing. Paidós Comunicación, 162 Cine. Barcelona. ISBN: 84-493-1757-6.

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Lovebook, el amor en tiempos de Facebook

A pesar de que reúne todos los tópicos necesarios para convertirse en un libro que jamás regalaría a un amigo –a no ser que quisiera provocarle un desprendimiento de retina o algo por el estilo −, acaba por gustarte, como un sabor agridulce que al principio detestas pero luego quieres seguir comiendo. Y es que la historia en sí misma es completamente legible, e incluso agradable, depende de cómo la mires.

Lovebook, el amor en los tiempos de Facebook es, como reza su portada y su título, una historia de amor; del amor moderno o virtual, o como queráis llamarlo, pero a fin de cuentas del amor entre dos personas que se rencuentran tras años de separación, con ayuda –o sin ella, según la protagonista –del destino.

Solidea es una niña de ocho años que se enamora locamente de Edoardo Magni, el chico guapo del colegio y unos años mayor que ella: la diferencia de edad hace que se pierdan la pista. Pero, de pronto aparece Facebook −que hay que reconocer que en más de una ocasión nos ha salvado de alguna que otra situación, al menos en mi caso, peculiar− y vuelven a encontrarse, en un momento de su vida en el que ambos estaban buscándose, aunque no lo supieran.

Y repito, aunque es un relato romanticón, de los de pañuelos y chocolate, alude a situaciones de la vida cotidiana de una forma práctica y exhausta a la vez, con unas descripciones apropiadas y un estilo dinámico y juvenil. Sin duda, su autora (Simona Sparaco) no podía ser, ni haber ambientado la historia en otro lugar que no fuese la bella Italia.

Porque tampoco falta el mejor amigo gay, extrovertido y loco, enamorado de Britney Spears y las chicas de Sexo en Nueva York; la hermana agobiada porque está a punto de hacer la selectividad; la prima que jura que no se enamora hasta que conoce a Andrea, un treintañero por el que pierde la cabeza. Y en conjunto una familia a la que acabas cogiendo cariño, aunque sea lo de siempre, más de lo mismo.

Es una historia de amor contemporánea, surgida y ambientada en la red social más popular del momento: Facebook.

Si te ha entrado curiosidad…

http://www.facebook.com/Navi.LoveBook#!/pages/LoveBook/68531004621

Elisa Pont

El pecado de las apsaras

El ocaso vestía sus cuerpos desnudos de colores cálidos. La ciudad de Khajuraho se presentaba como un paraíso onírico en el que el pecado no existía. Cuando el sol trabajaba y sofocante invadía el cielo de la ciudad, las criaturas que en ella habitaban ataviadas tan solo por collares, cíngulos y adornos varios; se sumían en un letargo de meditación.

Fachada del Templo de Lakshamana.

Transcurrido el día, como si una mano invisible apagara un interruptor, el sol se escondía para ceder el turno a la señora luna y a la leve brisa que la acompañaba. Era entonces cuando los hombres se enlazaban en la cintura, enemiga de la nieve, de las apsaras; saboreaban la gelatina que a conciencia ellas habían colocado en la cima de sus montañas y buceaban en la profundidad de sus cuerpos donde vivían peces mordaces.

La llegada de una luna arañada anunció un mal agüero; el trote de los caballos sacó del éxtasis a los maithunas que trataron de buscar refugio en la oscuridad de la noche. El oficial al mando escandalizado por la obscenidad del paisaje decidió convertir a las gentes de aquel oasis en estatuas que formarían el templo de Lakshamana.

Pareja de maithunas.

Cien años después, en el corazón del desierto, cuando la vida humana cierra los ojos los maithunas cobran vida. El fuego interior de las apsaras renace como un ave fénix que gime mientras devora a su presa, que rendida a la pasión bajo las rosas tibias del templo agota su última respiración antes de convertirse en piedra.

Alba Vilar

Fragmentos

Fragmentos

Las gotas de agua se deslizan lentamente por el borde de la bañera, dibujando el contorno redondeado y moreno de las piernas de Julia, hasta alcanzar el borde del desagüe y desaparecer para no volver jamás. Se incorpora y agarra la esponja que habita a su derecha, junto a unas botellas de champú anticaspa. Se echa un poco de jabón sobre el pecho y comienza a frotarse, de arriba abajo; igual que lo hacía él cuando se duchaban juntos. Sus manos descienden poco a poco hasta llegar a la altura de la cadera. Siente un fuego interior que le abrasa el alma y aparta las manos de su entrepierna.

Hoy no tiene ganas de tocarse.

Sumerge la cabeza en el interior del agua todavía caliente y cierra los ojos. Allí lo ve. Sentado en el banco de la Plaza fumando un cigarrillo. Con aquellos pantalones desgastados y sus ojos verdes mirándola fijamente. Recuerda sus besos, sus caricias y el olor de su cuerpo por las mañanas. Tampoco puede olvidarse de aquel fatídico día de agosto, ni de aquella carretera. No puede evitar preguntarse qué hubiese sido de su vida si él estuviera con ella.

Vuelve a respirar. Abre los ojos y deja que esas mismas gotas de agua resbalen por su rostro, confundiéndose con las amargas lágrimas que recorren sus mejillas. Aquella habitación le parece ahora poco más que una cárcel, le asfixia. Ya no quiere vivir, no puede hacerlo sin él. Y su cuerpo desnudo se estremece definitivamente mientras sus muñecas ensangrentadas se aferran a aquella bañera, último testigo de su único y verdadero amor.

Elisa Pont

Tigres en el jardín

Tigres en el jardín

El gentío apenas le permitía escuchar su voz. Ella sabía que estaba ahí: al otro lado del muro, esperando poder abrazarla. Llevaba años soñando con este momento, sencillamente no podía creerse que estuviera a punto de volver a verle, y sobre todo de volver a abrazarle. Había sido demasiado tiempo el que habían estado separados. Pero hoy, por fin, se acababa esa condena que les habían impuesto sin motivo alguno.

Esperaba ansiosa poder atravesar toda aquella muchedumbre y lanzarse a sus brazos, besarle la cara y las manos como solía hacerlo cuando todavía eran unos niños. Atrás habían quedado las largas noches de espera, de miedo y terror absolutos, fatigada tras aquella ventana creyendo ver su sombra en cada esquina de la calle. Ya no tendría que volver a imaginarse dónde estaría, y sobre todo, con quién. Ahora ella iba a ser parte de su vida, y sólo pensarlo la llenaba de felicidad.

Caminaba entre saltos y celebraciones, con el corazón todavía encogido, recordando sus besos, su cuerpo desnudo y cada una de las ocasiones en las que había conseguido hacerle gritar de placer. Ya no era capaz de controlarse. Cualquiera que se hubiese fijado en ella podría haber pensado que estaba loca, y era verdad. Había enloquecido por aquel hombre hacía ya treinta años, y nadie sería capaz de volver a separarles. No ahora.

Miró a su alrededor y sus ojos se anegaron en lágrimas que pronto resbalaron por sus mejillas, libres como a partir de ahora eran todos ellos. Pero continuó avanzando, sin mirar atrás. Necesitaba encontrarle cuanto antes o moriría allí mismo, tirada en aquel suelo bajo un cielo encapotado.

Corrió todo lo rápido que sus viejas y cansadas piernas le permitían, con el viento enredándole su pelo ya canoso, y atravesó aquella franja para pasar al otro lado de la ciudad. Nadie reparó en su presencia. Todo el mundo festejaba que habían dejado de ser tigres encerrados en un pequeño jardín.

Elisa Pont